Noviembre 2018 - Año XXVII
Al borde de la línea

Mitos, historias y polémicas de un portal que identifica a Bahía Blanca

por Ing. Mario Minervino

“La portada ha sido proyectada por el propio comisionado municipal, ingeniero Jorge Aguilar. Está inspirada en la arquitectura colonial. Se trata de un portalón concebido dentro de un estilo elegante, de líneas severas, que tienden a realzar la belleza del conjunto. Será, desde luego, un bello motivo de ornato.”

No se puede hacer mucho contra las leyendas urbanas. Se sostienen en el tiempo, se renuevan, cambian sus ropas y hasta modifican sus modos, pero superan sin demasiado esfuerzo cualquier intento probatorio de su falsedad o inexistencia. Persisten.

Varias versiones y leyendas rodean a una obra que podría ser definida de “menor”, si no fuera por el lugar que se ganó en la memoria y reconocimiento de la gente, en particular de los habitantes de Bahía Blanca. Se trata del portal de acceso al Parque de Mayo, principal paseo público de la ciudad. Una construcción aislada, un pedazo de muro con aberturas, una suerte de arco de triunfo, un fragmento de fachada barroca.

Con 76 años de existencia, sito a pocos metros del complejo de la Universidad Nacional del Sur, se ha convertido en hito y referencia de la avenida Alem, una de las más tradicionales de la ciudad.

Sin embargo, en su sencillez constructiva y en su ejecución hubo componentes de todo tipo. Críticas a su diseño, cuestionamientos a su contratación y costo, alguna muerte indebida y hasta un posible plagio.

Su mentor y proyectista, el ingeniero civil Jorge Aguilar, especialista en obras viales, renunció a su cargo de comisionado municipal a los pocos días de autorizar la obra.

Una visita, un detalle

Aguilar recorrió el Parque de Mayo en abril de 1942, para supervisar las tareas de embellecimiento que se llevaban adelante en el paseo: el novedoso macadam en sus calles, el arreglo de canteros, el diseño del rosedal, la construcción de pérgolas y la plantación de árboles. Fue en esa visita que detectó un detalle no menor: que el paseo “carecía de portalón”, que “no tenía fachada”. Apenas una elemental tranquera de madera hacía las veces de punto de ingreso por la calle diagonal, desde Alem hacia el monumento a los fundadores.

Aguilar regresó al palacio comunal y en pocas horas diseñó “una portada monumental”, la que dio a conocer mediante un dibujo con su firma a través de algunos de los diarios de la época. Sin licitación ni presupuesto oficial, obreros comunales pusieron manos a la excavación para los cimientos. En esa etapa de obra, Aguilar renunció a su cargo para iniciar su campaña como candidato a intendente por el partido Demócrata Nacional.

Cuestión de estilo

Para Aguilar, su propuesta era de una motivación “serena, bella y austera”, y se impondría con su altura de 12 metros. Lejos de ser celebrada la iniciativa, de inmediato se escucharon las primeras voces cuestionando la obra, su estilo y las formas de materialización.

Por caso, en la municipalidad funcionaba una Comisión de Estética Edilicia, encargada de asesorar al municipio en toda obra relacionada con el espacio público.

El ingeniero Manuel Vallés y los arquitectos Enrique Cabré Moré, Manuel Mayer Méndez y Raúl Costa Varsi integraban esa comisión. Para el caso del portal no fueron siquiera informados. Mayer Méndez, que diseñó el barrio parque Palihue, el estadio de básquet del club Estudiantes y el rectorado de la UNS en avenida Colón 80, señaló que se trató de “una arbitrariedad y flagrante contravención con las ordenanzas vigentes”. Costa Varsi, que proyectó las Galerías Plaza y el edificio de La Comercialina, aseguró que la comisión “difícilmente hubiese aprobado el proyecto”.

Lo cierto es que todos y cada uno de los miembros renunciaron. Unos meses después, con el portal ya terminado, el departamento ejecutivo convocó a integrar una nueva Comisión de Estética, con el objetivo de someter a examen “a todo proyecto de edificación privada con frente a la vía pública”.

