El sitio de la construcción del sur argentino

Abril/Mayo 2016 - Año XXVI
Al Borde de la línea

Los aljibes: protagonistas de los tiempos del agua de tortuga

por Ing. Mario R. Minervino

Esta nota, técnica e histórica sobre los primeros recursos de los pobladores por hacerse de reservas de agua, es una excusa además para hablar de una curiosidad que desveló al escritor Jorge Luis Borges y que conformó un particular recurso buscando preservar la calidad del agua para consumo. Entre aljibes y pozos de agua, la presencia de tortugas y sapos como filtros, quietos y eficaces, dueños de parte del tiempo.

La lluvia fue siempre un fenómeno clave para la provisión de agua domiciliaria, en tiempos en que el agua corriente era parte de un servicio todavía inaccesible. De igual modo que por estos tiempos, cuando se habla de aprovechar los recursos naturales se menciona la disposición de instalaciones para juntar ese líquido como si se tratara de una propuesta novedosa, durante varios siglos las viviendas aplicaban ese concepto a través de los aljibes.

Aljibe es una palabra de origen árabe que significa “el foso” o “el pozo”, en referencia a esa cisterna para almacenar agua, a la cual se accedía a través de una abertura.

El modelo tradicional es un recipiente subterráneo, cubierto por una bóveda de cañón, ligeramente apuntada, o en cúpula, hecha de ladrillo. El agua acumulada procede de la lluvia recogida de los tejados o del entorno canalizado hasta él. Suele estar construido con ladrillos, con las paredes internas recubiertas de una mezcla de cal, arena, óxido de hierro, arcilla roja y resina, para impedir filtraciones y evitar la putrefacción del agua.

Tienen, entonces, su parte vital o esencial bajo tierra, escondida. Pocos pueden imaginar el verdadero tamaño del depósito ya que lo único que se aprecia desde el suelo hacia arriba es el brocal, una pared que por seguridad y utilidad rodea el pozo a nivel de superficie, siendo el sitio por donde se extrae el agua. Es habitual que sobre él se instale una polea para subir el recipiente que contenga el agua extraída, la cual cuelga de una viga sostenida por dos parantes. También se le suele colocar una tapa, para evitar que caiga suciedad al interior.

Desde los primitivos brocales de mampostería, este humilde y sencillo antepecho se ha vestido de los más ricos materiales: mármol, bronce, hierro, cerámica, ladrillo o revoque.

Cuestiones (no) menores

“Fuera ríe el jardín, y parece que vibrara hasta el aire, estremecido por la luz que hiere el brocal de mármol del aljibe proverbial en toda quinta porteña; del viejo balde esmaltado de rojo, suspendido como una cesta del arco de hierro calado, desborda una verdadera profusión de geranios en flor”.

Revista Caras y Caretas, 1906

A pesar de lo que pueda creerse, los aljibes no eran para cualquiera. Sólo las casas de los más pudientes podían acometer una obra de esta envergadura, por lo cual es menos habitual encontrar hoy casas con este particular componente. Lo más común para acceder al agua en el siglo XIX era recurrir a las napas o al aguatero.

En Buenos Aires, hacia 1826, existía una única “fuente de agua pública”, un “pozo de balde” –una perforación hasta la napa– situado en la Plaza Mayor, a un costado de la recova.

El agua del aljibe era utilizada para beber y cocinar, mientras que la de pozo de balde, de menor calidad, se utilizaba para el aseo familiar y la limpieza.

El aljibe porteño más lujoso se encontraba en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, y el más importante en la quinta del Parque Lezama.

“El agua se usaba para lavar la ropa, los platos o los patios, pero no se podía tomar: se bebía la que compraban al aguatero, que la traía del río, bastante sucia”, puede leerse en algunas crónicas de la época colonial.

El diccionario de Arquitectura Clarín menciona que en la segunda mitad del siglo XVIII se introdujo la tecnología del aljibe para conservar agua en las viviendas, a partir de la no potabilidad de las napas y lo sucia que resultaba del río. Para eso se construía la cisterna a la cual se conducía el agua de lluvia desde techos, terrazas y patios, mediante cañería de hojalata y albañales.

