Enero - Febrero 2020 - Año XXX
Al borde de la línea

Amancio Williams el hombre de los paraguas invertidos

por Ing. Mario R. Minervino

“Es cierto, son proyectos no construidos, pero todos, absolutamente todos, han dejado una enseñanza, una huella mucho más profunda que millares de obras construidas”. Amancio Williams, 1981.

Pocos arquitectos de nuestro país han alcanzado el renombre de Amancio Williams, nacido en 1913 y fallecido en 1989. Renombre que se debe en gran medida a la vivienda que diseñó para su padre, el músico Alberto Williams, y por haber llevado adelante la única vivienda diseñada por Le Corbusier en América. La Casa del Puente, en Mar del Plata, y la Casa Curutchet en La Plata, respectivamente, son los trabajos que en parte sostienen su prestigio, al menos a la hora de mostrar obras ejecutadas.

Pero su legado tiene mucho más de proyectos nunca construidos que de obras materializadas. El libro que repasa su vida, publicado por la revista Summa+ en 2008, o el incluido en la colección de “Maestros de la Arquitectura Argentina” de Roberto Fernández, contienen más ilustraciones de propuestas e ideas que de trabajos materializados.

Entre las propuestas teóricas desarrolladas por Williams hay una que lo identifica de manera definitiva: la cubiertas de cáscaras de hormigón, los “paraguas invertidos” que tanto promocionó el arquitecto Félix Candela, los que por nuestra región construyó el ingeniero Néstor Distéfano, y que por su audacia constructiva y estética entusiasmaron a los profesionales de la arquitectura y la ingeniería en las décadas de 1950 y 1960. Williams los imaginó en lo alto, como una cubierta aislada del edificio, láminas pegadas unas a otras.

Lo que sigue es un repaso de algunas de esas propuestas y también la construcción de una de esas ideas en una localidad vecina a Bahía Blanca, de la cual, como parte de un trágico destino, sólo quedan algunas fotos y postales.

Las bóvedas altas

Los primeros planteos de Williams con bóvedas tipo paraguas datan de 1939. Su idea era poder generar una continuidad superficial a partir de varias de estas membranas de doble curvatura –paraboloides hiperbólicos— para que conformaran una cubierta. Una suerte de “sobretecho”, independiente del edificio al cual cubrían y al que, de alguna forma, protegían.

Esta singular idea apareció en escena con el encargo que Williams recibió a mediados de la década de 1940 para construir hospitales en Curuzú Cuatiá, Mburucuyá y Esquina, Corrientes, por encargo del Ministerio de Salud de la Nación.

Williams visitó esa provincia en 1948, un lugar de clima subtropical, caluroso y húmedo, con fuerte incidencia del sol. Un paisaje donde se imponían las construcciones con galerías para controlar el impacto del sol, tanto en patios interiores como en las veredas. De esa visión surgió la idea de proteger al hospital mediante un techo alto, independiente, conformado por una sucesión de bóvedas.

El componente individual de esa cobertura es un cuadrado de hormigón, de doble curvatura y apenas 5 centímetros de espesor, sostenido por una única columna de fuste circular. Al acoplarse uno con otra se genera una lámina continua, a la que se le pueden quitar módulos para dar paso a la luz natural donde se necesite. Este “cielo protector” sobrevolaba los hospitales, como una gran sombra que mejoraba las condiciones ambientales y el confort.

La ondulación de las formas acopladas producía un efecto de ligereza y dinamismo inusual para una estructura de tal tamaño.

Cada diseño se analizó mediante los estudios de asoleamiento, de los cuales surgía la relación del perímetro y las alturas, creando una suerte de “bosque artificial”.

Se plateaba así una obra con dos techos: el alto, formado por las bóvedas, y el bajo, del edificio, también de hormigón armado que, al estar protegido por los paraboloides, permitía el ingreso cenital de luz natural. Entre ambas cubiertas se generaba un microclima.

Ninguno de estos hospitales fue construido, pero los dibujos y planos manifiestan de manera clara la original idea que luego Williams ensayaría en varios de sus trabajos, ninguno de ellos llevados a la realidad, a excepción de un par de paraguas construidos para un pabellón de vida efímera.

Entre estaciones y escuelas

La propuesta de generar una cubierta de bóvedas en altura volvió a repetirla en el proyecto para una estación de servicio en Avellaneda, diseñado en 1955, nunca construido. Un lugar que trabajaba con camiones, a la intemperie, con lo cual las cáscaras formaban su única protección.

Repitió esa resolución en el proyecto para una Escuela Industrial en Olavarría, en 1960, la cual sería parte de un importante centro tecnológico. El techo elevado proporcionaría sombra en pasillos y patios y mejoraba las condiciones a las que estaba expuesta la cubierta del edificio, la cual se planteó translúcida.

Por último, realizó un proyecto similar para una casa en Punta del Este, en Uruguay, para la familia Di Tella. Para eso disponía de un terreno de seis hectáreas, entre el mar y una laguna. Cuando el diseño estaba avanzado los Di Tella cambiaron su destino, pasando de vivienda a centro de investigación y albergue de una colección de arte. La idea final consistió en varios grupos de salas y galerías, agrupados bajo el techo alto de bóvedas. De nuevo la idea quedaba en los papeles y, una vez más, no pasaría de ese sustento.

