Diciembre 2023 / Enero 2024
Al Borde

La insólita historia del Pabellón argentino en la Exposición Universal de París de 1889

por Ing. Mario Minervino - @mrminervino1

Cuando en 2020 se inauguró la Exposición Universal en Dubái, en los Emiratos Árabes, se daba continuidad a una tradición iniciada en 1851. Ese año Londres organizó el primero de esos eventos de carácter mundial, el cual permitió generar además una maravilla de la arquitectura como fue el Palacio de Cristal, un edificio prefabricado, el primero en su tipo, materializado con una estructura de hierro y envoltura de vidrio. El éxito de la muestra fue extraordinario y desde entonces las Exposiciones se fueron repitiendo, hasta la actualidad, cada año en distintas ciudades.

Pero fue en 1889, con la realización de una nueva edición en París, que la muestra volvió a conmover al mundo de la arquitectura, la ingeniería y la construcción con un conjunto de edificios destinados a acoger a los distintos expositores. El hierro y el vidrio volvieron a ser protagonistas de esas obras y el ingeniero Gustav Eiffel tomó a su cargo la construcción de una torre metálica de 300 metros de altura, destinada a indicar el lugar donde se realizaba el encuentro.

Como todas las exposiciones universales, los edificios eran temporales: terminada la muestra, los mismos se desmontaban, al igual que todos los pabellones. Sin embargo, de aquella exposición quedó de pie la torre, convertida hoy en símbolo de París.

Pero hubo un hecho significativo en esa exposición, relacionado con nuestro país. Fue la decisión del gobierno nacional, presidido por Julio A. Roca, de disponer de un pabellón propio e individual, no compartido con otros países, como en anteriores ediciones, que sirviera para manifestar el poderío y el progreso del país. Se abrió así la historia argentina en la mítica exposición, con uno de los edificios que más dinero demandó, extravagante en muchos de sus componentes, el cual se repatrió luego de meses de idas y vueltas, y que finalmente terminó vendido como chatarra.

Ayer y hoy

Postales de época y algunas pocas fotos dan cuenta de la maravilla arquitectónica que era el pabellón, que de existir hoy sería una atracción de relevancia mundial por su diseño, por su estructura, por su historia. Un hecho cultural único que se ha perdido y cuyas partes sobrevivientes están acopiadas, enterradas e ignoradas. Quizá una nueva manera alegórica del país. De aquella potencia que presentó Julio Roca al Mundo en 1889, a éste presente tan distinto y a veces desalentador.

Una muestra histórica

La exposición de 1889 tuvo una dimensión diferente a todas las que la precedieron. Celebraba el centenario de la Revolución Francesa y la potencia industrial de Francia bajo los auspicios de la República. Con una extensión de cincuenta hectáreas, decenas de edificios y galerías ocuparon el Campo de Marte, con cúpulas y pabellones dispersos por los jardines. Todo dominado por dos proezas técnicas: la Galería de las Máquinas, de 420 metros por 110 metros, sin ningún punto de apoyo, y la torre Eiffel, la construcción más alta del mundo hasta entonces.

La exposición fue un éxito, duró seis meses y vendió 32 millones de tickets, de los cuales apenas dos estaban dedicados a visitar la torre. La entrada costaba un franco y había que pagar cinco más para acceder a esa obra. Cerca de 61.000 expositores, más de la mitad franceses, presentaron sus productos, entre ellos inventos como la electricidad y el teléfono.

Nuestro pabellón

Argentina fue formalmente invitada por Francia a participar en la Exposición. De inmediato se creó una comisión para organizar esa participación, presidida por Antonino Cambaceres. El presidente Julio A. Roca marcó rápidamente el camino, al considerar que era la oportunidad de mostrar al mundo el progreso y la potencia del país.

“En el estado de progreso alcanzado, creo que nuestro país debe presentarse a los ojos del mundo con las ventajas que le dan sus condiciones privilegiadas y sus adelantos. La República debe tener su instalación propia, hecha con elegancia y seriedad. Tenemos productos naturales y manufacturados, colecciones de maderas, minerales, cereales y plantas útiles; vinos, azúcares, alcoholes y conservas alimenticias; curtiembres e industrias. Debemos elegir lo que más pueda reflejar la situación social y económica de la República”, señaló.

