Noviembre/Diciembre 2020 - Año XXX
Al borde de la línea

Palacio Municipal de Bahía Blanca: Un Hôtel de Ville entre océano y pampa

El 31 de diciembre de 1904 un gran número de vecinos se reunió frente a la vieja casa municipal de Bahía Blanca, en la primera cuadra de calle Alsina, para cumplir con una significativa ceremonia: la colocación de la piedra fundamental del nuevo palacio comunal, llamado a ser un símbolo del crecimiento de la ciudad, con una arquitectura que manifestara de manera contundente cultura y aspiraciones. Era el primer paso en la construcción de un “Hôtel de Ville”, según se nombraba a estos edificios públicos, inspirado su diseño en modelos europeos, sobre todo en algunos ayuntamientos de Francia.

La génesis

Correspondió al intendente Rufino Rojas (1858-1930) impulsar la construcción de un edificio que reemplazara a la modesta sede municipal de entonces. Corría 1903 cuando Rojas entendió la necesidad de contar con un inmueble que diera cuenta del progreso y cambio que experimentaba la ciudad. Un par de años antes había contratado al paisajista August Flamant para que diseñara la plaza Rivadavia, por entonces poco menos que un potrero, y ahora entendía que también la ciudad debía tener adecuada casa de gobierno.

Por eso elevó a consideración de los concejales un proyecto elaborado por técnicos del municipio, con un presupuesto de 150 mil pesos moneda nacional y la idea de construirlo “a medida que los recursos lo fueran permitiendo”.

“La altura que ha llegado esta ciudad con su edificación moderna, sus bancos, luz eléctrica, tramways, edificios públicos y escuelas. La atracción que tiene para el viajero y sus puertos obligan, exigen mejor dicho, a que la casa municipal esté en relación a los progresos que palpamos”, señaló Rojas a los ediles.

Se manifestó además abierto para -si el deliberativo lo consideraba necesario- “encomendar el trabajo a algún arquitecto competente”. Semanas después obtenía el visto bueno para la obra, con la sugerencia de organizar un concurso de proyectos y dejar de lado la idea de ubicarlo en el centro de la plaza Rivadavia. Todo estaba en marcha entonces para iniciar la que sería “la primera obra grande levantada por el esfuerzo colectivo de los hijos de Bahía Blanca”.

Un palacio sostenido por esqueletos

Conocida la decisión de levantar el palacio municipal, y como toda obra pública que se precie, aparecieron las voces contrarias al emprendimiento. La prensa opositora local entendía que existían “otras prioridades” que atender, y que si el municipio “podía aventurarse” en levantar “Un castillo oriental” -al que calificaron como “un mueble de lujo inservible”-, mucho más podía hacer “para solucionar otras necesidades”.

“El pueblo sabe que antes que un palacio están otros problemas en los cuales invertir esa abundancia de oro que mana del grifo contribuyente”, sugiriendo, por ejemplo, “municipalizar el alumbrado (en manos de empresas inglesas) o construir corrales de abasto más higiénicos”. Pero no solo eso. Se sugirió que ese dinero “estaría mejor invertido” en “higienización urbana”, combatiendo la tifoidea, la viruela y otras enfermedades de la época.

“El ‘hotel de ville’ bahiense se levantará en detrimento de la salud pública, de manera que lo veremos sostenido por los esqueletos de aquellos que sucumbieron por la negligencia de los funcionarios encargados de velar por la sanidad”, sugirió una revista en 1903.

Más allá de estas críticas, el proyecto continuó su marcha y a mediados de 1904 un jurado evaluaba los varios trabajos recibidos como resultado del concurso nacional, con tres premios instituidos, un presupuesto de 250 mil pesos y un plazo de ejecución de seis años.

Bona Fide (Buena Fe)

El proyecto ganador fue el presentado con el lema “Bona Fide”, de Ceferino Corti y Emilio Coutaret, ambos residentes en La Plata. Coutaret participaba entonces, junto con Pedro Benoit, en el diseño de la catedral de La Plata. Con Corti habían diseñado las municipalidades de Azul, Tres Arroyos y Coronel Suárez, todas de similares lineamientos.

La propuesta elegida reunía las características de los ayuntamientos europeos, sobre todo los de Francia, con líneas del renacimiento y del barroco reinterpretados por los franceses, con techos en mansarda y una gran torre.

En noviembre de 1904 se licitó la obra, de la cual participaron cuatro empresas, siendo la oferta más ventajosa la presentada por Nicolás Pagano, por sobre la de su hermano Gerardo y las de Francisco Nocito y Antonio Gerardi.

El diciembre de 1904, en el que fue su último acto de gobierno, el intendente Rojas participó de la colocación de la piedra fundamental, debajo del que sería el vestíbulo del nuevo edificio. Fue madrina la señora Flora B. de Moore y padrino el juez federal Gregorio Uriarte.

El diario La Nueva Provincia destacó la trascendencia del acto: “Tiene una significación moral que viene de muy lejos, desde que la sociedad se forma con la aspiración de un estado de vida mejor, desde que la ciencia contribuye al bienestar”. Los primeros días de 1905 caían los muros de la vieja casa municipal y comenzaba la excavación de los cimientos.

La obra avanzó de acuerdo a los plazos establecidos. Hubo algunas interrupciones, incluso con la circunstancial desafectación de Corti como director de las obras, y algunas modificaciones al proyecto, pero nada que impidiera que en cuatro años el edificio estuviese terminado. En 1909, “sin fiesta alguna ni brindis con champagne”, las dependencias comenzaron a ocuparse. Curiosamente el primer uso del palacio no fue ni administrativo ni político, sino que su gran hall sirvió como Capilla ardiente para velar los restos de Ángel Brunel, ex intendente comunal.

