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Abril 2022 - Año XXXI
Al borde de la línea

Intervenir en edificios patrimoniales. El “ser o no ser” de la cuestión

por Ing. Mario Minervino - @mrminervino1

\"El patrimonio precisa una identificación a través de inventarios, investigación rigurosa y estudios con equipos multidisciplinares, planteando medidas de protección estipuladas por las autoridades responsables del planeamiento y el patrimonio\". Documento de Madrid.

En Bahía Blanca se generó una amplia discusión luego de que un estudio de ingeniería presentara al Municipio un proyecto para construir una torre en pleno centro de la ciudad. Hasta ahí nada que sorprenda, en una urbe donde los edificios en altura se multiplican día a día, en todas formas y estilos, en terrenos generosos y entre medianeras, de diseños atractivos y los que no.

Lo singular de este caso es que la propuesta plantea ubicar la obra dentro de un edificio inventariado como bien patrimonial, manteniendo el inmueble original como zócalo de la nueva obra, y que por su diseño necesita además que el Concejo Deliberante apruebe algunas excepciones al Código de Planeamiento.

Se trata de una intervención a la que se suele mencionar como “pinchar un edificio”, mientras que quienes las consideran inadecuadas hablan de la creación de “edificios parásitos”. La agrupación “Basta de Demoler”, con asiento en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los define claramente: “La arquitectura parásita se sirve del valor urbano del edificio anfitrión para posicionarse en el mercado inmobiliario. Paradójicamente; suelen asociarse el valor patrimonial del bien y su entorno urbano como valor agregado al proyecto inmobiliario. Sin embargo estas intervenciones y los incompatibles cambios de uso implican la demolición simbólica del edificio. El inmueble se transforma de obra arquitectónica en una escenografía poco sutil. Se pierde así patrimonio sociocultural y un entorno urbano equilibrado”.

Lo cierto es que en cuestiones patrimoniales están abiertas las puertas a toda discusión, desde el momento que entre los propios especialistas o estudiosos del tema no existe un único criterio y es habitual que año a año se replanteen ideas, se acepten nuevas modalidades y se vaya ampliando la visión que se tiene sobre el tema.

Hay, además, una amplia variedad de situaciones al momento de intervenir en un edificio patrimonial. Consideraciones como su estado edilicio, si está en uso, si su deterioro es importante, si por sus características no admite ya una funcionalidad adecuada, las necesidades de sus propietarios o usuarios y un análisis meticuloso de sus valores.

Hay edificios que por falta de atención y cuidado en el tiempo van camino a la ruina, y su valor patrimonial no les ha servido de nada para que se le preste debida atención. Muchas veces llegan a la demolición casi como una muerte anunciada y sin ninguna alternativa de sobrevida.

El tiempo pasa

La supervivencia de cualquier edificio construido con un fin que ya no es el actual requiere necesariamente una intervención, lo que implica una ampliación que suele incorporar nuevos lenguajes, materiales o sistemas constructivos. La alternativa de no ser adecuado para nuevos usos muchas veces es su degradación o su abandono.

Cuando se interviene en un bien patrimonial, se considera prioritario conservar su autenticidad y significado cultural, aunque los criterios actuales sugieren que cualquier adición debiera ser compatible con el lenguaje de nuestra época, que la obra deje en claro qué parte de la misma es original y cuál es contemporánea. En esta visión no se trata de ver “qué habría hecho el autor del edificio” sino como lo adecúo con los materiales y estilos contemporáneos.

Lo que parece un criterio razonable deriva muchas veces en convivencias de estilos que no siempre resultan atractivas, armónicas o respetuosas, más allá de la voz de los especialistas que aseguran que “ese diálogo no es incompatible”.

