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El interiorismo del Howard Johnson Bahía Blanca


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Karolina Salvatori y Sofía Racosta estuvieron a cargo del proyecto y la ejecución del diseño interior del primer hotel de cadena internacional de la ciudad, inaugurado en junio. Un recorrido por las decisiones que dan forma a estos espacios.

Ficha Técnica
Proyecto:Interiorismo del Hotel Howard Johnson Bahía Blanca
Programa:Hotel, spa y centro de convenciones
Inauguración:Junio de 2026
Administración:Daniel Alles (Howard Johnson B.B.)
Interiorismo:Karolina Salvatori (interiorista) y Sofía Racosta (interiorista)
Intervención:Todos los espacios interiores
Habitaciones:Desarrollo de una habitación tipo, replicada en las 80 habitaciones restantes
Inicio del proyecto:Mediados de 2021
Superficie intervenida:4.300 m2
Fotografía:Nicolás Herrero

El Howard Johnson Bahía Blanca abrió sus puertas en junio como el primer hotel de cadena internacional de la ciudad. El proyecto de interiorismo estuvo a cargo de las diseñadoras Karolina Salvatori y Sofía Racosta, que intervinieron la totalidad de los espacios interiores, desde las habitaciones hasta el lobby, la cafetería-restaurante, el spa y el centro de convenciones. El trabajo se extendió desde mediados de 2021 hasta la apertura, y abarcó tanto la definición general del proyecto como la resolución de cada ambiente en detalle.

El encargo llegó a través de Daniel Alles, administrador del hotel. En una primera etapa, las diseñadoras desarrollaron el modelo de una habitación tipo, pensado para replicarse en el resto de los cuartos, y más tarde avanzaron sobre los demás ambientes. La cadena fijaba apenas requerimientos mínimos de operación, como la cantidad y el tipo de camas o la presencia de un espacio de trabajo en cada habitación. La propuesta de diseño quedó del lado del estudio. “Nosotras teníamos plena libertad para generar un anteproyecto de interiorismo que se adapte al proyecto de arquitectura ya definido”, explican. Las consultas sobre los lineamientos de Howard Johnson se canalizaron a través del cliente, sin contacto directo con la cadena.

La arquitectura del edificio venía definida de antemano por el estudio a cargo, de modo que el trabajo se concentró en resolver cada espacio desde su función, sus recorridos y la experiencia del huésped. La idea que ordenó el conjunto fue tratar al hotel como una experiencia continua y no como una suma de ambientes aislados. Para lograrlo, las diseñadoras unificaron los distintos sectores con un lenguaje común de materiales, iluminación, color y detalle, de manera que cada uno conservara su carácter y su función sin romper la coherencia del conjunto. A esa unidad contribuyen también las texturas y una identidad visual sostenida en todo el edificio.

Ese criterio se aprecia con claridad en el lobby, que reúne la recepción, la cafetería-restaurante y el acceso al centro de convenciones. Un front desk de nueve metros ordena y jerarquiza el ingreso, y funciona como primer punto de referencia para quien llega. A su alrededor se distribuyen distintas configuraciones de estar, resueltas con iluminación puntual y cálida que cambia según el uso de cada rincón. La cafetería-restaurante se delimita con una panelería translúcida que separa los ambientes sin interrumpir la continuidad visual, de modo que el espacio se percibe integrado y flexible al mismo tiempo. El salón de convenciones se comunica con el lobby, pero conserva un acceso completamente independiente. Por la escala del complejo y la cantidad de personas que recibe, se incorporó además un sistema de señalética que ordena los recorridos sin alterar la estética general.

Las habitaciones concentran buena parte del trabajo de detalle. La habitación especial, documentada plano por plano, da la medida del nivel de resolución del proyecto. Sobre una superficie de algo más de cincuenta metros cuadrados, integra el sector de descanso, un área de estar y una zona de uso múltiple, además del placard y un baño completo con ducha. La materialidad combina paredes revestidas con placas símil madera separadas por buñas, que dan ritmo a los paños, con una pintura de terminación Velvet en las superficies principales y cielorrasos suspendidos que alojan la iluminación. La cama, de dos por dos metros, se acompaña con luz colgante y de apoyo, mientras una mampara de vidrio laminado resuelve la transición hacia el baño y una larga consola con espejo organiza una de las paredes del ambiente. El resultado es un cuarto de aire cálido y contemporáneo, con base neutra y maderas claras, una atmósfera que ordena también, a su escala, al resto de las habitaciones. Por su parte, las habitaciones estándar retoman ese mismo lenguaje en una versión más contenida, con el espacio de trabajo que pide la marca integrado sin forzar la planta.

La paleta general se construye sobre tonos cálidos, con una base neutra y detalles de color que dan continuidad a los ambientes. Un ejemplo es la alfombra de los pasillos, diseñada a medida junto al equipo de Foster, con un dibujo y una gama desarrollados especialmente para el hotel en lugar de elegirse de catálogo. En un edificio de uso intensivo, la durabilidad pesó tanto como la estética, y por eso se eligieron géneros de alta prestación para tapizados y cortinados, junto con alfombras modulares que permiten reponer una pieza desgastada sin reemplazar todo el paño. Para la ejecución se priorizaron los proveedores locales, aunque algunas terminaciones propias de la hotelería exigieron mano de obra y proveedores especializados que se trasladaron para etapas puntuales de la obra.

Detrás de estas definiciones hubo un trabajo de estudio considerable. Salvatori y Racosta no partieron de un referente para copiar, sino que analizaron distintas instalaciones de la marca para comprender sus estándares y el tipo de experiencia que buscaba ofrecer. Cada etapa estuvo acompañada de capacitación específica, visitas a ferias del sector, contacto con proveedores especializados y asesoramiento técnico. Proyectar un hotel, señalan, “implicó profundizar en temas que exceden la escala doméstica”. A diferencia de una vivienda, el trabajo en hotelería responde a los tiempos de obra, a la escala del programa y a un orden de prioridades donde la operación y el mantenimiento resultan determinantes.

El proyecto se desarrolló a lo largo de varios años y se fue resolviendo a partir de definiciones evaluadas una a una en términos de costo y beneficio. Para las autoras fue, además, una experiencia de crecimiento profesional, en un encargo que las llevó a una escala y una complejidad mayores a las habituales. El resultado es un interior que se lee como un conjunto coherente y que está pensado para sostenerse en el uso diario de un hotel de escala internacional. Con su apertura, Bahía Blanca suma un proyecto de interiorismo de nivel profesional, resuelto íntegramente por dos diseñadoras de la ciudad.


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