“Sobre una loma abierta, el edificio ofrece el espectáculo de sus bóvedas en el espacio, del juego de sus formas contra el mar, el cielo y el campo uruguayo. Bajo ellas, en espacios con elementos arquitectónicos muy simples, se ubican las obras de arte. El edificio se construye con elementos de hormigón prefabricados, techos metálicos livianos y grandes cristales”, explicó Amancio Williams sobre su proyecto.

De santuarios y countries

El Santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Pilar, proyectado en 1967, retoma la idea de una gran superficie cubierta por bóvedas en lo alto, destinadas a proteger a las muchedumbres que concurren a las peregrinaciones.

Rodeado por un fondo curvo metálico y cubierto por un techo suspendido, se configura una pequeña capilla en donde está el altar. Una gran cruz metálica domina el conjunto sobre una loma que se destaca en el horizonte.

Otra obra emblemática fue el proyecto para el Country del Club Sirio Libanés de Pergamino, en 1968. Incluía un edificio principal, terrazas a nivel del terreno y la piscina. La convivencia de las dependencias de servicio en lo bajo, el agua a nivel de suelo y los altos paraboloides generaban un contrapunto maravilloso.

Un proyecto que se transformó en obra

En el Pabellón de Exposición encargado a Williams por la cerealera Bunge y Born para emplazar en la Sociedad Rural de Palermo, en 1966, Williams pudo finalmente construir sus bóvedas, aisladas y con otro pensamiento, pero capaces de generar un espacio virtual y un impacto en todos los visitantes. Debajo se realizó una estructura de gran unidad, sin columnas ni vigas, donde todo es forma y a la vez estructura. Pese a su esfuerzo para que no fueran demolidas, al término de la exposición marcó el final de la obra.

En 1963, Amancio diseñó un monumento en memoria de su padre Alberto (1862-1952), en ocasión de cumplirse cien años de su nacimiento y diez de su muerte. Sería construido en un parque en Buenos Aires y se organizaba con dos bóvedas en lo alto, un piso de mármol a 33 centímetros sobre el suelo, cuatro veredas angostas, también de mármol, más algunos espejos de agua y bancos. “Todo el juego resulta del espacio vacío entre las dos bóvedas y las superficies de mármol”, se explica en la web. Las bóvedas no se tocan: sus esquinas permanecen apenas separadas creando, vistas desde abajo, un punto de tensión. El espectáculo de las bóvedas cambia con los distintos puntos de vista.

Lo particular de este proyecto (no construido) es que sirvió de base para el monumento que comenzó a idearse en 1996 para el propio Amancio. El mismo se realizó en 1999 en el Paseo de la Costa de la Municipalidad de Vicente López, frente al Río de la Plata, “en homenaje -se explicó- a una de las figuras sobresalientes de las artes y la cultura argentina del último siglo”.

Se trata de una suerte de fusión del pabellón de Bunge & Born y el Monumento a Alberto Williams, en el cual entrelazan escalas, equipamiento, distancias y juego de alturas. Frente al río, como dos faros cubiertos, los paraboloides rinden finalmente justicia y honor a su creador.

Los vestuarios de Epecuén

Epecuén es una localidad bonaerense que ya no existe. Era un pueblo vecino a Carhué, en la provincia de Buenos Aires, hoy reducido a ruinas y escombros luego de que en 1985 la laguna que le da nombre lo sepultara bajo sus aguas. Cuando años más tarde el agua se comenzó a retirar, las ruinas de la Villa reaparecieron con un aspecto fantasmal.

En esa localidad se construyó, a fines de la década de 1960, un complejo de piscina, vestuarios y salas de auxilios, inspirados en la propuesta de Williams de la cubierta de bóvedas elevadas, un poco como la vivienda de Punta del Este, en gran parte para el country del club Sirio Libanés. El proyecto se impuso en el concurso organizado al efecto, con la propuesta del estudio que formaban el arquitecto Horacio Scabuzzo y los ingenieros civiles Rubén Rábano y Luis Sensini.

La cubierta elevada de los baños estaba formada por 42 estructuras independientes, paraboloides hiperbólicos tipo sombrilla, de hormigón, cada uno de 23 m2, y cuyo conjunto constituía, al decir de sus autores, “un elemento estético fundamental, imitando un arbolado”. El propio Scabuzzo mencionó que las obras de Amancio Williams fueron inspiradoras de su propuesta.

Los paraboloides eran repetibles y permitían pensar en una simple extensión de la cubierta. Su espesor era de 5 centímetros y para su ejecución bastaron dos moldes de madera y chapa.

Las columnas terminaban a 3,60 metros del piso y el borde superior de cada bóveda a 4,50 metros.

Cuando el agua arrasó con la villa, también arrastró esta construcción. Los paraboloides pueden verse hoy dispersos, apoyados en el suelo, a la vista en tiempos de sequía, otra vez bajo el agua cuando la laguna vuelve a ganar las calles del lugar.

Un día de paseo en Santa Fe

En 2008, el gobierno de Santa Fe decidió recuperar un viejo molino harinero para reconvertirlo en una “fábrica cultural”.

El Molino Franchino se intervino con un fuerte espíritu de preservación, por el significado histórico de sus edificios y su valor constructivo y espacial.

El galpón ladrillero casi ni se tocó: se respetó su esencia, lugares y materiales. Un segundo edificio de hormigón también se recuperó. Entre ellos quedó una calle, y en ese lugar los autores del trabajo decidieron generar la mítica cubierta de paraguas en lo alto, la esencia misma de la creatividad de Williams.

El conjunto molinero-cultural es una maravilla del diseño, la construcción y la memoria.


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