“Las cisternas eran de planta rectangular o circular, con piso embaldosado y paredes de ladrillo revocados para volverlas impermeables. Su profundidad media era de 5 metros. Los más completos podían contar con escalera para bajar, pozos de sedimentación para el polvo y nichos para colocar velas, mientras se limpiaban. Sobre el agujero central se colocaba un brocal, al igual que en los pozos de balde, de allí que se le diera el mismo nombre a ambos sistemas”, detalla la publicación.

Pozo de balde

“Cuando bajaban el balde Chirriaba el eje reseco. Chirriaba la vieja rueda. Chirriaban todos los fierros, Y al llegar el cubo al agua Era un claro chapoteo. Un enérgico chapuz Y el cubo quedaba lleno. Y al subir todo goteando, El chirriar era un lamento, Y era claro y tintineante el copioso lagrimeo”. Leónidas Barletta

Extraer agua del subsuelo fue una actividad habitual, pero al ser ésta ligeramente salobre no era recomendable para el consumo. El médico José Wilde la describiría, en 1881, diciendo que el agua de los pozos de balde, cuya profundidad variaba de 13 a 18 metros, “es salobre e inútil para casi todos los usos domésticos”. Aún no se sabía que lo peor era la contaminación producida por los deshechos de los pozos ciegos cercanos, lo que produjo tremendas epidemias. Por eso se buscó llegar a la segunda napa. Esas excavaciones eran los llamados “pozos de balde” o “de agua”, que tenían brocales similares a los aljibes, con una estructura de madera o hierro desde donde colgar la roldana para la soga y el balde.

El censo de 1887 en Buenos Aires indicaba que habían 20.787 casas con pozos, 9.019 con aljibes y 8.817 con agua corriente. Para 1904 no había ningún pozo para agua funcionando y en cambio sí lo hacían 800 aljibes. En los inquilinatos (conventillos) aún funcionaban 193 pozos y 23 aljibes, aunque una ordenanza municipal los prohibía desde 1894.

Un mega aljibe y los animales

El denominado Aljibe del Rey es el mayor de los aljibes musulmanes de Granada, España, y data del Siglo XI, con 300.000 litros de capacidad. En la planta baja y alrededor de sus patios se creó el Centro de Interpretación del Agua, que refuerza la oferta turístico-cultural y educativa del lugar, que hoy se puede visitar y recorrer.

El aljibe se alimentaba de un ramal de la acequia y servía para abastecer las dependencias palaciegas y sus huertas. También los aguateros acudían con regularidad así como la población.

Los guías del lugar explican que: “Una de las curiosidades es que en el agua había anguilas, para conservar el agua. Las anguilas se alimentaban de algas e insectos. También nadaban pequeñas tortugas que servían para saber si el agua estaba en buen estado. Si las tortugas aparecían flotando boca arriba en su superficie, indicaba que la misma había sido envenenada”.

Una referencia local

En enero de 1914, el diario La Nueva Provincia hacía un enérgico llamado a las autoridades municipales de Bahía Blanca para que atiendan el riesgo sanitario que representaban los aljibes, por haber quedado muchos de ellos en desuso luego de la habilitación, en 1908, del servicio de aguas corrientes. El toque de atención vino de la mano de una tragedia: el hallazgo del cadáver de una niña de 12 años en un aljibe de la vivienda de calle San Martín 58. Los encargados de extraer el cadáver de la desgraciada niña certificaron que el depósito despedía “emanaciones tan fuertemente pestilenciales” que podían haber producido “un vértigo o desvanecimiento de la criatura al destaparlo”. La situación permitió mencionar que muchas viviendas tenían este tipo de depósitos, así como pozos de balde, que no usaban para recolectar agua, con lo cual se habían convertido –por culpa de “inquilinos despreocupados de toda noción de higiene”– en “un sitio de volcado de aguas servidas, de detritus en general”.

“Hemos visto aljibes llenos de basura, latas, trapos y restos de comida, formando focos de infección, verdaderas colonias bacterianas, en constante difusión de mismas deletéreas”, señaló el diario. De allí el pedido a la inspección de higiene de una “imprescindible” y prolija revisación de pozos y aljibes, “a fin de hacer obligatoria su limpieza o clausura”, en defensa de la salud pública y de la higiene domiciliaria.

