Marzo 2020 - Año XXX
Al borde de la línea

Las comisarías de Pagano: una singular obra en pueblos de la Patagonia

por Ing. Mario R. Minervino

“Es cierto, son proyectos no construidos, pero todos, absolutamente todos, han dejado una enseñanza, una huella mucho más profunda que millares de obras construidas”. Amancio Williams, 1981.

Hace 30 años, unos pocos artículos dispersos en diferentes medios pusieron en escena la sorprendente obra de un ingeniero que en la década de 1930 construyó decenas de edificios en pequeños pueblos bonaerenses. Se trataba de Francisco Salamone (1897-1959), cuya obra había pasado desapercibida a pesar de su peculiar arquitectura, toda realizada durante la gobernación de Manuel Fresco. Se dice, con algo de razón, que quedó marcada por ser producto de una década a la que en política se llamó “infame” -por los repetidos fraudes electorales registrados-, por lo cual mucho de lo gestado en ese tiempo cayó en un injusto olvido. La obra de Salamone -edificios comunales, mercados, escuelas, plazas, mataderos, cementerios- es hoy motivo de atracción turística, generadora de libros y documentales, atractiva por sus líneas art déco, expresionistas y futuristas.

En esa misma década del siglo XX hubo un ingeniero que desarrolló una vasta obra pública y que por motivos similares cayó en el olvido. Se trata de Adalberto Torcuato Pagano (1894-1960), a quien en parte le ha correspondido un destino similar al de Salamone. Olvidados, ignorados y perdidos, sus edificios se distribuyen en decenas de pueblos de la provincia de Río Negro, mayormente destinados a comisarías, que se destacan en el paisaje con sus torres y símbolos, en estilo pintoresquista, medieval y art déco.

Los lugares

Pagano fue uno de los últimos gobernadores del Territorio Nacional de Río Negro antes de abandonar esa condición para convertirse en provincia. Fue designado en ese cargo por decreto del Departamento Ejecutivo Nacional en 1932, gobierno de Agustín Pedro Justo, y lo ejerció hasta 1943, lo cual lo convierte en la persona que, por lejos, más tiempo ocupó ese puesto. En esos 11 años desarrolló una obra edilicia vastísima, la mayor parte proyectada por él mismo. “Las comisarías de Pagano”, como se las suele mencionar, forman parte de ese legado.

Así como Salamone desarrolló su obra en pequeños pueblos bonaerenses –Vedia, Alberdi, Tornquist, Laprida, Azul, Coronel Pringles, González Cháves, Pellegrini, Carhué, Epecuén y Cacharí, entre otros–, Pagano la materializó en localidades cuyos nombres hay que buscarlos con cuidado en un mapa. Son los casos de Aguada Cecilio, Los Repollos, Mencué, Clemente Onelli, Pomona, Comalló, Sierra Colorada, Ñorquincó, Los Menucos y Luis Beltrán, algunos de ellos de apenas un centenar de pobladores, todos en la provincia de Río Negro.

Entre los edificios se distinguen algunos de líneas art déco, aunque en la mayoría se impone un estilo pintoresco, con la presencia de torres de vigilancia que manifiestan su uso policial. Ninguna de esas torres es de gran altura, como si no quisieran imponerse en el perfil llano del paisaje, a diferencia de las diseñadas por Salamone, que se destacan sobradamente en la chatura de los pueblos pampeanos.

La mueblería Española

Los edificios que construía Pagano se ponían en servicio estando completamente equipados. En particular, la gobernación rionegrina contrató para eso a la mueblería Española, de Bahía Blanca, la misma a la cual el ingeniero le había diseñado su salón de frente art déco.

En la comisaría de El Bolsón, inaugurada en 1937, la firma colocó camas de acero “Sello de oro” con colchones a elásticos “Dulce reposo”. También proveyó de mesas, archivos, escritorios, sillas, sillones, mostradores y muebles de oficina, todo en roble. Las casas de los oficiales se equipó con muebles estilo provenzal, incluyendo aparadores, mesas, sillas, mesas de luz, camas, juegos de living para recepción, espejos, arañas y candelabros.

La mueblería publicó en la ocasión un aviso publicitario en diarios de Bahía Blanca, donde detalla que también aportó el mobiliario para las comisarías de Bariloche, Sierra Colorada, Los Menucos, Pilcaniyeu, Comallo, El Bolsón, Mengue, Valcheta, Conesa, Los Repollos, Cañadón Chileno, Cubanea, Luis Beltrán, Pomona, Aguada Cecilia y Clemente Onelli. En el caso de Mencue, también equipó el Juzgado de Paz y dos casas para el personal.

