Ferrari era considerado entonces “un artista total y absoluto”, que entendía el arte con el concepto de belleza sobre todas las cosas y con una obra importante desarrollada como arquitecto que era,
Nacido el 31 de agosto de 1871, en San Possidonio, Módena, Italia, pintor por vocación, completó estudios de arquitectura en la universidad de Génova. Se radicó en nuestro país en 1926 y falleció en Buenos Aires en 1970, pocos días antes de cumplir los 100 años de vida.
En nuestro país desarrolló una vasta tarea como arquitecto, mayormente en Córdoba, donde se radicó con su familia. El listado incluye varias viviendas en Villa Allende, Córdoba --El castillo San Possidonio, El grillo, La Cigarra, Las columnas y el Claustro de Nueva Pompeya--, la Capilla Nuestra Señora del huerto (Córdoba), y las iglesias de San Miguel Arcángel, del Sagrado Corazón de los Padres Capuchinos (Córdoba), Nuestra Señora del Carmen (Villa Allende, Córdoba), San Francisco, Nuestra Señora de la Merced, Parroquia Nuestra Señora de Lourdes (Unquillo, Córdoba) y San Leonardo, Agua de Oro. Todas estas obras han sido debidamente valoradas en el tiempo y hoy son parte de la oferta turística de cada localidad.
Pero si una obra fue particular en el legado de Ferrari, esa sin dudas fue la de los Panoramas: pinturas de gran tamaño, pensadas para mostrar una imagen en 360°. La palabra procede del griego pan y horama (en español visión global).
El objetivo de un panorama es que el público no distinga entre el lienzo y la realidad. Para conseguirlo se ocultan los bordes de la tela y se colocan elementos de utilería para aumentar el realismo. El edificio diseñado para su exhibición es circular, con una abertura en la cubierta para que la luz inundara el lugar, dándole mayor realismo, y una gran columna central circular en la cual se coloca la obra.
En Italia Ferrari hizo su primera experiencia en este tipo de pintura participando en la elaboración del panorama de La Batalla de Turín (1906).
En diciembre de 1908 ocurrió un terremoto devastador en la ciudad italiana de Messina, el cual quedó inmortalizado en su panorama de 15 metros de alto y 124 de largo.
En 1914 Ferrari llegó a nuestro país, contratado para pintar el Panorama de la Batalla de Maipú. En la Capilla del Divino Rostro de Parque Centenario realizó algunos trabajos decorando el interior y luego pintó dos panoramas más, uno de la batalla de Salta y otro de la de Tucumán.
Conmemorando el 150 aniversario del nacimiento de Ferrari, en 2021, el Museo Nacional del Cine de Torino, en Italia, realizó una exposición con los planos originales del pabellón creado para el panorama de Bahía Blanca donados a esa institución por los herederos del artista.
La llegada de Ferrari a nuestra ciudad en 1928 se relaciona con la celebración del centenario fundacional. La idea era que pintara un Panorama evocativo de los tiempos del fuerte.
El trabajo que realizó muestra escenas de esa época, distribuidos a lo largo de una tela de 11 metros de largo y 3,50 de alto, la cual se enrolló en un tambor cilíndrico de 3,50 metros de diámetro, de modo que el espectador la fuera recorriendo.
El 11 de abril de 1928, miles de bahienses pagaron los 50 centavos de la entrada para ingresar al edificio construido especialmente y ubicado en un terreno de avenida Colón y Vicente López. “El pabellón parece una chimenea de base fantástica, cortada a pocos metros para no provocar a las estrellas”, publicó un diario de la época.
El propio Ferrari dio los últimos toques a su trabajo colocando tierra y musgo en el pasillo que separaba al observador de la tela.
“Mi reconstrucción entiende a Bahía Blanca como una ciudad en plena era del desierto, donde los militares fueron portadores de la redención civil del gaucho y del indio como garantía de seguridad social”, explicó Ferrari.
Un crítico afirmó que sólo un pintor “con un amplio sentido de comprensión histórica y un fervor realista de apóstol” pudo completar semejante tarea.
