Agosto 2021 - Año XXXI
Al borde de la línea

El arte en la industria de la carne. Los mataderos de Salamone

por Ing. Mario Minervino @mrminervino1

“Siguió la matanza y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallan tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco, aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata”. Esteban Echeverría, El Matadero

La obra del ingeniero Francisco Salamone (1897-1959) sigue asombrando a propios y extraños, distribuida en decenas de pueblos de la llanura bonaerense, asomando sus torres en inquieto contrapunto con el horizonte y la línea de casas bajas.

Una obra descomunal, casi incomprensible, y si no fuera porque se la puede ver materializada se podría decir que es parte de una fantasía, una propuesta que no podría nunca alcanzar el plano de la realidad.

Salamone fue uno de los profesionales contratados por varios municipios bonaerenses para llevar adelante el plan edilicio impulsado por el gobernador Manuel Fresco, durante su mandato entre 1936 y 1940.

“Cuando Fresco llegó al gobierno se encontró con un inmenso problema de conciencia”, menciona la publicación que hizo la gobernación apenas terminada su gestión: “Encontró a la provincia convertida en un gran solar abrumado por la molicie, sin ninguna inquietud que lo sacudiera: sin esperanza que lo fortificase”.

Ante ese contexto, Fresco desarrolló en sus cuatro años de mandato una obra descomunal, abarcando la construcción de plazas, palacios municipales, mataderos, cementerios, escuelas y mercados en decenas de localidades bonaerenses. Todo como parte de una “insospechada y compleja obra pública” que se concretó “a un ritmo acelerado, impaciente y ansioso” en pueblos donde los vecindarios, “con verdadero orgullo vecinalista”, colaboraron patrióticamente.

Salamone participó de ese vasto plan de obras, con la particularidad de que sus diseños edilicios y urbanos fueron únicos en cada localidad, resueltos cada uno con características propias, aunque comunes en su particular estilo de diseño, donde conviven y se fusionan el art déco, el expresionismo y el futurismo.

A la medida

Entre los edificios más particulares de esa obra se ubican los mataderos municipales, emplazados en las afueras de los pueblos, definidas sus formas por su uso y función aunque sin resignar un diseño que los hace especialmente atractivos y únicos en su tipología.

Si alguien piensa que se exagera al mencionar la cantidad de obras realizadas por Salamone en tan poco tiempo y con tanta dispersidad, enumerar los mataderos es una forma de probar esa situación. Se los puede encontrar en Carhué, Balcarce, Chillar, Pringles, Gauminí, Azul, Laprida, González Cháves, Cacharí, Vedia, Alberdi, Alem, Pellegrini, Salliqueló, Saldungaray y Tres Lomas. Todos distintos, todos construidos entre 1937-1938.

Los usos

Durante décadas la actividad matarife en Buenos Aires se realizaba de una manera que hoy horrorizaría hasta al más preparado y que tan crudamente describe Esteban Echeverría en su libro El Matadero. Por éso, a fines del siglo XIX, comenzó a instalarse la idea de generar edificios que permitieran desarrollar esa tarea de manera adecuada, acorde a los conceptos de higienismo de boga por entonces.

Muchos pueblos requerían edificios donde desarrollar la matanza de animales en condiciones “humanitarias” e higiénicas, como también manejar de manera sanitaria el material orgánico sobrante. Así se fue consolidando la idea del edificio-matadero, para ofrecer un servicio a los proveedores de carne, acorde a la cantidad de habitantes que abastecía.

Los edificios debían cumplir con un programa arquitectónico organizado en tres sectores: los corrales de descanso del ganado, la sala de matanza y depostación –que constituía el espacio principal- y, finalmente, la sala de despacho.

Como espacios complementarios se sumaban un sector administrativo, vestuarios, sanitarios, sala de máquinas, vivienda para el cuidador y un incinerador.

Varios profesionales que se ocuparon de resolver estos edificios los ajustaron a estéticas rurales o fabriles. Solo Salamone mantuvo “una actitud experimental”, explorando estructuras espacio-formales y estableciendo una tipología que consideró apropiada para la temática.

Sus mataderos no tienen antecedentes formales en la provincia. Su principal premisa fue mejorar la sanidad del proceso. Para eso implementó la organización del edificio a partir de una “cadena de producción” –a la manera de la industria automotor— siguiendo una secuencia de funcionamiento mediante un sistema de rieles aéreos que transportaban las reses de estación en estación. Otro aporte novedoso fue diferenciar los espacios principales de los secundarios, en este caso la faena de las actividades complementarias y de servicio.

En general, las plantas de sus edificios se definían con espacios curvos, circulares o en arco, que manifestaban el movimiento interior.

