Una breve historia del buen aire

El agua, el aire y la limpieza son los principales artículos en mi farmacia. 

(Napoleón Bonaparte)

La calidad del aire ha sido objeto de atención desde los inicios de la civilización. 

Ya la mitología griega le atribuía los males al “miasma”: un mal aire con vida propia enviado por los dioses; y en el siglo XVII Thomas Sydenham y Giovanni María Lancisi retomaban la idea formulando la teoría miasmática según la cual el conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras eran la causa de enfermedad, lo que parecía explicar por qué las epidemias eran comunes en los barrios sucios y malolientes.

Esta idea era defendida por Florence Nightingale quien, en 1853, durante la guerra de Crimea descubrió que el hospital militar en Scutari, Turquía, estaba construido sobre una cloaca y que los pacientes estaban tomando agua contaminada. Al limpiar los vertederos contaminantes y mejorar la ventilación del hospital logró reducir la cantidad de muertos.

Estas medidas profilácticas, si bien no eran habituales, tampoco eran desconocidas: cuando la peste negra golpeó al viejo mundo, en 1348, Jaume d’Agramunt entregó al Alcalde de Lérida su obra titulada Regiment de preservació a epidímia e pestilència e mortaldats (Métodos de protección contra la epidemia y pestilencia y muertes), un tratado médico con medidas que todavía hoy son vigentes en la lucha epidemiológica. Se sigue combatiendo con las mismas instrucciones que D’Agramont dejó escritas: el confinamiento, la desinfección, la limpieza y ventilación de las calles y de las casas.

Si bien estas teorías han quedado obsoletas a la luz del descubrimiento de los microorganismos, no cabe duda de que en una vivienda sin una adecuada ventilación, proliferan las bacterias, el moho y los ácaros del polvo, causantes de problemas en la salud, como irritación de nariz, garganta y ojos, tos, dolor de cabeza, mucosidad y cansancio. Esto nos ha llevado a mejorar las técnicas de ventilación.

Uno de los primeros antecesores de la ventilación moderna podemos encontrarlo en la antigua zona griega de Laurium, en el 602 aC donde utilizaban una forma rudimentaria de sistemas de conductos para renovación de aire en las minas.

Pero es el siglo XIX cuando surge uno de los mayores cambios en el tema. Fue entonces cuando se empezó a hablar de lo que hoy se conoce como HVAC (del inglés Heating – Ventilating – Air Conditioning). 

En 1902 el ingeniero Willis Haviland Carrier creaba una máquina rudimentaria para el enfriamiento del aire y el control de la humedad, pensada para las fábricas de impresión y fijación de tinta en papel, que en 1914 dio su salto al hogar. Así nacía el primer aire acondicionado.

Más tarde se se harían más populares los patios interiores ideados para propiciar la ventilación cruzada, y los conductos para los edificios de pisos y viviendas de ese entonces, en una búsqueda de evitar el síndrome del edificio enfermo.

En la actualidad se utilizan sistemas de ventilación de doble flujo, es decir sistemas capaces de realizar por sí mismos la extracción del aire hacia el exterior y también la introducción del aire renovado, de manera mecánica. Esta solución monta también una unidad recuperadora de calor que conecta los impulsos de entrada y salida de aire.

Este tipo de sistemas puede ser independiente, en estos casos los ventiladores que harán circular el aire para introducirlo y extraerlo están separados de la unidad recuperadora de calor y requieren de una mayor instalación; o pueden ser compactos, donde están unidos a la unidad de recuperación. Éstos últimos son más sencillos y tienen una menor complejidad.

Con todos los sistemas de ventilación de doble flujo el principal beneficio es la eficiencia energética, evitando en buena medida el uso de sistemas de combustión o de aire acondicionado. Además, gracias a los filtros de aire que el sistema incorpora, se puede disfrutar de un aire más limpio y evitar molestias respiratorias en el hogar.

Hoy en día la inesperada pandemia que tomó al mundo por sorpresa y una “nueva realidad” que comienza a tomar forma en la vida cotidiana, nos obliga a recordar la importancia de la calidad del aire de los espacios que habitamos y revitalizar espacios al aire libre.