El hombre

Adalberto Torcuato Pagano nació en San Miguel del Monte (Buenos Aires) en 1894, apenas unos años antes de que su familia se radicara en Bahía Blanca.

Su decisión de estudiar Ingeniería Civil en la Universidad de Buenos Aires sin dudas se relaciona con la actividad de su familia: su padre, Nicolás Pagano, y sus tíos Gerardo y Cándido Pagano formaron una de las empresas constructoras más relevantes en Bahía Blanca y la región, dejando grabado sus nombres en las fachadas de edificios emblemáticos bahienses, como el Palacio Comunal (1905), el Hospital Municipal (1909), la sede del club Argentino (1910), la casona de la vivienda del médico Narciso Mallea (1911) y el Hotel Sudamericano (1909), entre tantas.

Egresado en 1916 con medalla de oro, Adalberto instaló su estudio en Bahía Blanca, donde rápidamente comenzó a desarrollar su labor profesional. Suyo es el diseño del chalet ocupado entre 1921 y 1949 por la Sociedad Sportiva, en la avenida Alem y San Juan (luego sede del club Universitario). También el diario La Nueva Provincia (Sarmiento 64, 1926-1929) y la actual sede de la CGT bahiense, diseñado para servir como sede social de la Sociedad Italia Unita, en Mitre y Rodríguez (1929).

En medio de una gran variedad de estilos –pintoresquista, eclécticos–, en 1930 sorprendió con el diseño de su casa-estudio de Mitre e Yrigoyen, siempre en Bahía Blanca, una verdadera joya art déco, con un imponente tratamiento de esquina, a pura geometría y materiales como el granito y el hierro.

Repitió ese estilo en el frente del salón de ventas de la Mueblería Española, de José y Pedro Taberner, en calle San Martín 445 (hoy devenido en cocheras), que lleva en el remate de su fachada un maravilloso medallón con el nombre de la empresa.

Esas construcciones art déco fueron sus últimos trabajos en la ciudad, antes de aceptar la propuesta del presidente Justo para asumir la gobernación del Territorio Nacional de Río Negro e instalarse con su familia en la ciudad de Viedma.

Salamone/Pagano

A Francisco Salamone y Adalberto Pagano los emparenta una obra caracterizada por ubicarse en pequeñas localidades perdidas en la llanura. Los asemeja el título de ingeniero, Salamone egresado de la Universidad de Córdoba en 1917, Pagano de la de Buenos Aires en 1916. Ambos desarrollaron su obra en la década de 1930 y murieron con diferencia de meses, en agosto de 1959 Salamone, en enero de 1960 Pagano.

Bahía Blanca, donde Pagano dejó gran parte de su obra particular, los une en una única circunstancia: la mujer de Salamone, Adolfina Croft, era nativa de esta ciudad.

La obra en el sur

No hay localidad de Río Negro que no tenga una obra realizada bajo la administración Pagano, sobre todo en la década de 1930, como parte de una respuesta a las muchas necesidades de la región. En la plaza de El Bolsón hay un busto en su memoria y varias plazas y escuelas llevan su nombre.

El periodista e historiador Carlos Espinosa, radicado en Viedma, desarrolla desde hace años una sentida tarea de divulgación para que los edificios realizados durante su gestión sean reconocidos y, a partir de ese hecho, valorados y mantenidos.

“Las comisarías de Pagano son aún hoy, a casi 80 años de su construcción, maravillosos mojones del progreso. Sorprenden los detalles de la calidad de la carpintería, los pisos de parquet, los sistemas de calefacción que dotaban a esas dependencias de un confort extraordinario para la época”, escribió. Incluso detalles como disponer de calefacción central y tener el baño dentro del edificio eran recursos que ni los más pudientes disponían. Espinosa hace, además, referencia a que Pagano asumía la inspección de las obras, seguía la marcha de los trabajos y se preocupaba por todos los detalles.

Además de las comisarías, Pagano dotó a las familias de los policías de viviendas confortables. También hizo levantar pequeños hospitales rurales, como los de Ingeniero Jacobacci y Valcheta. Construyó el hospital de Viedma, llamado en sus orígenes Francisco de Viedma y después como Artémides Zatti.