Pedro Arata, el iniciador de la química municipal porteña, escribía a fines del siglo XIX: “creemos que queda suficientemente probada la opinión (...) que nuestras aguas de pozo son todas malas (...) No ha sido exagerada la opinión de que somos una población que bebe sus propios excrementos”.

Arata demostró que casi el 40% de las aguas de los aljibes eran potables, aunque el problema era su cálculo y diseño. “Los aljibes están lejos de llenar las condiciones exigidas para tener una provisión abundante. Si se quisiera construir racionalmente un aljibe, dado el número de habitantes de la casa y el consumo, sería necesario conocer la cantidad de lluvia que cae anualmente y la superficie de recepción. Nada de ésto se tiene en cuenta. Debe tratarse de aislar el agua de las causas posibles de una contaminación, revistiendo el material con asfalto, brea o cemento Portland. Construidos con ladrillos y mezcla de cal, sus paredes son permeables a los gases del suelo, sufren la influencia de las emanaciones de letrinas y las aguas quedan contaminadas”.

Claro que nunca faltaba la otra mirada, en este caso de una memoriosa abuela en 1933: “Dicen que la carne es mala; afirman que en el agua de aljibe nadan los microbios. ¡Virgen Santa! Yo quisiera saber por qué los antiguos, mis antepasados, vivían cien años, tomando agua de aljibe y comiendo churrascos...”.

El filtro animal

“Yo nací en la calle Tucumán: en una casa como eran entonces. En el patio había un aljibe y al fondo una tortuga, que servía para depurar el agua de insectos. Aunque también la tortuga haría ahí sus necesidades, pero se usaba como saneamiento”. Jorge Luis Borges.

Una de las mayores curiosidades de los aljibes era su sistema de “filtrado” o mecanismo para evitar que los insectos afectaran la calidad del agua. Para éso era habitual colocar en el agua una tortuga o un sapo que se hicieran cargo de los insectos. Algunos escritos mencionan, también, la presencia de una anguila para esa misión.

Esta costumbre fue narrada en varios escritos por el escritor Jorge Luis Borges, que incluso no pudo sustraerse de incluirla en algunos de sus poemas y cuentos.

“Mi Buenos Aires era una ciudad de casas bajas, con patios, azoteas y aljibes. En el fondo de cada aljibe había una tortuga que estaba de filtro porque se comía los bichos. Al mismo tiempo, supongo, haría sus necesidades. Yo me he criado bebiendo agua de tortuga, y mi madre, que llegó a cumplir 99 años, también, y no nos hizo mal. En Montevideo había sapos que servían para lo mismo. No sé qué vida llevarían ellos, los sapos y las tortugas: a lo mejor estaban meditando, a lo mejor lo sabían todo”, detalló el escritor.

En otra ocasión agregó: “Estos animales vivían en el fondo, donde comían el verdín y los bichos. A los niños nos criaron tomando de esa agua que nuestros padres llamaban agua de tortugas. Probablemente la tortuga la ensuciaba pero no hacía daño. Varias generaciones tomaron de esa agua…”.

El final de uno de sus cuentos –Avelino Aberrondo– reflexiona sobre la idea de ese sapo quieto en el fondo del aljibe: “Para el encarcelado o el ciego, el tiempo fluye aguas abajo, como por una leve pendiente. Al promediar su reclusión, Arredondo logró más de una vez ese tiempo casi sin tiempo. En el primer patio había un aljibe con un sapo en el fondo; nunca se le ocurrió pensar que el tiempo del sapo, que linda con la eternidad, era lo que buscaba”.

También lo incluyó en sus poemas Buenos Aires 1899. (El aljibe. En el fondo la tortuga./ Sobre el patio la vaga astronomía/del niño. La heredada platería/que se espeja en el ébano) y en Las Cosas, donde mezcla esa tortuga con Shakespeare, el ancla de Sidón y los remos de Argos.

(…) El revés del prolijo mapamundi.
La tenue telaraña en la pirámide.
La piedra ciega y la curiosa mano.
El sueño que he tenido antes del alba
y que olvidé cuando clareaba el día.
El principio y el fin de la epopeya
de Finnsburh, hoy unos contados versos
de hierro, no gastado por los siglos.
La letra inversa en el papel secante.
La tortuga en el fondo del aljibe.
Lo que no puede ser. El otro cuerno
del unicornio. El Ser que es Tres y es Uno.


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