El sitio de la construcción del sur argentino

Enero/Febrero 2017 - Año XXVII
Al Borde de la línea
Pruitt-Igoe

El barrio que hizo temblar al movimiento moderno

por Ing. Mario R. Minervino

Jorge Luis Borges aseguraba (lo había escuchado en boca de Leopoldo Lugones) que “las afirmaciones categóricas no son caminos de convicción, sino de polémica”. Esta aseveración se verifica en los dichos del arquitecto e historiador Charles Jencks, uno de los autores más leídos en relación al Movimiento Moderno y al posmodernismo.

En el primer capítulo de su libro "La muerte de la arquitectura moderna" (1977), Jencks aseguró que la modernidad en la arquitectura “terminó en 1972”, en el preciso momento en que se demolió el conjunto de viviendas Pruitt-Igoe de St. Louis (Missouri). A partir de esa aseveración, estableció una discusión que no termina de agotarse y que, por el contrario, se enriquece en el tiempo.

La fecha en el mármol

“La arquitectura moderna murió el 15 de julio de 1972, a las 3:32 pm”,
escribió Jencks.

Ese fue el momento en que una precisa y letal implosión redujo a escombros los primeros dos edificios del Pruitt-Igoe de St. Louis, en los Estados Unidos, inaugurado en 1955, un conjunto de 33 edificios de once plantas cada uno, distribuidos en 23 hectáreas, con un total de 2870 departamentos, construido para dar viviendas sociales a familias de bajos recursos.

La obra fue el resultado de una preocupante situación urbana que atravesaba la ciudad, en la década del ‘40. De a poco, la clase media abandonaba el centro para ocupar nuevas viviendas en los suburbios, dejando sus antiguas residencias en mano de familias de bajos recursos. El centro sufría así una preocupante devaluación de sus propiedades y un cambio total de su composición, en una época en que la segregación racial generaba severos conflictos.

Por otra parte, se seguían generando viviendas de bajísima calidad, donde vivían unas 33 mil familias que utilizaban los baños comunales.

Considerando esa realidad fue que en 1947 los técnicos comunales responsables de la planificación analizaron una serie de acciones tendientes a modificar ese escenario, de acuerdo a pautas razonables y favorables para un crecimiento urbano sustentable, entre ellas la construcción de barrios de viviendas sociales.

Para el trazado de uno de esos conjuntos se contrató al arquitecto Minoru Yamasaki (1912-1986), quien planteó un conjunto de edificios de distintas alturas, los cuales, por una cuestión presupuestaria, finalmente quedaron igualados en inmuebles de once plantas.

En su planteo el arquitecto siguió los principios impulsados por el movimiento moderno para las cuestiones urbanas, desarrollados en los Congresos Internacionales de Arqui-tectura Moderna -los míticos CIAM-, tomando como modelo las unidades habitacionales diseñadas por Le Corbusier en distintas ciudades de Europa.

Los colores

Ese fue el origen del complejo bautizado Pruitt-Igoe, por Wendell Pruitt, piloto afroamericano nacido en St. Louis que participó de la Segunda Guerra Mundial, y por William Igoe, ex congresista. Una decisión inicial dio cuenta de los tiempos de los cuales se ubica la obra: el sector Pruitt era para residentes negros, el Igoe para blancos.

Todo parecía encaminado para que el lugar se convirtiese en un ejemplo de respuesta social y habitacional para la ciudad de posguerra. Una revista de la época, Architectural Forum, alabó el proyecto y lo consideró “el mejor conjunto de apartamentos del año”.

Esa mención de la revista fue señalada durante mucho tiempo como un premio otorgado por alguna institución internacional, y se la usó para fustigar más aún al movimiento moderno cuando comenzaron a arreciar las críticas en su contra.

Los detalles

Los departamentos del Pruitt-Igoe eran “extremadamente pequeños”, con un mínimo equipamiento de cocina. Los ascensores eran del tipo skip-stop, sólo se detenían en algunos pisos (primero, cuarto, séptimo y décimo), con la idea de que se utilizaran las escaleras y no congestionar los ascensores.

Las plantas disponían de espacios comunes, sectores de lavandería, salas y conductos para la basura. Todo acorde a los postulados del modernismo. Sin embargo, las cosas no funcionaron como se pensaba.

Los huecos de las escaleras y los varios corredores –con una circulación constante de personas– se hicieron especiales para los robos, la ventilación de los edificios era casi nula y varias modificaciones al proyecto original afectaron la calidad de las unidades. Ésto debido a que los precios se elevaron por salarios inflados por presión de los sindicatos, compensándose con “economías de obra”.

Un año después de su inauguración, un cambio político modificó aún más las cosas: la corte de Misuri eliminó todo tipo de segregación racial y casi la totalidad de los edificios pasaron a ser ocupados por inquilinos negros, al tiempo que los blancos decidieron dejar el lugar. Si bien los porcentajes son variables de acuerdo a las fuentes consultadas, se asegura que la ocupación de Pruitt-Igoe nunca superó el 60%.

A finales de los ‘60 el complejo estaba en un calamitoso estado de abandono y deterioro, al tiempo de que comenzaba una estigmatización del lugar, calificado como “un foco de decadencia, inseguridad y crimen”. En 1971 apenas 600 vecinos ocupaban 17 de los 33 edificios. Todos habían dejado de pagar los alquileres, lo cual complicaba más aún la situación del lugar.

