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El obelisco porteño cumple 90 años, un recorrido por sus primeros años de historia


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“¿Dónde tenía la ciudad guardada/ esta espada de plata refulgente/
desenvainada repentinamente / y a los cielos azules asestada?”.

El Obelisco, Baldomero Fernández Moreno

En 1936, el entonces intendente de la Capital Federal, el abogado Mariano de Vedia y Mitre, aceptó la sugerencia de uno de sus ministros de construir un obelisco en la rotonda formada por el cruce de las avenidas 9 de Julio y Corrientes. El monumento tendría como objetivo conmemorar los 400 años fundacionales de Buenos Aires.

Para eso contrató al arquitecto Alberto Prebisch, un referente del movimiento moderno en el país, quien se hizo cargo del diseño de una obra que se convirtió en la más discutida de su época, cuestionada y criticada desde distintos ámbitos sociales y artísticos.

A 90 años de su inauguración, la obra es hoy un símbolo de su ciudad y del país, fuera de cualquier cuestionamiento.

La construcción de 67,5 metros de alto y una base de 7 metros de lado en su arranque, tiene la forma clásica de los obeliscos egipcios: una torre que se estrecha gradualmente hasta culminar en una punta piramidal.

La empresa constructora fue la UTE integrada por GEOPE y Siemens Bauunion, que completó los trabajos en apenas 31 días, un plazo breve para una estructura de semejantes dimensiones.

Sus primeros años de existencia fueron complejos. A las críticas constantes a su diseño se sumó un problema técnico: se comenzaron a desprender las piedras del revestimiento. De manera que en 1938 la estructura quedó rodeada de un andamiaje hasta tanto se resolviera la situación.

En 1939 se decidió retirar las piedras que revestían el monumento y reemplazarlas por un revoque cementicio. Fue también el mismo año en que el Concejo Deliberante porteño aprobó una resolución que proponía su demolición.

A continuación, se reproducen algunos textos de época publicados en revistas como Caras y Caretas y Fray Mocho, junto con opiniones de profesionales y piezas publicitarias vinculadas a la obra, que permiten comprender las distintas miradas que despertó el Obelisco en sus primeros años.

El capricho

“Está de nuevo en el tapete de la discusión pública, el lamoso obelisco. La enorme pirámide que el público porteño contempla hoy rodeada de impresionantes muletas de hierro, yergue su silueta de piedra en medio de la plaza de la República. Nada más contradictorio que su presencia, pues su construcción es el símbolo material del olvido de las más nobles tradiciones republicanas. Representa el capricho de un funcionario, erigido en arbitrariedad, cosas reñidas con las buenas normas democráticas. Y esto se agrava ahora con la denuncia de deficiencias en su construcción y que ha sido enviado al Concejo Deliberante, que considerará el problema del inútil monumento”. Caras y Caretas, junio de 39

Un genio

“Todo indica la conveniencia de demoler la torre puntiaguda, que amenaza despojarse de las piedras que la revisten con el consiguiente peligro para la seguridad pública. Si la demolición se resuelve, asistiremos a la destrucción de una obra nacida de un genio que dejó a las finanzas de la ciudad con iguales muletas que las del obelisco decadente”. Caras y Caretas, 17 06 39

Cascotes

“Este asunto del obelisco va a dar que hablar más que el obelisco de Luxor. Los artículos criticando el proyecto ya deben ser más numerosos que las boletas socialistas que sobraron en la última elección. Agregue las críticas de los ciudadanos que se expiden verbalmente y convendrá conmigo en que a pocos proyectos se les han tirado tantos cascotes”. Febrero 1936

Será feo

“Hay un punto en el que coinciden todas las críticas. Los obeliscos se caracterizan por ser de una sola pieza. Si algo les da valor es el estar trabajados en un solo bloque de piedra, de varias toneladas. De ahí que se llamen monolitos. El nuestro, en cambio, será de cemento armado revestido de planchas de piedra. Será feo sin atenuantes, será feo con premeditación y alevosía”. Marzo 1936

Falluto

“Yo lo reconozco porque no es posible cerrar los ojos a la evidencia. Lo reconozco desde el punto de vista estético, porque hay otros aspectos que explican y justifican el propósito de elevar en nuestra plaza de la República un obelisco. Ese aspecto es el simbólico. ¿Qué mejor en los momentos actuales que erigir un obelisco falluto, cuya piedra no tenga otro fin que el de ocultar la armazón? Es la alegoría del momento. Nuestra democracia es hoy algo parecido”. Julio 1936

Un baño

Hace años los inviernos y los veranos porteños eran rigurosos. Por estos meses hacía un fresquete bárbaro. Pero, poco a poco, el clima se fue modificando. Lo que se ha perdido en temperatura se ha ganado en humedad. Ahora se diría que las paredes y el pavimento vierten agua. Vaya a ver el obelisco: sus costados parecen las paredes de un cuarto de baño. Es un contrasentido, a la crisis económica la estamos sufriendo ahora, pero los tiempos secos eran los de antes.

