El confort térmico es un tema que, aunque suele pasarse por alto, es motivo de cotidianas polémicas en la oficina para satisfacer a todos los gustos. Sin embargo, en esta batalla por el termostato, las mujeres suelen ser las menos beneficiadas junto con quienes, por distintas razones, no se encuentran en el centro de la curva estadística de las tablas de confort.
El motivo detrás de esta insatisfacción lo podemos encontrar en las regulaciones. Muchas de ellas se basan en un modelo de confort térmico desarrollado en la década de 1960, cuyas variables principales no parecen acertadamente definidas. En este paradigma, la tasa metabólica básica (la cantidad mínima de energía que necesita el cuerpo para sobrevivir realizando las funciones esenciales) se establece tomando como referencia a un hombre de 40 años y 70 kg de peso. Esto tiene consecuencias muy importantes, ya que sobrestima la producción de calor en reposo de las mujeres hasta en un 35 %, haciendo que los espacios interiores no sean eficientes a la hora de brindarles confort térmico.
Esto significa que el hecho de que las mujeres generalmente prefieran temperaturas interiores más altas que los hombres no es antojadizo; está bien respaldado por la evidencia. Pero no solo se trata de confort. Numerosos estudios también sugieren que las mujeres exhiben un mejor rendimiento cognitivo en ambientes más cálidos, mientras que los hombres obtienen mejores resultados en entornos más fríos.
Es bien sabido que el bienestar y el desempeño de los trabajadores dependen de las condiciones ambientales donde llevan a cabo sus tareas. Entonces, para mejorar la satisfacción térmica en la oficina y redefinir las temperaturas interiores estándar será necesario conocer las razones que subyacen a las diferencias entre las personas en relación con el confort térmico. Brindar una temperatura interior que satisfaga a toda la fuerza laboral puede mejorar el bienestar y la satisfacción de los empleados, al mismo tiempo que elimina una de las barreras frecuentemente ignoradas para que vuelvan con gusto a la oficina.
Según la norma ASHRAE, el ambiente interior se considera confortable si el 80% de sus ocupantes está conforme. Pero, en la mayoría de los casos esto no se logra, causando un consumo de energía superfluo, ambientes incómodos y ocupantes insatisfechos.
La aplicación de modelos de confort térmico, basados en la tasa metabólica masculina sin considerar las diferencias anatómicas y fisiológicas del conjunto de la fuerza laboral, ha resultado en una especificación de temperaturas interiores más frías de lo que debería, en concordancia con el metabolismo típicamente más elevado de los hombres.
Las investigaciones confirman que, en general, las mujeres reportan una menor comodidad térmica que se incrementa particularmente en verano. Estas diferencias pueden alcanzar valores medios de hasta 3°C, las cuales se amplifican a medida que crece la cantidad y la diversidad de las personas que se encuentran compartiendo un espacio controlado por el mismo termostato.
Para corregir esta fuente de insatisfacción cotidiana hace falta conocer las grandes diferencias individuales que las regulaciones no suelen tener en cuenta:
Dado que el objetivo del confort térmico es, en última instancia, brindar condiciones de bienestar y comodidad a la mayor parte de los ocupantes del espacio de trabajo minimizando el uso de la energía, ¿cómo podemos crear ambientes que sean eficientes y confortables para todos?
Está visto que diseñar para una “persona promedio” no es realista ya que no refleja la diversidad de necesidades y condiciones de la fuerza laboral. Sin embargo, a fin de minimizar las polémicas en torno al termostato, podemos implementar algunas estrategias:
Las estrategias pueden incluir soluciones simples, rápidas y económicas tales como los ventiladores personales que, al hacer circular el aire permiten la evaporación del sudor contribuyendo así a la pérdida de calor en verano. En invierno se puede recurrir a los calentadores de pies que ayudan a regular la temperatura corporal. Pero, también existen recursos más sofisticados como las sillas de oficina con calefacción y refrigeración similares a los asientos de ciertos automóviles de alta gama. Estas permiten ajustar la temperatura presionando un simple botón o mediante una aplicación en el smartphone. Y, dado que ofrecen un control climático individual, es posible bajar la calefacción o el aire acondicionado del edificio y así también ahorrar energía. Algunas de estas sillas también están equipadas con Wi-Fi y sensores de temperatura. Pueden conectarse a Internet y generar un flujo continuo de datos sobre el uso de la calefacción y la refrigeración, junto con el estado de ocupación y las mediciones ambientales. De esta manera se pueden conocer el grado de confort y las preferencias personales para adecuar los sistemas de acondicionamiento central.
No obstante, siempre habrá un porcentaje de personas que no se sentirán satisfechas con las condiciones térmicas de la oficina. El ajuste del termostato nunca estará exento de polémica.