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El Panteón Romano: la obra que unió al hombre con sus dioses
Pocos edificios han influido tanto en el mundo de la arquitectura, la ingeniería y la construcción como el Panteón Romano, una de las pocas obras de la Roma antigua, junto con el Coliseo, que ha sobrevivido al paso del tiempo para dar cuenta de la grandeza, los conocimientos y el pensamiento romano, una de las civilizaciones más trascendentes de la historia de la humanidad.
El Panteón fue construido hace 1.900 años, como un edificio destinado a los dioses paganos, aunque su concepción distó de todos los templos construidos hasta entonces. Es que esos edificios tenían como única finalidad cobijar a la estatua del dios al cual estaban destinados, prescindiendo de otro. Por eso su interior no estaba pensado para la gente. Disponía apenas de una habitación, a la cual accedían sólo los sacerdotes, y las ceremonias religiosas tenían lugar fuera del templo, el cual aparecía como una escultura, un magnífico telón de fondo. Con el Panteón, los romanos asumieron un desafío tan exigente como novedoso: generar un ambiente al cual podían ingresar las personas y donde tendrían lugar los ejercicios destinados a los dioses. De allí la idea de que fue la arquitectura romana la encargada de comenzar a “configurar espacios”.
Modelar el espacio
Para construir el Panteón los romanos debieron primero desarrollar una inédita experiencia como constructores y, sobre todo, como ingenieros. El desarrollo de su imperio por casi toda Europa los hizo especialistas en la construcción de caminos, puentes y acueductos. El manejo de la piedra, de elementos estructurales novedosos, como el arco de medio punto y la bóveda, fueron transformándose en sus principales herramientas de trabajo.
También ensayaron el uso de la argamasa, especie de hormigón diseñado con escrupuloso cuidado, recurriendo a la “caementa” (árido de piedra machacado) y un aglomerante (puzolana o la ceniza volcánica), a los cuales el agua convertía en una piedra artificial de mucha resistencia. Por otra parte sus obras, a diferencia de las realizadas por los griegos, no tienen a la columna como principal elemento estructural, sino al muro, el cual adquiere espesores de varios metros para soportar las cargas. Como resultado se obtuvieron obras macizas, pesadas, que representan de alguna manera el poderío del imperio, su presencia en la Tierra.
La formas
Dos elementos diferencian al panteón romano de cualquier obra realizada con anterioridad, dándole una condición “plástica” inédita. Por un lado, su planta circular, la cual se convierte en una alternativa al planteo rectangular de todos los templos existentes. Por otro, la construcción de una cúpula como elemento de cierre, la más grande que construiría el hombre hasta entrado el siglo XX.
No es casualidad la elección de la cúpula. Por su forma, este elemento estructural se relaciona con el universo, el cosmos, la morada de los dioses. El tambor cilíndrico del edificio y su cubierta simbolizan la unión de la Tierra y el Cielo, del hombre con sus dioses.
La cúpula tiene, además, un elemento único que la identifica. En su remate posee un agujero circular, de 9,10 metros de diámetro, un óculo. Es el único sitio por el cual ingresa sol al recinto. A través de él también cae la lluvia y los visitantes pueden ver el cielo. Los romanos se ocuparon de que ninguna otra iluminación compitiera con la del óculo. Por eso, el pórtico de acceso, que responde a las formas clásicas de los templos griegos y romanos, se alejó de modo que su puerta no aporte una luz adicional.
Cuestión de medidas
“Conozco pocos edificios que comuniquen tal impresión de armonía serena. No se experimenta ninguna sensación de pesadez. Las enormes bóvedas parecen desplegarse con naturalidad sobre el visitante, como una repetición de la bóveda celeste”. Esta es la sensación dada por E.H. Gombrich en su libro La Historia del Arte.
Es curiosa esta explicación, si se considera que el Panteón tiene un diámetro de 43 metros, idéntica medida que la altura del cuerpo cilíndrico, y que alcanza la cúpula desde su apoyo en el muro hasta su punto máximo.
La cúpula es una obra maestra de ingeniería. Está formada por casetones, y su espesor va disminuyendo a medida que se acerca a su parte superior, comenzando con 6,40 metros y llegando a 1,20 en su remate.
Por otra parte, el material empleado en su ejecución varía en su desarrollo: la parte inferior utilizó argamasa, la superior se hizo con piedra pómez, la más liviana que se conseguía entonces. Sus 5 mil toneladas de peso y los descomunales empujes que realiza son absorbidos por la imponente masa del muro, que alcanza los 6,10 metros de espesor, y también contrarrestados por ocho bóvedas de cañón insertas en esa pared, las cuales los dirigen a otros tantos pilares.
La presencia de estos elementos permitió que el muro se pudiese horadar entre pospilares mencionados, de manera de generar ocho nichos, donde se ubican otros tantos altares. La cúpula se divide en siete anillos concéntricos, escalonados desde el apoyo al óculo. Visto desde el exterior, aparece como un cono truncado, aunque su casquillo interior configura una exacta semiesfera.
Originalmente estaba cubierta por bronce, lo cual le daba al edificio un remate extraordinario. El Papa Urbano XVII lo hizo retirar en el siglo XVII, cuando la fiebre por devolver a Roma el esplendor de sus orígenes llevó a la iglesia a recurrir a muchas de las obras de la antigua Roma para concretar los nuevos trabajos.
Cristo salva
Originalmente el Panteón estaba completamente revestido con coloridos mármoles, granitos y pórfidos, traídos de todos los rincones del Imperio. Hoy, sólo el interior da cuenta de ese trabajo, ya que todos los materiales del exterior fueron quitados.
Curiosamente, el hecho de que el Panteón haya sobrevivido hasta nuestros días es por haber sido convertido, en el año 609, en iglesia católica, consagrada por el papa Bonifacio V con el nombre de Santa María ad Martyres. Fue el primer templo pagano de la antigüedad convertido en un sitio donde celebrar la misa.
Hoy es un lugar donde cientos de miles de visitantes se asombran y emocionan al advertir la colosal obra, que sigue sorprendiendo por su monumentalidad y equilibrio. Nadie, además, puede ignorar el pensamiento original que dio vida al lugar. La idea de establecer con su construcción un orden cósmico, una manifestación del hombre como parte de la creación y capaz de compartir su morada con sus dioses. “Un hacedor de la historia conforme a un plan divino”, según escribió un pensador.
Cada día, el sol sigue ingresando por el óculo, descendiendo por la cúpula y por los muros, resbalando por el mármol, marcando los ciclos solares como un gigantesco reloj solar. Acaso sólo falte la repetida inscripción que los romanos solían colocar con este tipo de relojes, en referencia a las horas que marcan nuestro camino de vida: “Vulnerant omnes, ultima necat” (“Todas te hieren, la última te mata”).