Enero-Febrero 2026

La piscina de Epecuén: toboganes quietos y paraguas a la deriva

“Hay otra laguna: Epecuén, de Epe: casi, y Cuel: límite. Desde allí, tomando una línea al Oeste y al Norte, los campos empeoran notablemente. De ahí que se le considere el límite que señala los confines del territorio feraz”. E. Zeballos, Viaje al País de los Araucanos.

Han transcurrido cuatro décadas desde que el agua de la laguna Epecuén sepultó la villa homónima. Hoy el panorama es otro, el agua se ha retirado y las ruinas del pueblo han aflorado. Entre las mismas asoman los restos de una obra de arquitectura e ingeniería única en su tipo.

La fuerza del agua

No es simple contar la historia de Epecuén, la localidad bonaerense del partido de Adolfo Alsina que en 1985 fue devorada por las aguas más saladas de la provincia.

Una tragedia, consecuencia de malas decisiones, de obras nunca concretadas, de falta de mantenimiento, de desidia y también de un clima que generó el peor de los finales.

Epecuén es la laguna del extremo de las siete que forman el conjunto de “Las encadenadas del Oeste”, un sistema sin salida al mar. Es un lugar conocido desde principios del siglo XX por el poder curativo de sus aguas, con una salinidad diez veces más elevada que el agua de mar.

En la década de 1960, una fuerte sequía generó la construcción de un conjunto de obras para derivar el excedente de las lluvias a este sistema lacustre. En 1975 se habilitó el canal Ameghino, cortando de manera perpendicular los escurrimientos.

Amancio Williams, paraguas sobre hospitales

El arquitecto Amancio Williams (1913 - 1989) diseñó tres hospitales —jamás construidos— , en 1948, en Corrientes, en el marco del Plan de Salud Pública del primer gobierno de Juan Domingo Perón.

Un techo convencional en un clima de esas características hubiera implicado grandes espesores y diversidad de materiales. Por esa razón Williams ideó un sistema de dos techos: uno alto, de espesor mínimo, otro bajo de poco espesor. Ese techo alto estaba formado por bóvedas cáscara, por paraboloides tipo paraguas invertidos, creando una zona sombreada y fresca. Entre ambos techos se lograba una perfecta ventilación y se albergaban los servicios y lugares de esparcimiento.

El agua llegaba a las encadenadas de manera ordenada y constante. Se montaron compuertas entre las lagunas para que funcionaran como un sistema operable. Restaban sí algunas obras de regulación para desactivar el canal cuando las necesidades así lo requiriesen. Pero, a partir de 1977, comenzó una etapa de precipitaciones y el canal —diseñado para enfrentar sequías— se convirtió en un arma mortal: recolectaba el agua y la encauzaba a las encadenadas. Nadie podía modificar esto porque faltaban las obras para poder regular su funcionamiento.

La cota de la laguna de Epecuén comenzó a subir de manera preocupante, al punto que en 1978 se comenzó a construir un terraplén de tierra y piedras, el cual cada año se elevaba un poco más, hasta llegar a los siete metros de altura. En la década de 1980 las lluvias fueron extraordinarias y varios pueblos afectados hicieron todo por salvarse: dinamitaron caminos, abrieron canales y rompieron terraplenes. Cada intervención fue empujando el agua hacia la laguna de Epecuén.

El 10 de noviembre de 1985 el empuje del agua terminó por romper el terraplén y la laguna avanzó sobre el pueblo. Apenas hubo tiempo para evacuar a la gente. En menos de un año todo quedó cuatro metros bajo el agua. En 1993 una nueva temporada lluviosa elevó el nivel hasta los diez metros. Ni siquiera asomaba ya la torre de la iglesia.

Paraboloides y algo más

A 40 años de aquella tragedia, varios períodos de sequía han permitido que el agua se fuera retirando y el pueblo (sus ruinas) comenzara a mostrarse. Blancos de sal sus muros, cargado de óxido hasta lo inoxidable, fantasmales sus árboles, arrasadas sus calles, solitarios sus bancos.

Comenzó también a emerger la gran piscina, un complejo recreativo que aportaba un toque de modernidad y audacia al lugar, construido en el borde mismo del lago.

Los paraguas

El proyecto del balneario fue concursado en 1967 por la municipalidad de Adolfo Alsina, resultando ganadora la propuesta presentada por el estudio del arquitecto Horacio Scabuzzo y los ingenieros civiles Luis Sensini y Rubén Rábano.

El proyecto era novedoso, recurriendo a paraboloides tipo paraguas invertidos para cubrir los edificios principales que servían de apoyo a la enorme pileta para agua dulce, equipada con isletas, toboganes, duchas y escaleras.

Los paraboloides formaban un conjunto de “sombrillas” que marcaban el rasgo del paisaje. Su elección respondió a un modelo de auge en la época a través de la obra de arquitectos como Félix Candela, Amancio Williams y Clorindo Testa.

Clorindo Testa: paraboloides en la terminal

Clorindo Testa (1923-2013) utilizó este tipo de cubierta organizada en paraboloides en el Centro Cívico de Santa Rosa, La Pampa, que proyectó en 1955.

Para el edificio eligió hormigón a la vista y ladrillos. Junto a la casa de gobierno planteó ese conjunto de sombrillas cubriendo la plaza de acceso.

La misma idea desarrolló en la terminal de ómnibus de la capital pampeana, concebida con un techo único formado por estos “paraguas”. El edificio contaba con seis plataformas y bajo la cubierta se ubicaron un bar, salas de esperas, baños, boleterías y kioscos. Con el tiempo el edificio fue ampliado, desdibujándose por completo el proyecto original.

En Epecuén se construyeron 42 paraboloides de cinco centímetros de espesor, cada uno una estructura independiente de hormigón visto que cubría 25 m2. Para su ejecución se utilizaron apenas dos moldes de madera, chapa y hierro.

La pileta era otra obra maravillosa. Un espejo de agua de 1600 m2 formado por dos estanques de 25 y 50 metros de largo y una profundidad uniforme de un metro cincuenta.

La solución estructural fue con hormigón pretensado Freyssinet de 40 t (doce hierros del siete), calculado por el ingeniero Norberto Tombesi. Los cables se dispusieron cada dos metros en un sentido y tres en el otro.

El lugar se complementó con un sector de duchas al aire libre y toboganes de hormigón, dando forma a un complejo completamente atractivo y novedoso.

Presente

Cuando el agua comenzó a retirarse de la planta urbana, unos 30 años después de la inundación, los paraboloides ya no estaban en su lugar. Se los podía ver a ras del suelo, algunos enteros, otros quebrados. De pie quedaron sus columnas, las paredes de los vestuarios, los toboganes y las isletas. Una foto gigante ubicada en el sitio da cuenta de aquellas formas originales.

La villa, entretanto, se fue reinventando a partir de su escenografía fantasmal, blanca, gris y plagada de escombros, la cual sirvió, a su manera, para ubicarse nuevamente en el mapa turístico del país.


Home | Costos | Blog | Ediciones Anteriores