En Praga: la biblioteca más hermosa del mundo que esconde el nombre de Dios
En Praga, capital de la república Checa, se encuentra la biblioteca más hermosa del mundo. Como toda observación categórica corre el albur de ser cuestionada, pero sin dudas esta biblioteca tiene ampliamente merecida la posibilidad de lucir esa condición.
Alcanza mirar una primera fotografía de su espacio principal para conmover. Por su tratamiento espacial de doble y triple altura, por la escenografía que conforman los libros en los estantes recostados contra los muros y por el maravilloso exceso del barroco, un estilo pensado para impactar a los sentidos.
La biblioteca no está sola, es parte de un complejo que incluye un observatorio astronómico, una sala donde se realizaron las primeras mediciones meteorológicas del planeta, una increíble colección de globos terráqueos y una decena de relojes de sol y astronómicos.
Por si todo eso no fuese suficiente, en algunos de sus miles libros, en alguna de esas millones de páginas, existe una letra única: la que permitiría conocer el nombre de Dios, saber capaz de otorgar omnipotencia, y que permitiría tener una visión absoluta del universo.
Primero, el lugar
La biblioteca señalada por muchos como la más hermosa del mundo es parte del Clementinum, un conjunto de edificios que alberga, luego de un largo recorrido de nombres y propietarios, la Biblioteca Nacional de la República Checa.
El sitio comenzó siendo una modesta capilla dedicada a San Clemente (de allí su nombre), construida en el siglo XI, donde se estableció un convento de los dominicos que sería destruido 200 años después por los husitas, movimiento reformador cristiano y revolucionario surgido en Bohemia (nombre anterior de la República Checa) a principios del siglo XV.
En 1556 el emperador Fernando I cedió el convento a los jesuitas, quienes instalaron en el lugar un centro de enseñanza que más tarde se convirtió en el colegio San Clemente de Praga.
En 1654, los arquitectos Kilian Dientzenhofer, Carlo Lurago y Francesco Caratti diseñaron la mayor parte de los edificios recurriendo al estilo barroco, por ser Praga un centro clave de la Contrarreforma. La Iglesia Católica había elegido ese estilo buscando emocionar a los fieles para recuperarlos, luego de perder muchos miles en manos de los protestantes. El Barroco, que es sinónimo de exceso, de grotesco, de abundancia y movimiento, propone una obra de arte total que confunde arquitectura con pintura y escultura, y ante la cual no se puede ser indiferente.
Durante el siglo XVIII el Clementinum sumó a sus instalaciones la capilla de los Espejos; la biblioteca de la universidad, el observatorio astronómico y la estación meteorológica.
Cuando en 1773 la Compañía de Jesús fue suprimida, la emperatriz María Teresa I de Austria declaró a la biblioteca como la “Biblioteca de la Universidad imperial y real”.
La historia del lugar contiene decenas de cambios y modificaciones en el tiempo, hasta llegar al presente, donde el edificio es una de las mayores atracciones turísticas de la ciudad y un espacio cargado de magia, un lugar donde Albert Einstein habló del universo, y donde era habitual ver a Franz Kafka y a Wolfgang Amadeus Mozart visitar sus salas. En sus estanterías se encuentran escritos cargados de historia, como algunos libros autografiados del astrónomo Johannes Kepler.
Los detalles
Siguiendo los principios de las obras barrocas, el cielorraso-bóveda de la biblioteca está cubierto de frescos que grafican con vívidos colores parte de la vida de los jesuitas.
Las paredes se ondulan, se mueven entre columnas torneadas y colores dorados. Los maravillosos globos terráqueos, realizados de manera artesanal por los jesuitas, se ubican con sus patas apoyadas en el piso, alineados como en un universo cerrado. No hay modo de escapar de la fascinación que generan.
Hay catorce globos terráqueos y cinco astronómicos, el más grande con signos del zodíaco. Cada uno se basa en mapas creados por los jesuitas y representan solo territorios visitados por la orden.
Estas esferas armilares (del latín, armilla o anillo), tanto por sus materiales como por la habilidad de sus autores, son consideradas verdaderas obras de arte.
Los pasos
La Torre astronómica de 68 metros de altura, fue construida en el siglo XVIII y utilizada como observatorio hasta la Segunda Guerra Mundial. Hoy guarda una colección de instrumentos astronómicos, meteorológicos y geofísicos.
En la cúpula que remata la torre se ubica un Atlas realizado en 1723 por Frantisek Kañka, sosteniendo una esfera celeste. La Torre fue el primer observatorio de Praga y desde 1722 registra diariamente las temperaturas máximas y mínimas de la ciudad.
En el salón del meridiano (segundo piso de la Torre) se determinaba la hora del mediodía, gracias a un rayo de sol que entraba por un pequeño orificio de la pared y se proyectaba junto a un hilo en el suelo. Cuando el círculo de luz quedaba perfectamente dividido en dos mitades por la cuerda-meridiano, era el mediodía. En ese momento se mandaba una señal y en la otra orilla del río una salva de cañón avisaba la hora a la población.
Otra maravilla del lugar son los 15 relojes de sol distribuidos en los patios, que dan las horas de la región, tanto desde el ocaso como desde el amanecer.
Los relojes dan las horas bohémicas (desde el ocaso, como las itálicas), babilónicas (desde el orto) y las solares convencionales. En algunos se mezclan los tres tipos. Los muros donde se ubican están orientados según los puntos cardinales, de forma que hay relojes al sur, este y oeste.
Las horas bohémicas y babilónicas usan las hipérbolas de los solsticios para calcular las marcas. Suelen ser relojes con un puntero horizontal perpendicular al muro, salvo en los convencionales donde el gnomón es paralelo al eje de la Tierra.
Por último, se ubica la capilla de los espejos, que no es accesible a los visitantes salvo cuando se la utiliza para conciertos. Su nombre deriva de los espejos colocados en el techo, toda una rareza.
El nombre de Dios
Dejamos para el final (quizá debió estar al principio) la situación que da título a este artículo, en referencia a que en uno de los miles de los libros de la biblioteca se encuentra la letra que designa el nombre de Dios.
Esa historia data de 1944 y su autor es el escritor Jorge Luis Borges. En su maravilloso cuento El milagro secreto, ambientado en Praga, el protagonista, el escritor Jaromil Hladik, es arrestado y condenado a muerte por los soldados del tercer Reich que invadieron la ciudad.
Mientras esperaba en una reducida celda el día en que sería fusilado, Jaromil se lamentaba por no poder terminar su último libro. En medio de esa pena fue que soñó con la biblioteca del Clementinum.
“Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum”.
El relato continúa con la respuesta del bibliotecario a esa inquietud.
“Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík”.
Con el atlas en sus manos, fue que sucedió el milagro.
“Hladik lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó”.
Esa “mínima letra” que tocó en su sueño le permitió a Hladik disponer del tiempo necesario para completar su libro antes de que las balas terminaran con su vida. Eso hizo en un tiempo que quedó congelado mientras trabajaba.
“No le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó. Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana”.