Blanca silueta

El Concejo Deliberante ha ordenado la demolición del obelisco. A través del amplio debate fueron expuestas razones de Índole edilicia, urbanista, estética y de seguridad, que aconsejaban la destrucción del monumento piramidal. Entretanto, la blanca silueta proyecta su figura geométrica en el centro de dos grandes avenidas, atrayendo las miradas de los transeúntes que, al pasar por ahí, se preguntan, en silencio: ¿Caerá o no caerá?”. Junio de 1939

Una chimenea

El obelisco nos costaría menos si fuese monolítico. La gente egipcia supo hacer los gastos de golpe, sabiendo que las baraturas son caras. Avergonzado de su desnudez de concreto se compró un traje marmóreo de confección y es claro, la vestimenta encogiose en cuantito cayeron unas gotas. Hubo que hacerle mallas de hierro que lo “desobelisquearon” feamente. Ahora más se parece a una chimenea en construcción que a un respetable obelisco. Un obelisco no debiera avergonzarse de su cemento. Sáquenles las lajas, denle un buen enlucido y asunto terminado”.

Triste obra

“Todo obelisco tiene una significación, un sentido histórico, artístico. El nuestro, ¿qué simboliza? Nada. Absolutamente nada. Está vacío de significación, nada significa como elemento histórico. Desde lo artístico, no tiene tendencia ninguna de arte, no es la obra de ningún escultor. Es doloroso y antipático decirlo, pero es una triste obra de mampostería”. Benito Carrasco, 1936

Indigno

“El obelisco es una obra de cemento armado indigna de ocupar el lugar prominente que se le quiere adjudicar en la plaza de la República”. Alejandro Christophersen, 1937

Un cajón

“No soy partidario del camuflaje para esta categoría de monumentos. Hubiera preferido un monolito de hormigón a ese cajón de cemento enchapado de piedra. Así resultaría además un símbolo de la idea vacía de sentimiento. Muy actual en materia de arte”. Alejandro Bustillo, 1936

Un símbolo

“El obelisco es una hermosa obra de carácter simbólico, pues cada uno le dará la significación que el monumento le despierte. Si hoy no tiene un símbolo en general, lo tendrá en el futuro, simbolizando la ciudad, los habitantes y a cada uno de ellos”. José Fioravanti

Inofensivo

“Es increíble que un monumento tan inofensivo y simpático como el obelisco, que por tan vapuleado se ha hecho querer, pueda provocar tamaña algarabía por su posible demolición. Se lo ha convertido en un símbolo del oficialismo y contra él se estrellan todas las furias y todos los odios, con tal violencia que por poco que uno simpatice con el obelisco termina por solidarizarse con él ante la injusticia del ataque y lo desigual de la batalla.” Mundo Argentino, julio de 1939

Algo para decir

“¿Qué dice nuestro obelisco? ¿Qué habla al alma del pueblo porteño ese monumento? ¿Es feo o hermoso ese bloque piramidal que apunta al cielo pálido de la capital del Plata? Muchas veces me detuve a su pie, reflexionando sobre la emoción que aportaba a mi ánimo. Unas veces me pareció desairado, vacío, inexpresivo; otras arrogante, sugestivo, emocionante y lleno de belleza silenciosa y muda. ¿De cuántos monumentos podría decir lo mismo, capaces de producir esa emoción profunda y contradictoria? Un monumento que impresiona y atrae la mirada de todos, ante el cual todo el mundo se sobrecoge un poco; un monumento de esa naturaleza algún profundo sentido estético encierra, algo dice a sus contemporáneos y algo reserva para decir a la posteridad”. Mundo argentino 1937

Noventa años después de su inauguración, muchas de aquellas críticas resultan difíciles de imaginar. El monumento que fue calificado como inútil, indigno, vacío de significado, una simple chimenea o una triste obra de mampostería terminó convirtiéndose en símbolo urbano de Buenos Aires y una de las imágenes más reconocibles de la Argentina, una espada de piedra que, como escribió Baldomero Fernández Moreno, parece haber sido desenvainada de repente para señalar el cielo.


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