El 28 de enero de 1888 se llamó a concurso para construir el pabellón, que estaría a pocos metros de la torre, cuyo costo no debía exceder 300.000 francos, suma que resultó ser la cuarta parte de lo que finalmente se gastó. En abril de ese año el jurado se reunió en el Hôtel de Ville de París para evaluar 27 proyectos presentados. El ganador fue, con el lema Utile dulci, el arquitecto Abel Barré, de París.

Los planos mostraban un diseño similar al Palais de l’Industrie de París: un rectángulo rodeado de galerías y una nave, con 1600 m2 en planta baja y 1400 en primer piso, fabricado en hierro y fundición, y factible de ser desmontado y reconstruido una vez terminada la muestra.

Una escalera de hierro y madera llevaba a la entrada. En el frente se ubicaba una enorme cúpula, flanqueada por otras cuatro más pequeñas. Todas revestidas de cristal e iluminadas por luz eléctrica. Más de novecientos puntos de luz daban al palacio un aspecto imponente.

La Guía Bleu du Figaro et du Petit Journal, editada en 1889, daba cuenta como Roca había logrado su objetivo. “Desde hace algunos años la República Argentina está de moda. No se habla más que de su prosperidad. La gran República Argentina es la tierra del oro, de los negocios rápidos, de las riquezas rápidamente ganadas. Para demostrar que esa reputación es legítima, el país ha levantado un magnífico pabellón al pie de la Torre Eiffel. Ha gastado más que cualquier otra nación estadounidense y el lujo que exhibe atraerá en masa a franceses y extranjeros. Para demostrar su amistad con Francia, este país contrató a nuestros artistas para pintar las cúpulas, los paneles y las galerías. Estamos ante un país republicano que hace las cosas a la manera principesca”.

En el interior del edificio se podía encontrar una gran variedad de expositores. Desde obras de arte, pasando por derivados del algodón, azúcar, té, yerba mate, tabaco, cacao, café. También quedaba en claro que su principal riqueza eran “sus inmensos pastos” y su ganado. “Todo lo que es carne es absolutamente extraordinario”, se dijo.

Lo primero que veía el visitante era una gran escultura blanca y, a su izquierda, una cámara frigorífica de la empresa Sansisena, a través de cuyos ojos de buey se podían admirar reses congeladas. Inmediatamente después se ubicaba un grupo en yeso cuyo personaje principal es una mujer alegórica a la República Argentina protegiendo, mediante la Paz y la Ley, a un indígena puesto bajo su amparo. Dos leones heráldicos apoyados en la joven daban majestad a la imagen.

De mil colores

El arquitecto Ballu no había recibido indicaciones de qué colores utilizar en el exterior, con lo cual esa elección quedó a su criterio. Pero un mes antes de la inauguración, el vicepresidente Carlos Pellegrini le solicitó cambios drásticos. Los más significativos fueron pintar de dorado la estructura metálica exterior y reemplazar los vidrios verdes de la cúpula central por otros azules.

Una crónica de época menciona: “Brilla un sol de oro sobre los árboles y los pabellones: es el sol argentino en lo alto de la cúpula, blanca y azul como la bandera del país, que entre otras cuatro cúpulas corona con grupos de estatuas en las esquinas del techo. El palacio de hierro dorado y con cristales de color simboliza la patria del hombre nuevo de América y convida al mundo ver lo que puede hacer en pocos años un pueblo recién nacido, con la pasión por el trabajo y la libertad”

Louis Rousselet comentó: “La Argentina ocupó el primer edificio que ve el viajero en el Campo de Marte. Es un palacio de oropel: el vidrio, el hierro, la loza que entró en esta construcción tiene los colores más deslumbrantes”.

En el interior, la estructura aparecía en su imponente sencillez, con el metal a la vista; con pilares en hierro cuyos contornos y bulones se apreciaban, únicamente revestidos con una capa de pintura alternando blanco y azul. Las paredes estaban cubiertas con telas gris plata sobre las que destacan pieles de tigre, puma, zorro, gato montés, cisne, así como una gran boa.

En la parte interior de las cúpulas se colocaron retratos de hombres notables de la República. Una primera selección incluyó a Saavedra, Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Matheu, Alberti, Larrea, Passo, Moreno, Laprida, Pueyrredón, Rivadavia, Urquiza, Derqui, Sarmiento, Avellaneda, San Martín, Paz, Brown y Alsina. Hoy todas esas obras se han perdido.

