Buscaba trabajo en su profesión y su primera impresión de la ciudad no pudo ser peor, con apenas 4000 habitantes no era más que una reducida aglomeración de viejos casuchones de adobe, “una edificación paupérrima”, según describió una publicación de época.
Ante ese panorama, sus sensaciones fueron encontradas: nada había por hacer en una población tan modesta y de escasos recursos, con lo cual, con una mirada positiva, todo estaba por hacerse en un futuro cercano que modificaría la historia del lugar con la llegada del ferrocarril —anunciada para 1884— y la habilitación del puerto comercial, concesionado a capitales ingleses.
Así fue como Gerardi decidió apostar a la ciudad, y eso lo convirtió en uno de los principales hacedores del nuevo perfil urbano que adoptó Bahía Blanca, una ciudad que pisó la primera década del siglo XX con cerca de 70 mil habitantes y un potencial que parecía no tener techo.
El ladrillo y el hierro desplazaron al adobe, y los estilos arquitectónicos en boga en Europa al rancherío de paredes lisas.
Gerardi comenzó construyendo unas modestas viviendas pero rápidamente accedió a obras más importantes logrando consolidar su empresa constructora, además de sumar sus propios talleres de herrería y carpintería.
En 1903 abrió los cimientos para la sede propia del banco de la Nación Argentina, un diseño del arquitecto Alejandro Christophersen en la estratégica esquina de avenida Colón y Estomba, siendo el primer edificio en ocupar la denominada manzana nacional. La entidad funcionó allí hasta 1921, cuando se mudó a Moreno y Estomba, y cedió ese inmueble a la Aduana Nacional.
Fue el primer paso importante para Gerardi, que desde entonces no supo de pausas. En 1907 comenzó con la construcción del edificio del banco Español del Río de la Plata —actual sede de la Bolsa de Comercio de Bahía Blanca—, en Chiclana y avenida Colón, un proyecto del arquitecto Carlos Nordman que replicaba la casa central de ese banco en la city porteña.
Junto con los dos bancos mencionados, Gerardi comenzó dos palacetes que enriquecieron la fisonomía del centro. Por un lado, en calle O’Higgins 36 erigió una casa de renta de aires franceses, destinado a oficinas y departamentos y cuya planta baja fue ocupada por la firma New London. Ese edificio, junto con el vecino de la Galería Peuser, fue parte de una de las postales de la calle durante las primeras décadas del siglo XX, lamentablemente demolido en 1993.
De manera simultánea, llevó adelante la construcción del palacio de la compañía de Seguros La Previsora, en Alsina y San Martín, proyecto del arquitecto Julio Molina y Vedia. Una propuesta de líneas art nouveau con una fachada maravillosa decorada con paños de coloridos mosaicos, lamentablemente modificada en 1938 para convertirla en un híbrido que pretendió generar una propuesta “moderna”.
De 1910 también data una de las obras más destacadas de la empresa: el Gran Hotel de Sierra de la Ventana, un emprendimiento único en Sudamérica, dotado de Casino y pensado para que vacacionen las familias pudientes de la Capital Federal. La obra fue diseñada por los arquitectos Gastón Mallet y Jacques Dunant, y luego de un muy corto período de auge, el monumental complejo quedó abandonado, hasta que en 1983 un incendio lo dejó en ruinas.
Otros dos edificios destacados de Gerardi se ubican en Villa Rosas. Uno es la fábrica de gas, inaugurada en 1907: un grupo de naves ladrilleras junto con un fantástico gasómetro de hierro, en Tierra del Fuego 2155. El otro es el inmueble que actualmente ocupa la Casa del Niño, Sáenz Peña 2134, construido en 1911 como hotel de Inmigrantes, aunque por distintas circunstancias nunca cumplió con esa función.
Por último, como para cerrar este (reducido) panorama de su trabajo, podemos mencionar la ejecución de 152 viviendas en Villa Harding Green —el primer barrio obrero del país, construido con recursos municipales— y la residencia de Ernesto Parral, pintoresca vivienda de dos plantas que forma parte de los conocidos “castillitos” de la Villa.
A fines de 1927, Antonio Gerardi se embarcó rumbo a Italia, con la idea de pasar una larga temporada en la tierra familiar y regresar en septiembre del año siguiente. El 6 de marzo de 1928, un cablegrama llegado a Bahía Blanca dio la penosa noticia de su fallecimiento por un ataque al corazón mientras paseaba por Nápoles. Sus restos fueron repatriados y llegaron a nuestra ciudad en mayo de ese año, siendo trasladados desde la estación Sud al cementerio local.
“Despedimos a este prestigioso vecino, que desarrolló una labor inteligente a favor del progreso local, con obras que cambiaron la fisonomía de la población dándole un aspecto más moderno”, señaló el diario La Nueva Provincia, al tiempo de repasar también su pasado como concejal por el partido Conservador, cargo que desempeñó, se dijo, “con serenidad de espíritu y levantados propósitos”.
Gerardi falleció a los 71 años. Padre de siete hijos, dejó una huella indeleble en el paisaje urbano y en la historia de Bahía Blanca. Muchos de sus descendientes aún forman parte de la comunidad bahiense, como testimonio vivo de aquel hombre que, con visión y esfuerzo, ayudó a construir la ciudad que hoy habitamos.