DOS CASAS DE GAUDÍ CAMINO AL CENTENARIO
Dos casas multifamiliares construidas en Barcelona por Antonio Gaudí, ambas declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO, se aprestan a celebrar sus primeros cien años de existencia. Estos hechos fortalecen, por un lado, el gran fenómeno artístico-turístico que conforman estas construcciones, como rescatan, una vez más, la cada vez más mística figura de su autor.
De estudiante, se dice, a Gaudí lo tenían por loco, pero él terminó convirtiéndose en el artista por excelencia del modernismo catalán. Dos de sus obras celebrarán su centésimo aniversario: la Batlló, terminada en 1908, y la Milá, que se empezó a construir entonces.
El día en que Gaudí terminó sus estudios de Arquitectura, el director de la Escuela pronunció una frase profética: “Nos hallamos en presencia de un loco o de un genio”, tal el grado de excentricidad del nuevo profesional.
De acuerdo a los especialistas, “la casa Battló fue una obra sin más historia que su propia perfección; mientras que la Pedrera (Casa Milá) tiene una densidad metafórica colosal que la vincula con Hamlet, la ciudad de Dios de San Agustín o el Apocalipsis de San Juan. Fascina porque siendo de piedra parece de carne”.
Pere Milá, promotor de la obra, era un empresario de Barcelona, un dandy “con más apostura que alma”. Lo llamaban Perico y conducía uno de los primeros coches matriculados de esa ciudad española. Su tío era el alcalde y su padre, socio de Josep Batlló en una factoría de cáñamo.
Perico fue quien, en un solar de 1,835 metros cuadrados, contrató con Gaudí el diseño de su edificio, tercera pata del trípode universal que forma con La Sagrada Familia y el Parque Güell.
Rápidamente fue bautizada por el pueblo como la Pedrera (la Cantera) y los espíritus más líricos vieron en ese monumento enemigo de las líneas rectas una metáfora del viento, un dragón dormido. Los peor pensados hablaron de la afiliación del autor a los rituales demoníacos.
Gaudí fue en vida una persona misteriosa, y su figura ya alcanzó rasgos épicos. Hasta su muerte está cargada de una trágica forma. Su afición al canto gregoriano lo condujo el lunes 7 de junio de 1926, a las 18,05 horas, a la Gran Vía barcelonesa, saliendo desde las obras del Sagrada Familia, con destino a una iglesia cercana. Al cruzar esa calle un tranvía de la línea 30 lo atropelló. El conductor apartó el cuerpo y siguió su ruta, convencido de que la víctima era “un vagabundo borracho que no miraba por dónde iba”. Propuesto para ser santo por el obispado de Barcelona, se asegura que su gran pasión fue vincular el arte a la naturaleza para, de esa manera, continuar la obra de Dios, único arquitecto al que quiso emular.