El arquitecto español Fernando Espinosa traza algunos lineamientos interesantes sobre la cuestión. “Intervenir en el Patrimonio es un deber para cualquier profesional. Ser capaz de hacer compatible el paso del tiempo en un espacio común, con la historia que evoca al genio del lugar y un lenguaje propio y actual, es un buen ejemplo de La Arquitectura del Silencio: aquella donde se es capaz de percibir un sentimiento, una historia y un lugar”. Nada simple, nada sencillo de lograr.

Dos casos de escopeta


Ganadores del premio Pritzker y protagonistas de la arquitectura de los siglos XX y XXI, el estudio británico Zaha Hadid y el suizo Herzog & De Meuron han realizado varias obras de ampliación de edificios existentes. A los dos ejemplos que acompañan este comentario los hermana que se trata de edificios ladrilleros ubicados en zonas portuarias. Las propuestas de por sí son polémicas y el hecho de que lleven las firmas de dos “pesos pesados” en la materia abre un visión diferente.

Herzog & de Meuron ampliaron la Elbphilharmonie Hamburg mediante una estructura de vidrio en la parte superior, haciendo que parezca más un barco de vanguardia que un espacio para actuaciones musicales. La base del diseño es un edificio de ladrillos que fuera almacén. Cuando quedó en ruinas se puso en marcha un plan para transformarlo. La popularidad de la Elbphilharmonie Hamburg, su nuevo destino, con 2.100 asientos, demandó esta posterior ampliación.

El segundo caso es la ampliación del edificio que ocupa en Amberes la Autoridad Portuaria. En este caso consiste en la rehabilitación de una antigua estación de bomberos abandonada en un punto donde la ciudad se encuentra con la zona portuaria, ampliando su espacio con el volumen de vidrio que descansa sobre el edificio original, sumando 6.200 m2.

De los ejemplos de intervención en edificios patrimoniales en el mundo, es simple concluir la diferencia de criterios aplicados. En algunos casos sirve para poner en valor al monumento y aportar una arquitectura nueva sin conflicto, en otros se perciben intervenciones perjudiciales o claramente inadecuadas.

Eso es resultado en gran medida de la inexistencia de criterios únicos, de no existir una visión contundente sobre el tema y además asumir que cada caso requiere una respuesta específica y cada edificio un análisis particular por parte de equipos multidisciplinarios.

Existen ampliaciones de edificios históricos a cargo de estudios de primer nivel —por caso Norman Foster, Daniel Libeskind, Zaha Hadid o Herzog & De Meuron— que no hacen sino abrir más el debate e incluso la confusión sobre cuál resulta el camino más conveniente.

Las visiones y posturas de propietarios, administraciones, arquitectos, teóricos, conservadores y especialistas en patrimonio entran constantemente en conflicto a causa de las controversias que afectan a las cuestiones esenciales de la autenticidad, la sustitución de materiales, la adaptación a nuevas funciones, el respecto a la forma. Sin dejar de lado además la opinión de la gente del común -los ciudadanos-, cuyo parecer surge de inmediato cuando se va a intervenir en un bien que precisamente tiene valor porque es parte de la memoria colectiva, de su pasado y de su identidad.

Lo que es cierto, de acuerdo a la opinión más generalizada, es que para intervenir en un bien del patrimonio es necesario tener una sensibilidad especial. Se pueden encontrar ejemplos que muestran como una sensibilidad adecuada hace sostenible una intervención cuestionable. Nunca debe ignorarse que las actuaciones en el patrimonio, por su significado, provocan un impacto en el paisaje urbano y en el propio edificio.

Un recorrido a través de algunas intervenciones deriva en discrepancias sobre si han sido correctas o intolerables; acertadas o decepcionantes, favorables o mamarrachos. Porque además en esas discusiones suele aparecer posturas extremas, por el sí o por el no, lo cual siempre es perjudicial porque dejan de tener peso los argumentos valederos o los análisis más adecuados y se genera una pulseada entre extremos.