El Departamento Federal de Vivienda de St. Louis asumió que el lugar se había vuelto insalubre y una amenaza, ante lo cual comenzó una campaña tratando de que todos los habitantes comenzaran a desalojar el lugar. La primera alternativa considerada era disminuir la cantidad de edificios. Lo cierto (lo único cierto) es que el 16 de marzo de 1972, en una implosión controlada, se derribó el primero de los 33 edificios. A los 37 días cayó el segundo. Fue el inicio de una secuencia de demoliciones que demandó tres años de trabajo. En 1976 el lugar era nuevamente un descampado y Pruitt-Igoe pasó a los libros como símbolo del fracaso de los ideales del Movimiento Moderno.

Las causas

Más allá de la aseveración de Jencks, el Movimiento Moderno nunca murió. Los estudiosos coinciden hoy en señalar que el fracaso de Pruitt-Igoe no fue puramente arquitectónico. En su final intervinieron factores sociales de alta complejidad, problemas raciales y hasta una politizada oposición a los planes de viviendas sociales. Su historia, aseveran, se encuentra llena de “malentendidos y conceptos erróneos”, de esos que cuesta revertir o son asumidos como verdades, sin analizar en detalle la cuestión. El complejo fue utilizado, además, para atacar al movimiento moderno, con una avanzada del posmodernismo, acusado de “oponerse (con sus ideas) al mundo real y al desarrollo social”. Ya no estaban tampoco los grandes maestros de ese Movimiento. Le Corbusier había muerto en 1965, Mies van de Rohe y Walter Gropius en 1969. La avanzada de una nueva camada de arquitectos –Aldo Rossi, Charles Moore, Robert Venturi– planteaban nuevas ideas arquitectónicas y urbanas. En ese contexto, el derribo de Pruitt-Igoe fue el símbolo que se necesitaba. Los ‘70 se alejaban de la concepción racionalista y purista del diseño industrial y se abría paso, según menciona Josep María Montaner, “un universo intelectual de pluralismo y discontinuidad”.

Plataforma Arquitectura, uno de los portales de arquitectura más visitados, señala al Pruitt-Igoe como "el infierno en la tierra", de acuerdo al decir de un ocupante; lo menciona como “el fracaso más notorio en la historia de la vivienda pública” y mencionan la tendencia maliciosa de “los críticos contemporáneos” al comparar el complejo con una prisión, responsable de causar “problemas de salud mental a sus residentes”.

Hubo otros complejos similares construidos en la misma época en St. Louis, los cuales funcionaron y siguen existiendo sin mayores inconvenientes. Pruitt-Igoe fue una obra inadecuada para un tiempo singular y un momento especial. El Movimiento Moderno, más allá de las críticas y cuestionamientos que tuvo en esos años, como corresponde a cualquier propuesta de arquitectura y urbanismo, lejos estuvo de morir con esa demolición. Sus preceptos, ideas y propuestas siguen vigentes, polémicas y comprometidas.

El lugar

Los terrenos donde se ubicaba Pruitt-Igoe están ocupados hoy por al menos cuatro establecimientos escolares y una extensa y nutrida forestación. Cada tanto aparecen propuestas por volver a ocupar el lugar con complejos habitacionales. Uno de los últimas, de 2013, considera una serie de edificios de pocos pisos, siguiendo la tradición constructiva y estética de la arquitectura de St. Louis, manteniendo vivo el espíritu de una obra que sirvió como punto de inflexión y reflexión para varias generaciones de arquitectos y urbanistas.

Las implosiones de Yamasaki

El arquitecto Minoru Yamasaki tenía 50 años de edad cuando supo que se dinamitaba la que fuera su primera obra importante. No hizo demasiadas reflexiones sobre el hecho, más allá de la pena que sintió por semejante final. No sabía (nunca podía haberlo imaginado) que su segunda obra más importante, las Torres Gemelas del World Trade Center iban a tener un final similar, aunque por causas completamente diferentes. Ambas fueron derribadas por el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones se estrellaron contra su estructura. Minoru, que había muerto en 1986, había explicado unos años antes su voluntad de generar “edificios serenos”, a los que consideraba “muy importantes” para equilibrar “una civilización caótica”.

Fuerte Apache

Nuestro país tuvo su propio Pruitt-Igoe, un complejo de viviendas construido a fines de la década del ‘60 en el Gran Buenos Aires (Ciudadela), durante el gobierno de Juan Carlos Onganía, para mudar a los habitantes de la Villa 31 de Retiro. Se construyeron nueve “nudos”, cada uno compuesto por tres edificios de 10 pisos, es decir, 27 edificios ocupando un terreno de 26 hectáreas.

Los primeros habitantes llegaron en 1973 y al año siguiente bautizaron al complejo con el nombre de “Padre Carlos Mugica”, sacerdote asesinado en 1974. En 1976 el gobierno de Jorge Rafael Videla lo bautizó con el pomposo nombre de “Barrio Ejército de los Andes”, aunque muy pronto la gente lo comenzó a llamar “Fuerte Apache”.

En noviembre de 2000 se demolieron seis edificios. ¿La razón?: Estaban a punto de colapsar estructuralmente. Sus columnas pusieron en evidencia algo que todos advertían: la obra era de una bajísima calidad constructiva. Al hormigón, con poco cemento, se sumaban problemas continuos con las instalaciones, ascensores y escaleras. A ésto se sumó una constante estigmatización: Fuerte Apache era el lugar “más peligroso y delictivo” de la provincia. Ni siquiera lo salva de ese concepto el amor constante, manifiesto y público del futbolista Carlos Tévez, nacido y criado en el barrio.


Home | Costos | Blog | Ediciones Anteriores