Bahía Blanca no fue la excepción, y por cientos se pueden contar las obras resueltas con este estilo, cada cual resuelta de una manera exclusiva, artesanal, con motivos únicos. La mayoría de ellas son obras anónimas, que reflejan la singular calidad de quienes las diseñaron siguiendo sus pautas.
En este repaso nos centramos en los detalles —donde está Dios, según la célebre frase de Ludwig Mies van de Rohe— que permitan rápidamente identificar el estilo, y en el trabajo de las puertas, que muchas veces terminan de confirmar ese tratamiento.
Pocos estilos de arquitectura tan vigorosos, atractivos, artesanales y creativos como el Art Decó, el cual curiosamente ha sido ignorado por muchos historiadores que ni siquiera lo mencionan entre las propuestas destacadas del siglo XX.
En su época el estilo no tenía un nombre específico. Recién en la década del 60 se tomó ese nombre para referir a esa propuesta geométrica que se mostró al mundo en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas, celebrada en París en 1925. El término “Art Decó” se acuñó a partir de la abreviatura de “Arts Décoratifs” (artes decorativas en francés).
Su estética es sinónimo de geometría y durante su auge —en las décadas del 20 y del 30— se asoció a la idea de modernidad, velocidad, excentricidad y glamur, una mezcla que se explica a partir de su gran desarrollo en ciudades como París, Miami, Hollywood y Nueva York.
Pero, además, es un estilo que se impuso en el ámbito urbano, adoptado por viviendas de escala barrial, tanto urbanas como suburbanas, desde la casa cajón a la casa chorizo, a partir de diseños personalizados, que no exigían una gran inversión a diferencia de lo costoso de ensayar una fachada art nouveau.
Casas de familia, farmacias, cocheras, garajes, estaciones de servicio, kioscos, cines y panaderías fueron algunos de los destinos que adoptaron este estilo, buscando dar además un mensaje de optimismo en un mundo que había salido del horror de la Primera Guerra Mundial.
El Art Decó coincidió además con el desarrollo de la clase media en muchas ciudades, lo que llevó a un aumento en la demanda de viviendas, edificios comerciales y de entretenimiento que buscó una propuesta elegante y moderna, símbolo de estatus y prosperidad.
El Art Decó podía ser elegante y lujoso —utilizando materiales como el mármol, el ébano, el cromado, el vidrio espejado— y también simple y accesible en un revoque símil piedra, en la cual el autor podía expresar su época de manera directa, mostrarse como parte del mundo moderno incorporando formas geométricas, líneas rectas, colores vivos y guardas.
Caminar una ciudad como Bahía Blanca es encontrar el estilo desarrollado de una manera sorprendente. Cientos y cientos de ejemplos, en todo tipo de edificios, en la zona céntrica, en los barrios. Se los identifica claramente, como sus guardas en zigzags, sus remates escalonados, sus juegos de planos, las líneas rectas y las curvas suaves, formas que se aplicaban también a los muebles, artefactos de iluminación, cielorrasos, pisos y objetos decorativos.
Hay edificios “muy Art Decó”, fuertemente geométricos y muy decorados. Asimismo, los hay muy sencillos, a veces definidos por la presencia de un friso en un frente carente de todo tipo de ornamentación.
Los motivos decorativos varían desde los rayos solares, flores estilizadas circulares, frisos geométricos, líneas sinuosas representando el agua o las nubes, triángulos. Muchos de estos elementos buscan trasmitir ideas de movimiento y energía. También son comunes las esculturas y relieves decorativos representando figuras humanas, animales estilizados u otros motivos.
Porque además el Art Decó tomó elementos de culturas tan diversas como la africana, egipcia y oriental, y de movimientos como el cubismo, el futurismo y la Escuela de arte Bauhaus. Esta fusión contribuyó a su singularidad, además de estar influenciado por los avances tecnológicos y científicos de la época, y los cambios sociales y culturales que siguieron a la Primera Guerra Mundial.
Pero, además, el Art Decó es un estilo que alcanzó a todo lo que admitía diseño, desde una radio, pasando por una joya, un juguete, un automóvil y la tipográfica y gráfica comercial, promovidos todos a través de revistas, cine y carteles publicitarios. Esto ayudó a popularizarlo y a fomentar su adopción en la arquitectura urbana.
En los muebles y artefactos domésticos hay cierto paralelismo con lo realizado en la misma época por la Bauhaus, sobre todo en cuanto a valorar la funcionalidad en el diseño. Si bien la Bauhaus abogaba por un enfoque más minimalista, el Art Decó priorizaba la estética y la ornamentación.
Para esta nota hemos elegido algunas de las muchas decoraciones que aparecen en fachadas, unos cuadros terminados en bajorrelieves, detalles decorativos y remates. Los hay por cientos, de todo tipo y modelo. Todos siguen patrones geométricos, resolviendo rombos y triángulos, flores y rayos, evocando ideas de optimismo, vitalidad y progreso.
Otro componente que no puede ignorarse es la resolución de las puertas. Cuando uno advierte una fachada Art Decó las puede ver con motivos estilizados y resueltas con metal y vidrio, creando un aspecto elegante y contemporáneo.
Hace tiempo que el Art Decó ha sido rescatado del olvido y ha generado un renovado interés en el mundo. Muchos ejemplos emblemáticos han sido restaurados, preservados y señalados como parte del patrimonio arquitectónico de las ciudades.
Su legado es parte importante del paisaje urbano y pese a su corta duración en el tiempo —la Segunda Guerra Mundial terminó con su desarrollo y dio lugar a nuevos estilos— supo manifestar con claridad un momento de la historia, materializar un sentimiento social, abrir nuevas perspectivas al arte. Cumplió, en gran medida, uno de los cometidos clave de la arquitectura: ser una manifestación de su época, convertirse en un producto que refleja un momento particular del mundo.