El sitio de la construcción del sur argentino

Abril-Mayo 2015 - Año XXV
Panorama Inmobililario

Propietario o inquilino ¿Qué conviene al invertir mi capital?

por Ruben Miró - Martillero y Corredor Público

Nuestro país fue receptor de inmigrantes, principalmente provenientes de Europa y Asia, quienes llegaron atraídos por la expresión escuchada por muchos que los habían precedido y les transmitieron una histórica frase, que encerraba más que una promesa: “voy a hacer la América”.

S

iendo jóvenes sus padres habían participado de guerras mundiales; en otros casos de luchas intestinas por poder (amenazados de muerte por creencias religiosas o políticas), y lo habían pasado realmente mal (con casas bombardeadas, conminados a militarizarse contra su voluntad, sufriendo falta de alimentos, “sin destino”, ”sin educación”, etc.). Las piezas de inquilinato fue su primer residencia en las ciudades grandes, mientras que hoteles pequeños, generalmente en cercanías de la estación ferroviaria, era el lugar donde paraban en los pueblos de reciente formación.

Pasaron, entonces, de las extensiones europeas –2 a 5 hectáreas– en el suburbano a lo descripto en el párrafo anterior –habitación de 4 x 4 más baño “para todos”–, sin mediar adaptación de ningún tipo. Se incentivaba a los “colonizadores” a llegar lo más rápido posible a tener, primero la “tierra propia” y sobre ella la anhelada “casita propia”. Una gran proporción de ellos tenía incorporada la idea –o de verlo de sus ancestros– de desarrollar una construcción progresiva, que empezaba con un gran local –muy equivalente a la “pieza” en hospedaje u hotel, con un “baño” externo desprendido–, de no menos de 10 metros cuadrados.

Una vez instalados, llegaban las ampliaciones necesarias, de acuerdo a la cantidad de integrantes de la familia, que además de descendientes podrían ser hermanos u otros familiares directos que, atraídos por la aparente bonanza del “colonizador”, ya sea de polizón o muy precariamente “en bodegas de naves”, viajaban hacia estos lares.

En Latinoamérica, en estos tiempos, una gran mayoría, no importa su situación económica o estrato social, es dueña de los inmuebles donde viven, cada uno de ellos con su historia particular de cómo llegaron a esa situación. Las políticas sociales en la década del ‘60 del siglo pasado ayudaron sobremanera a la posibilidad de obtener la casa: en cuotas mensuales –algunas veces sus titulares estaban más de 30 años pagándolas– y otras originadas sobre el lote comprado con “libreta” (forma parecida a la compra “mensualidades de cuota fija”); con el esfuerzo del ahorro del peso sobre peso, o ladrillo por ladrillo.

Hoy, los propietarios en los distintos países latinoamericanos son: en Venezuela, un 92 %, en Paraguay, un 82%, en Argentina un 64%. Éstas son las tasas promedio de titularidad dominial y/o posesión firme.

En los países del “primer mundo”, las tasas de propietarios son sustancialmente menores. Allí, sus ciudadanos generalmente “no propietarios del lugar donde viven” o, en todo caso, se encuentran endeudados bancariamente hasta casi el valor total del inmueble, siempre con un costo de una cuota parecida a la de un alquiler, también casi de por vida.

En los países nórdicos, como Noruega, Finlandia, Dinamarca o Suecia, por citar algunos ejemplos de alta calidad de vida, sólo el 54% promedio de su población es propietario.

Las actividades económicas dadoras de empleo en países como EE.UU. pueden ser acotadas en el tiempo. En una nueva búsqueda laboral, un dueño se ve obligado a moverse en los alrededores hasta un máximo de kilómetros que no le sea de alto costo, en desgaste personal o monetario, mientras que el inquilino no tiene problema en cambiar su residencia –ciudad o estado, inclusive– radicándose en el lugar donde aparezca la nueva actividad que le permita solventar su vida.

2 Teorías, 2 realidades

1. Existe una teoría que sostiene que la propiedad privada le quita libertad a la familia: quienes residen en un lugar complicado, inundable, con inseguridad muy alta, sin cloacas, o sin pavimento, por lo general no se mudan porque no pueden; su casa es su mayor capital. También el mercado de compraventa está deprimido, “están atados”, y los pocos recursos que disponen no les dan oportunidades. En cambio, quién no posee esos bienes es más libre para moverse por donde quiera.

Desde la mitad del siglo XIX se viene luchando por el reconocimiento que debería tener la población humilde –pobre o empobrecida, clase media obrera, etc.– por parte del Estado, que debería hacerse cargo de sus servicios y derechos, con una debida asistencia complementadora de un sistema desigual o injusto como es el “capitalista”.

El Estado de Bienestar nace como un concepto político que, entre otras cosas, obliga al Estado a proveer la mejor calidad habitacional posible a sus habitantes.

Ante la necesidad de comprar una casa, ampliar la existente o iniciarse con un terreno, debería existir un mecanismo –sin ser empresario– que resuelva satisfactoriamente esta necesidad, incentivando la compra, facilitando el acceso a los terrenos, subvencionando tasas, impuestos, derechos de construcción, costos de sellados, etc.

2. Otro concepto, opuesto al anterior, es el que habla de la inmovilización del Capital, ya que los inmuebles se tornan activos improductivos e inmovilizados –sale fuera de la circulación monetaria– no sirviendo para la creación, inversión o impulso en empresas o nuevos proyectos.

El concepto de “desarrollo” obliga a la rotación del dinero o masa monetaria de los emprendedores oponiéndose a la generación de propietarios.

Para finalizar este análisis, invito a los lectores a repensar sus situaciones, ya que parece que las culturas en los diversos continentes son disímiles.

De algo sí estoy seguro: nadie puede asegurar que su comportamiento individual con respecto al “techo propio” o “seguir alquilando” manteniendo sus inversiones, sea el más “razonable”. Son decisiones de vida y como tal deben considerarse.


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