Con ayuda de la inteligencia artificial es posible hoy colorear el Panorama de Bahía Blanca, de modo de apreciarlo con tonos más cercanos a lo que ha sido el original.
La pintura muestra la vista que tiene una persona ubicado en la esquina de Moreno y Güemes, a siete metros de altura, mirando hacia la plaza Rivadavia.
Se alcanzan a divisar Sierra de la Ventana y “el mar tendido sobre el horizonte”, levemente interrumpido por dos montecitos marcando los puertos de Ingeniero White y Puerto Belgrano. Ferrari tomó en consideración en su dibujo que el mar estaba, en 1828, dos kilómetros más adentro de la costa. El cuadro está ambientado a las cuatro de la tarde, en un día a pleno sol.
Entre sus varias escenas se destaca la que recrea el enfrentamiento entre los soldados del fuerte y el malón liderado por el cacique Renahué. Sobre un caballo tostado aparece el coronel Ramón Estomba, fundador de la ciudad, con la espada desenvainada mientras los indios huyen en desbandada hacia el horizonte.
Aparecen niños jugando, un caballo bebiendo agua en un charco, un puente de madera sobre el arroyo Maldonado, una vaca overa, un caballo flaco y unas carretas avanzando por la calle Real (hoy avenida Colón).
Por último, imaginando una vista desde el puente de la avenida Colón, se ve parte de la ciudad moderna, unas 20 cuadras más allá de su verdadero emplazamiento.
Todo eso, y mucho más, permitía ver la caminata por la tarima, rodeando la pintura colocada de piso a techo, con la historia de Bahía Blanca contada a través del arte. Un Panorama maravilloso que ya no está.
“Situado en la plataforma central, el espectador mira la escena como si estuviese en la esquina de Güemes y Vieytes. Desde allí, se divisan las sierras y el mar”, se explicó.
Si bien la reconstrucción de la Fortaleza no fue exacta, rescataba el espíritu de la época: El fuerte de adobe, los ranchos de los soldados, carretas, una mujer pisando maíz. Delante, sobre un precario pilar las imágenes de la Virgen de las Mercedes y de San Roque, protectores del pueblo, en la hoy plaza Rivadavia el corral y el rancherío principal donde está hoy el Palacio Municipal.
“El Panorama será —aseguró un periódico— uno de los elementos más preciados que nuestra ciudad legue a las generaciones posteriores”. Aquel deseo no se cumplió.
En junio de 1930 la municipalidad decidió trasladar el Panorama al parque Independencia. La mudanza fue contratada con Pedro Daltóe, que cotizó en 2000 pesos el desarme del edificio de madera y su reconstrucción. Se montó nuevamente la tela y se dotó al edificio de luz eléctrica. Allí quedó desde entonces, en un rincón del zoológico, librado a una suerte que, como es de imaginar, no fue la mejor.
En 1949 el lugar era, según una publicación, “la sombra de una sombra” que seguía en vano “una línea oscura en busca de la redención”, tal era su calamitoso estado.
El lugar era albergue de palomas y murciélagos y debajo de la tarima anidaban alimañas de todo tipo. Además el vandalismo había hecho lo suyo, la tela tenía desgarros y escritos.
Ese año la obra pasó a manos del área de cultura municipal, con la voluntad de ponerla a resguardo, primero, y recuperarla, después, con algún artista que “restaure las heridas de la desidia”.
Los últimos datos conocidos del Panorama datan de 1965, cuando el diario La Nueva Provincia hizo referencia a su presencia en el Museo histórico que funcionaba en el subsuelo del teatro Municipal. Estaba, indicaba la publicación, colocado en un rincón, “mutilado y quebrado su color”, dañado luego de tantos años de maltrato.
Luego se pierde todo rastro o referencia. No se lo encontró nunca más. Posiblemente alguien, en algún momento, quizá por desconocimiento, la consideró una suerte de trapo viejo y puso punto final a su existencia.