Pagano se retiró de la política en 1958, luego de participar en la primera elección de un gobernador para la ya declarada provincia de Río Negro, en la cual obtuvo apenas el 4,4% de los votos. Dedicado a tareas rurales en sus campos, sufrió a fines de 1959 un accidente automovilístico en la ruta 3, cerca de Viedma. Derivado a Buenos Aires para un mejor tratamiento, una inesperada complicación cardíaca puso fin a su vida, el primer día de 1960.

En 2004, Olga Pagano, hija del ex gobernador, publicó “Adalberto T. Pagano, una pasión rionegrina”, que marcó el inicio del rescate de su figura y personalidad.

En 2005 la Legislatura de Río Negro sancionó la ley que categoriza como “monumentos histórico culturales” a todas las obras realizadas durante su gestión, en un paso administrativo importante pero claramente insuficiente.

La escuela de Oscar Pagano, otro destino

En 1927 Nicolás Pagano, padre de Adalberto, decidió construir y donar una escuela al pueblo de Picerno, en la provincia de Potenza, Italia, su lugar de nacimiento. Lo hizo como un reconocimiento a su ciudad natal pero, sobre todo, en homenaje a la memoria de su hijo Oscar, fallecido unos años antes, con apenas 20 años de edad.

La única condición puesta por Nicolás fue que el inmueble fuera dedicado de manera “perpetua” a la educación y siempre honrando el nombre de Oscar. La obra, “elegante y sólida”, fue construida por la empresa del ingeniero Colagrandi y la administración del municipio.

La inauguración fue una verdadera fiesta en este pueblo de entonces 3.500 habitantes, con la presencia de las principales autoridades, además de un sentido telegrama enviado por Benito Mussolini, principal autoridad del país.

Nicolás Pagano, presente en la ceremonia, destacó su deseo de que el lugar sirviera para que las generaciones futuras “crezcan sanas, física y moralmente, con un sentimiento noble y elevado”.

La Scuola Elementare Oscar Pagano sigue existiendo, ubicada en la Vía I Maggio, funcionando como escuela pública, debidamente cuidada, mantenida y preservada.

La normativa previó la realización de un inventario detallado de esos edificios, así como un relevamiento fotográfico documental de los mismos, previo a la colocación de carteles informativos en esas construcciones. Poco y nada de eso se ha cumplido.

En esa ocasión se conoció un primer listado de obras construidas entre 1932 y 1940, por caso en Mencué (1935), Pilcaniyeu (1936); Luis Beltrán (1937); San Javier (1937); Cubanea (1937); Pomona (1937); Comallo (1937); Aguada Cecilio (1937); Clemente Onelli (1937); Cañadón Chileno (1937); Los Repollos (1937); Sierra Colorada (1937); Ramos Mexía (1937); El Bolsón (1937); Valcheta (1937) y Ñorquinco (1940).

Detalles y final

Espinosa refiere, como habitante de la provincia rionegrina, que la mayoría de la obra realizada por Pagano se encuentra abandonada o en preocupantes condiciones. “La comisaría de Valcheta es la más cuidada y la de Cubanea es como un obelisco en el desierto. Es un pueblo que desapareció y allí, junto a la ruta, se levanta ese caserón sombrío, rodeado de arboleda exótica (tiene palmeras en el frente) habitado por un agente solitario. La de Aguada Cecilio (un paraje entre San Antonio y Valcheta) corresponde al estilo ‘cordillerano’, en plena meseta a más de 500 kilómetros de los Andes”, detalla.

La comisaría de Valcheta, por su parte, carga con una historia de fantasmas.

El edificio de dos plantas cuenta con un mirador, donde el policía de guardia escuchaba y respondía los silbatos del personal que estaba de ronda.

Viejos empleados policiales refieren hechos misteriosos en el inmueble, sobre todo cuando se cortaba la luz que generaba la usina. Decían que las máquinas de escribir andaban solas, que alguien caminaba por los calabozos, que se sentían voces. Cuando recorrían las instalaciones no había nadie; sin embargo, a sus espaldas, las puertas se cerraban solas.

Más allá de mitos e historias, los edificios son reales y valiosos. Cuentan, como toda obra de arquitectura, una historia escrita en piedra. Una historia que merece escucharse y ser valorada como testimonio de una época y un esfuerzo.


Home | Costos | Blog | Ediciones Anteriores