Ingeniería en torres y cubiertas

Una cuestión utilitaria, como es la necesidad de disponer de un gran tanque de agua para atender el consumo de estos edificios, llevó a Salamone a desarrollar una gran variedad de torres-tanques, estableciendo de esta manera una línea de diseño emparentada con sus palacios comunales.

En algunos de esos mataderos esas torres alcanzan rasgos expresivos, al tomar formas de cuchillas u otros elementos simbólicos que dan cuenta del destino del edificio. Varios de ellos también sumaban una chimenea ladrillera, alejada del edificio, en un interesante contrapunto con la torre-tanque.

Salamone, que tenía el particular título de “ingeniero arquitecto”, otorgado por la Universidad Nacional de Córdoba, tenía una fuerte formación ingenieril, con lo cual en sus mataderos desarrolló una interesante propuesta estructural a partir del uso del hormigón armado.

Las salas de faena tienen luces de entre 10 y 12 metros, y fueron resueltas con una losa “hongo” con una columna central, hueca, que hacía las veces de desagüe pluvial. Mediante esta estructura generó salas de gran espacialidad, combinando síntesis y liviandad. En otros casos recurrió a los “paraguas invertidos” y el uso de tensores. También resulta atractiva la resolución de varios voladizos de luces muy arriesgadas.

Matadero de Guaminí

Si bien Salamone aprovechó el uso del hormigón para asegurar la durabilidad y permanencia de sus edificios, los mataderos sufrieron las consecuencias del olvido y la falta de mantenimiento luego de ser desafectados de su uso y al no darles un destino alternativo. La consecuencia fue su deterioro general y en algunos casos su colapso.

“La patología detectada es en muchos casos irreversible, afectando los espacios interiores, que han sufrido el vandalismo y el saqueo, la destrucción de sus revestimientos, la invasión de animales, la aparición de grietas y la pérdida de la carpintería”, indica el relevamiento publicado en “Francisco Salamone en la provincia de Buenos Aires”, de Alejandro Novacovsky, Felicidad Paris Benito y Silvia Roma. La publicación sugiere, además, “la imperiosa necesidad de dotación de nuevas funciones a estos edificios, conservando los elementos de mayor significación que relaten su historia”.

Muchas localidades han comenzado en los últimos años a valorizar el legado de Salamone, a incentivar su potencial turístico y atender el estado de su obra. En esa política, algunos mataderos van recibiendo la necesaria atención y abandonando su destino de ruina para posicionarse con todo su valor testimonial.

Mientras tanto están ahí, quietos y extraños, para ser admirados y sorprender el ojo de los visitantes. Como parte de una obra colosal que poco a poco se consolida como uno de los legados ingenieriles más atractivos y sorprendentes del país.

Matadero de Balcarce

El estilo elegido por Salamone, donde se impone el art déco, es un estilo relegado en los libros de historia de la arquitectura en parte por ser contemporáneo del movimiento moderno, cuyos grandes maestros impusieron una propuesta completamente diferente.

Recién a fines de 1980 se comenzó a prestar atención a esos edificios desparramados por el territorio bonaerense, de estética tan particular. Así se descubrió también a Salamone, quien había fallecido en 1959, y sobre cuya vida y obra existe una gran cuota de misterio, lo cual también alimenta su figura, empuja a ampliar las investigaciones y abre un enorme abanico de hipótesis, elucubraciones, interrogantes y planteos por resolver.

Matadero de Azul

Construido en 1937, presenta una versión evolucionada de los grandes mataderos. Es el único que presenta una galería exterior destinada a sombra y refugio. Su elemento destacado es la torre, con forma de cuchilla. Con el tiempo ha resignado las letras que daban cuenta del uso del lugar.

Guaminí

Una de las características llamativas es su torre que, vista desde arriba, evoca la forma de la cabeza de una vaca. El edificio estuvo activo hasta la década de 1980, cuando ocurrió el cierre de todos los mataderos bonaerenses y se optó por su centralización en frigoríficos.

Saldungaray

Su diseño, funcional a la secuencia productiva, cuenta con una planta de lógica circular. En la parte superior se eleva una torre tanque. A su alrededor se ubican las zonas de corrales y de ingreso de animales.


Pringles

Es uno de los más sofisticados. Su sala de faena tiene forma de arco de corona y cuenta con varias cadenas de producción. Su estructura asimétrica responde a rasgos futuristas y expresionistas que se suman al Art-Decó. Su torre tanque concluye en forma de cuchilla

Epecuén

Ubicado entre la ciudad de Carhué y las ruinas de Villa Epecuén -pueblo arrasado por las inundaciones de 1985- es uno de los más singulares porque presenta un estado casi fantasmal, rodeado de árboles muertos y raíces que parecen arañas. Se han filmado cortos y escenas de todo tipo en base a su aspecto.


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