El regreso

Terminada la muestra, el pabellón debía ser desmontado y retirado del lugar. En ese momento el gobierno nacional “descubrió” que traerlo embalado resultaba mucho más caro que la propia obra. El peso del pabellón era de 890 toneladas y sus partes ocupaban 800 m3. Pero además los buques de comercio no eran capaces de recibir los tirantes de hierro de once metros de largo.

Por eso a los pocos días el gobierno anunció su decisión de ponerlo en venta. La exposición cerró el 31 de octubre de 1889 y el 5 de diciembre estaba listo el pliego para la venta del edificio.

Se excluían de la subasta las pinturas y las piezas con algún símbolo patrio. Días después se aceptó la propuesta de Ruys & Cie, de Amberes. Pero todo cambió cuando Francisco Seeber, intendente de la Ciudad de Buenos Aires, manifestó su interés en el edificio y en los cuatro grupos de bronce exteriores. El 10 de enero de 1890 cerró un acuerdo con el Gobierno Nacional mediante el cual se le transfería el pabellón, haciéndose cargo del traslado.

Nada más quedaba ahora (nada menos) traerlo a la Argentina. Fue entonces que el coronel de la Armada, Martín Guerrico, indicó que la barca Ushuaia, que estaba pronta a regresar de Europa, podría traer esa carga, tomándola en el puerto del Havre.

Pero nada era color de rosa. Pronto se supo que la Ushuaia necesitaba reparaciones y que no tenía la capacidad suficiente para cargar todos los bultos. El desarme del edificio comenzó en marzo de 1890. “Ahora parece un enorme esqueleto. Un mes más y el lugar que lo conoció no lo conocerá más”, se dijo. En mayo todavía estaba en el Campo de Marte. El diario The Standard decía: “¿No va Buenos Aires a recoger su difunto palacio? Las nervaduras de hierro lucen muy melancólicas, deberían desecharse en un comercio de artículos náuticos”.

El 5 de julio la Ushuaia cargó varios de los bultos y en octubre comenzó su regreso a Buenos Aires. En resto de las piezas fueron embarcadas en cinco barcos diferentes y varios de los cajones se perderían en el recorrido, arrojados al mar para maniobrar las naves ante una gran tempestad.

Mientras tanto en Buenos Aires se decidía montar el edificio en calle Florida y la plaza San Martín. El Ushuaia llegó en noviembre de 1890, cerrando así el largo capítulo del traslado. Faltaban todavía 3 años para que el pabellón se volviera a inaugurar.

El final

Rearmado, el pabellón quedó similar al de París y fue concesionado a la empresa Juan Waldorp y Cía. para su explotación como centro de exposiciones. Las cúpulas ya no eran vidriadas, rotos los vitrales originales y reemplazados por láminas de plomo. Con varios usos temporales, finalmente fue desmantelado entre 1933 y 1934 para dar lugar a una modificación de la plaza. Fue tristemente vendido como chatarra.

Recién en 1996, una investigadora del CONICET, Olga Vitali, logró ubicar parte de la histórica estructura. La misma formaba parte de una obra montada en un taller del barrio de Mataderos, mientras que algunas columnas y vigas estaban apiladas en el patio de la vivienda.

Su propietario era Isidro Solana, quien compró la propiedad en 1947 y encontró los hierros apilados en el patio. Él los ensambló y le colocó un techo de postes y chapas. Después de investigar, los hijos de Solana confirmaron que los mismos eran parte del Pabellón de París. En 2002 la vivienda se demolió, la estructura se desarmó y se llevó a un campo en Pontevedra, partido de Merlo.

En 2014, sus propietarios publicaron su venta en Mercado Libre. Un total de 16 columnas de 9 metros, 8 cabriadas y 12 vigas, valuado en 600 mil dólares. Según sus vendedores, representaba un tercio del pabellón original. A partir de entonces, recibieron consultas pero ninguna prosperó. Finalmente, en 2017 se encontró un plano en el Ministerio de Obras Públicas de la Nación donde se indicaba el sitio, un terreno del barrio de Palermo, donde en la década del 30 fue enterrada parte de la estructura del edificio, aunque a la fecha no se hizo ninguna tarea.


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