Entre los detalles constructivos del palacio municipal se destacan sus pisos de mosaicos hidráulicos, elaborados por La Perla del Sud, de Nicolás y Gerardo Pagano. Cada pieza artesanal realizada con pigmentos minerales y mármoles molidos mezclados con cemento blanco, de diversos diseños y colores.

Escondido y con su ‘salle des pas perdus’

El palacio municipal se emparenta con varios ayuntamientos franceses, a los que se suele mencionar como “Hôtel de Ville”. Es el caso del ayuntamiento de París, reconstruido entre 1836 y 1850, sobre planos de los arquitectos Teodoro Ballu y Edouard Deperthes. También guarda similitud con los de Lyon, diseñado a fines del 1600, Bruselas y Poitiers.

La diferencia del edificio de Bahía Blanca con cualquiera de los mencionados es su emplazamiento. Mientras que los de Europa se mantienen como protagonistas y dominantes del paisaje urbano, incluso antecedidos por plazas que alientan sus visuales y perspectivas, el de Bahía Blanca, retirado de la línea municipal, ha quedado poco menos que oculto por varios edificios en altura ubicados a pocos metros, en la misma cuadra.

Es común en estos palacios disponer de un “salón de pasos perdidos” (salle des pas perdus), materializado por un gran vestíbulo o lobby para contener a un gran número de personas y distribuirlas a otras partes de un edificio.

Este salón suele localizarse en una zona en donde los trayectos se entrecruzan y confundan, y permiten generar el eventual encuentro de una dirección.

En 1906, con un avance interesante de los trabajos, un artículo aparecido en la Revista Comercial dio cuenta sobre su disposición que, se dijo, “no concuerda” con una buena idea de organización y uso de ese emblemático espacio.

“Vimos en el hall o sala ‘des pas perdus’ la escalera que, arrancando del centro del hall, sube, dividiéndose en dos tramos a las galerías laterales del primer piso. Nos parece que con esta disposición se va a quitar al vestíbulo su verdadera característica y principal ventaja: ofrecer un lugar de cómoda espera y un espacio libre de circulación para el público”.

No es simple determinar si fue la influencia de esta nota o si ya era una modificación pensada, lo cierto es que la escalera no ocupó ese lugar central sino que se la ubicó con dos accesos, en los extremos laterales del edificio, escondida a la vista del público, ignorando la propuesta -típica del barroco- de utilizarla como un elemento protagónico del espacio, que aporta dinamismo y sirve para la rápida visual de quienes transitan por el lugar. Así quedó liberado el salón de lo pasos perdidos, aunque alejado de la definición de “gran vestíbulo” que se abre a una escalera amplia que conduce al primer nivel, a un gran salón de fiestas”.

Lo cierto es que tampoco ese gran ambiente es, por la disposición de las principales dependencias, un lugar de mucho tránsito. Incluso si se lo cruza en el sentido longitudinal se pasa directamente al patio trasero. En los últimos años se han colocado asientos para la atención de gente, se lo ha utilizado en actos de asunción de nuevos jefes comunales y en la década de 1950 fue ocupado por escritorios.

Al detalle

El palacio posee estética barroca de la denominada línea borbónica, plagado de ornamentos y molduras, con sus frontis curvos sobre las aberturas y singulares figuras demoníacas decorando su torre. Su retiro, de más de diez metros de la línea municipal, permite tener mejor perspectiva de su presencia, más allá de que los numerosos edificios que lo fueron rodeando le quitaron fuerza y protagonismo.

Se organiza con una torre que marca la simetría de sus dos cuerpos laterales de dos plantas. La torre contiene un balcón en la planta alta y es rematada con una pequeña cúpula con linterna.

Otra descripción indica que “La torre marca un eje que le da carácter” mientras posee dos rampas curvas que recuerdan los clásicos port-cochere franceses.

Por último, en el libro “Patrimonio arquitectónico Argentino-memoria del bicentenario 1810-2010” se lo menciona como “un ecléctico edificio de líneas borbónicas con una imponente y esbelta torre central de compleja volumetría, coronada por un bulboso cupulín, metáfora evocativa de los ayuntamientos europeos. La disposición empleada es clásica en esta tipología, con su planta cuadrangular con torreones esquineros en sus ejes de simetría y un gran hall central cubierto con claraboya”.

En 2004, el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional por la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos.

Los autores de la obra

Ceferino Corti (1863-1928), platense de nacimiento, fue durante muchos años director de arquitectura en el departamento de ingeniería. En unión con Emilio Coutaret obtuvo, en concurso público, el primer premio de la municipalidad de Bahía Blanca, Tres Arroyos, Coronel Suarez y Azul. En La Plata proyectó, dirigió y ejecutó 116 obras entre 1907 y 1928, siete de ellas con Coutaret.

Émile Bonnet Coutaret, nació en Francia en 1863, estudió Arquitectura e Ingeniería en la Ecóle des Beaux Arts de Le Havre y se trasladó a la Argentina becado por dicha institución en 1885 para trabajar en el Departamento de Ingenieros. Colaboró con Pedro Benoit y Ernesto Mayer en el diseño de la Catedral de La Plata. Dirigente del club Gimnasia y Esgrima de La Plata, fue el autor del escudo de la institución el cual, con ligeras modificaciones, se mantiene hasta la actualidad. Murió a los 86 años, el 24 de junio de 1949.


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