La obra de todos, el portal de nadie

El portal no tuvo, en principio, una empresa constructora. Pese a que son varias las versiones, sobre todo en memoria de familiares de algunos constructores de la época, sobre supuestos responsables del trabajo.

Uno de los pocos documentos oficiales que da cuenta de quienes participaron de la construcción es el boletín municipal, que reconoce y destaca el trabajo realizado en la obra durante marzo y abril por “personal obrero municipal”. Allí se nombra a: Juan Servidio, Mateo Ferronato, Máximo Pelizari, Juan Ferrandi, Francisco Martorelli, Jacobo Metzger, Pedro Argüello, Juan Cortezi, Elpidio Fidani, Juan Guagliardi, Pedro Zengarini, Raúl Servidio y Faustino Acosta.

Una curiosidad: al menos Juan Servidio y Francisco Martorelli eran reconocidos constructores. Muchas viviendas de nuestra ciudad tienen grabados sus nombres en sus fachadas.

Las dudas persisten. ¿Hubo obreros municipales sólo en la obra gruesa? ¿Contratistas de mano de obra calificada en las terminaciones? ¿Un cementista? Si bien para fines de 1942 el portal estaba terminado, no hubo inauguración ni fuegos artificiales, pese a que para entonces Aguilar había sido electo Intendente Municipal.

¿De Brandsen a Bahía Blanca?

Veamos ahora el diseño del portal, de estilo neocolonial. En la década de 1940 hubo en el país un interesante debate buscando un “estilo nacional” de arquitectura.

A contrapelo del movimiento moderno que impulsaban los grandes maestros en Europa, por estos lares se pensó a la arquitectura desarrollada en la época de la colonia como la más representativa y autóctona. Por eso la fuerte corriente “neocolonial” tuvo en nuestra ciudad numerosos ejemplos, como las delegaciones municipales de Gral. Daniel Cerri, Las Villas, Punta Alta y Cabildo, decenas de viviendas unifamiliares y el portal en cuestión.

Ahora, resultó llamativa la rapidez con la que Aguilar elaboró su proyecto. Pero más curioso es la similitud que guarda con el portal de acceso a la estancia La Elvira, ubicada en la localidad de Brandsen, a pocos kilómetros de La Plata, y cuya fotografía fue publicada en la Revista de Arquitectura de 1931, 11 años antes que el diseñado para nuestro parque, y el cual todavía se mantiene de pie.

¿Es posible que Aguilar tuviese acceso a esa Revista? Claro. Porque tenía una relación familiar con el ingeniero Elio Caporossi, director de Obras Públicas del municipio, que estaba suscripto a ese tipo de publicaciones.

La similitud entre los portales es evidente, en detalles como las columnas apareadas y superpuestas, la ubicación del farol, su remate, los laterales, las volutas. El acceso a La Elvira es de 1931, el del parque de 1942. Es difícil ignorar su similitud.

Palabra del hijo

El arquitecto Luis Caporossi es un apasionado por el urbanismo y admirador de la obra de su padre, Elio, y de su tío político, Jorge Aguilar. A partir de esta nota, ha escrito estas reflexiones, de carácter urbano e histórico:

“El Parque está unido desde mi primera infancia a recuerdos que involucran a mi padre y a mi tío. Mi tío fallece en 1961 y mi padre en 2004. De ambos conservo múltiples recuerdos de sus visiones. A ambos los vinculaba una visión común sobre el rol estratégico del espacio y el sistema público en el desarrollo urbano”, señaló, consultado sobre la obra.

“Contrastando con las visiones convencionales atrapadas por la centralidad de la plaza Rivadavia, la gestión de la Secretaría de Obras Públicas se estructuró en operar por fuera de los bordes urbanamente consolidados. Entre estos proyectos se destacó la recuperación, como Parque Público de la fallida propuesta del Barrio Adornado.

Hacia 1945, Alem “terminaba” en Caronti. En ese contexto, la recuperación del parque constituyó una estrategia para el desarrollo de una todavía inexistente avenida.

El Portal preanuncia el Parque y dialoga con la Fachada del Teatro Municipal (1913), dando escala peatonal a Alem como paseo.