Cambia, todo cambia

“Cambia lo superficial/Cambia también lo profundo/Cambia el modo de pensar/ Cambia todo en este mundo”. Julio Numhauser Navarro

Hay otra circunstancia que inevitablemente se debe asumir: el patrimonio edificado, al igual que la sociedad que lo usa, está en constante proceso de transformación. Cambia su conceptualización y su espacialidad. Las nuevas actividades que la sociedad desarrolla requieren configuraciones que los edificios antiguos no poseen y que es necesario adaptar ya que, de lo contrario, corren riesgo de desaparecer.

Ramón Gutiérrez, un referente de la historia de la arquitectura y consultor de la UNESCO en temas patrimoniales, aporta una visión singular sobre el tema. “Su visión del patrimonio no es la del conservador que pretende congelar los edificios como piezas de museo. Gutiérrez ha acuñado un nuevo término: 'Patrimonio Construido', pues dice que nos ha costado tanto construir nuestros edificios que ya eso de por sí hace que tengan un enorme valor, pero recuerda también que el patrimonio tiene que ser activo y tiene que 'ganarse la vida', es decir ponerse al servicio de la sociedad para que el nuevo ciudadano se apropie realmente de él”.

Un edificio debe de ser utilizado para que garantice su permanencia. Una mirada creativa hará de él algo valioso o indispensable para la reactivación de un barrio o de una ciudad. Darle nueva vida es el gran reto, porque debiera conservar sus características originales, con lo cual toda ampliación es un desafío, exige un pensamiento superador, integral, respetuoso, de alta complejidad y que estará expuesto, de manera inevitable, a críticas y cuestionamientos.

Pinchar

La idea de pinchar edificios para agregarles torres es una alternativa a la hora de mantener un inmueble patrimonial. A mediados del siglo XX aparecieron las primeras propuestas de dejar el edificio histórico como zócalo. Por supuesto que es también la que más críticas suele recibir, ante ciertos pastiches visuales que poca gracia hacen a la gente por más explicación o justificación que se ensaye.

En 2006, el británico Norman Foster, considerado uno de los arquitectos más influyentes en la historia del siglo XX, amplió en Manhattan un edifico art decó, el cual se convirtió en parte de la Torre Hearst. A pedido de los propietarios, Foster dejó la cáscara del edificio existente y lo “pinchó” con una torre vidriada de 46 pisos que emerge de su interior.

En Córdoba capital hicieron una ampliación con esa misma idea con el Córdoba Business Tower, para lo cual los arquitectos tomaron un edificio neoclásico de dos plantas y le apoyaron encima unos 13 pisos, sumando 14 mil metros cuadrados de oficinas.

En Buenos Aires hay varios ejemplos. El hotel Mérit San Telmo recuperó un frente con balcones corridos y aberturas enmarcadas por pilastras y dinteles de estilo, y ubicó encima un volumen de cinco pisos, agujereando el muro con pequeñas ventanas. La construcción nueva busca de alguna manera reproducir el espíritu de la antigua.

Todas estas obras, que muchas voces calificadas pueden defender como defenestrar, siempre dividen aguas, y sin emitir juicio de valor en particular, los propios especialistas no coinciden en su análisis.

Estar formados

Ahora, ¿Quién decide en definitiva sobre este tipo de intervención? Fernando Espinosa señala: Son las autoridades responsables del patrimonio quienes tienen el deber de autorizarlas o no, y por tanto los primeros que tienen que tener la formación y sensibilidad necesarias para tomar estas decisiones. “Las propuestas más acertadas son aquellas que atienden la puesta en valor del monumento sin que esto perjudique su significado cultural. La supervivencia del monumento pasa en muchas ocasiones por hacerlo compatible con la innovación y el nuevo uso. La alternativa es su degradación”.