Su emplazamiento sesgado con relación a la traza de la avenida permite que guarde relación tanto con el vacío del paseo como con el lleno del Teatro. Para mi padre, el portal reformulaba un corredor continuo, dándole identidad y sentido público como paseo peatonal preferencial.”

Una entrada, ¿la entrada?

El parque Municipal original (bautizado de Mayo en 1910) era una parte –el 20%- de la superficie total del proyectado “Barrio Adornado”, de 1906. Fue donado a la municipalidad por los propietarios de las tierras a cambio de que éstos tomaran a cargo la apertura de calles, el perfilado de los terrenos y otros trabajos.

Ahora, ¿Tenía el barrio una única entrada? De ninguna manera. Contaba con al menos dos accesos con calles diagonales, en Alem y Córdoba y en Alem y Florida.

Entre estos accesos existían otras tres calles de ingreso, uno de ellos en el otro extremo, una diagonal desde Florida, a la altura de las instalaciones del ejército.

El barrio se integraba, con sus calles irregulares, a la trama urbana de una ciudad que comenzaba a crecer hacia un sector hasta entonces ignorado.

El portal, ejecutado en 1942, definió uno de esos accesos y lo convirtió, Alem de por medio, en el más importante.

Recién en 2011, la oficina de planeamiento municipal prestó atención a los olvidados otros accesos y planteó la idea de construir un segundo portal, en Florida y Alem.

Presentó un diseño formado por tres puertas, en distintos planos y alturas. “La figura es una, cuando se mira desde lejos, pero su percepción cambia a medida que uno se acerca. Se trata de una propuesta dinámica, que se modifica de acuerdo con la ubicación del observador”, se explicó.

El proyecto buscó aportar “una imagen contemporánea y plástica”, sin renunciar a componentes clásicos. “Los portales son para siempre”, se sintetizó.

La propuesta no pasó de unos pocos dibujos. Nunca se materializó.

Acaso la leyenda más curiosa que rodea la obra es la que asegura que su constructor (si es que lo hubo) murió luego de chocar con su vehículo contra el propio portal que había levantado con sus manos.

La historia es atrapante: haber construido el muro contra el cual terminó su vida. Algunos descendientes de los obreros que participaron de la obra aseguran que esa muerte fue un suicidio y se verificó en plena construcción del portal.

No hay registro alguno de que eso haya ocurrido. En 1942 los casos policiales tenían un espacio destacado en los diarios y se publicaban hechos tan simples como el de un niño que se hizo un corte con una lata, un hombre que se cayó del caballo o un ciclista accidentado.

De ninguna manera un accidente fatal de esas características hubiese sido ignorado.

Sin embargo aquí está la cuestión. Ese accidente fatal contra el portal ocurrió, pero 18 años después. Fue la mañana del 15 de noviembre de 1960, cuando Adolfo Armando Scilingo, de profesión constructor, conduciendo su moto Siambretta en dirección a la avenida Alem perdió el control de la misma y chocó con el portal, pereciendo en el instante.

Scilingo tenía 49 años y era vicepresidente de la Cámara de la Construcción de Bahía Blanca. Hasta hoy, su familia intenta verificar si su padre participó de la obra del portal, aunque ningún documento lo menciona.

Su única relación con esa obra es Juan Servidio, uno de los obreros municipales mencionados como participantes de la obra, que era tío de Scilingo.

Héctor Spinelli, vecino bahiense, recuerda aquel accidente de hace 58 años:

“Scilingo era el padre de un amigo. Nunca se supo lo que sucedió. Iba saliendo del parque y se estrelló contra la parte derecha de la arcada. No hubo testigos. Se lo encontró ya fallecido. Se cree que tuvo alguna falla en la motoneta y se dio vuelta para intentar resolverla sin darle tiempo a evitar el golpe mortal. Una desgracia”.

Un detalle difícil de obviar: uno de los hijos del Scilingo, Adolfo Francisco, es hoy conocido como protagonista de los denominados “vuelos de la muerte”, cuando siendo oficial de la marina de guerra arrojaba al mar detenidos por la dictadura establecida entre 1976 y 1983. Scilingo fue condenado a 1084 años de prisión por delitos de lesa humanidad, condena de cumple en España.


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