El Documento de Madrid, uno de los últimos estudios realizados sobre el tema, señala: “Cualquier intervención precisa una rigurosa investigación, documentación y análisis histórico. La integridad del patrimonio no debe verse afectada por intervenciones insensibles. Esto requiere una meticulosa evaluación del sitio. Deben evitarse los efectos adversos del desarrollo, la desatención y las conjeturas. La comprensión del significado cultural del patrimonio resulta esencial en la toma de decisiones adecuadas. Un mismo bien puede requerir diferentes enfoques y métodos de conservación”.

Menciona, además, “Se hará tanto como sea necesario y tan poco como sea posible. Cualquier intervención debe ser cautelosa, su profundidad ha de ser minimizada. Pueden llevarse a cabo pequeñas intervenciones que mejoren el comportamiento y la funcionalidad del sitio a condición de que el significado cultural no se vea dañado”.

En general el criterio es que la obra nueva debe ser reconocible, claramente identificable y mantener la armonía con el sitio, sin competir con él. El análisis del entorno y del diseño ayuda a proveer soluciones que tengan en cuenta el carácter, emplazamiento, escala, forma, proporción, estructura, materiales, textura, color, pátina y detalles existentes.

El caso de Bahía Blanca

La propuesta de construir una torre dejando como basamento el histórico edificio de avenida Colón y Brown —habilitado en 1909 como Hotel— lleva cinco años esperando una respuesta por parte de las autoridades municipales, lo cual da una idea de la complejidad que la presentación ha generado.

Las posturas a favor y en contra de la obra se multiplican y polarizan la discusión. Lo cierto es que la intervención exige mucho más que un “me gusta o no me gusta”. Porque el tema de cómo intervenir en un inmueble, como vimos en los párrafos anteriores, ni siquiera encuentra coincidencia entre los especialistas.

Además el caso tiene su propia singularidad. Por un lado, el edificio original, construido en 1909, lleva más de diez años desocupado, en muy mal estado, al punto que ha sido cercado con un vallado preventivo por las repetidas caídas de mampostería y revoques. Sus propietarios se han desentendido de cualquier política de cuidado o mantenimiento y hay componentes, como la gran cantidad de palomas que anidan en el lugar, que hacen que su degradación sea constante.

Su uso original como Hotel -fue uno de los más importantes de Sudamérica- ha desaparecido ya que en la década de 1980 su interior fue completamente intervenido para dar lugar al funcionamiento de un centro de compras.

En el registro patrimonial de Bahía Blanca tiene grado de protección 4, considerado su interés paisajístico, como pieza clave del centro histórico, aunque nunca se ha implementado una política que siga el día al día del bien o desarrolle gestiones a favor de su cuidado. Sus fachadas han sido además modificadas en el tiempo, al punto que se le ha quitado la rejería de los pisos altos así como todo su remate.

De allí que son muchas las consideraciones a poner sobre la mesa de discusión para quien deba dar una respuesta a la propuesta. Un edificio que va camino a la ruina, con un valor de venta que exige la construcción de miles de metros cuadrados para justificar la inversión, sin interesados en rescatarlo respetando su morfología y con una idea de sumar nuevos usos y reacondicionar el bien patrimonial.

No es una decisión simple, la propuesta en sí admite críticas a favor y en contra. Lo cierto es que a esta altura hay que tomar una decisión. Sea aceptando la nueva obra, sea exigiendo a los propietarios que pongan en valor el inmueble por el riesgo que significa o buscando herramientas para expropiar el bien y establecer condiciones atractivas para los inversores. Todos los caminos son posibles. Lo único que no soporta la situación es no tener una respuesta, asumir que se tiene un bien cercado por su pésimo estado y camino a la ruina y que quizá es tarde ya para expresarse en términos de patrimonio cuando nunca se hizo nada por anticipar su ruina. “Deben ponerse a disposición de las futuras generaciones todas las opciones posibles en términos de intervención, gestión e interpretación del lugar, su emplazamiento y sus valores patrimoniales”, señala el Documento de Madrid.


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