El sitio de la construcción del sur argentino

Marzo/Abril 2014 - Año XXIII
Al borde de la línea

Testimonio de una avanzada de la modernidad

por Ing. Mario Minervino

“Gracias a la honrosa misión que el ACA me ha confiado he visto mucha patria en largos y a veces azarosos viajes desde la Quiaca a la Patagonia, ya que se han requerido algunas vueltas por esos caminos de Dios para inspeccionar en cinco años las 90 estaciones hechas”. Antonio U. Vilar

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a obra edilicia que entre 1936 y 1943 desarrolló el Automóvil Club Argentino (ACA), a partir de la construcción de estaciones de servicio a lo largo y ancho de nuestro país, es parte de uno de los emprendimientos más impactantes que se tenga conocimiento en el mundo, y se convirtió en una verdadera “avanzada de la modernidad” como apoyo al desarrollo del automóvil como medio de transporte y comunicación. En Bahía Blanca puede admirarse uno de esos edificios, en la esquina de Chiclana y Las Heras, siendo inaugurado en julio de 1940. Como parte de esa singular propuesta, la obra fue resuelta en lenguaje moderno, racional, respondiendo a un movimiento que modificó la historia de la arquitectura del siglo XX.

Vilar y Salamone

Tanto el arquitecto Francisco Salamone (autor de una obra extraordinaria entre 1936 y 1940 para el gobierno provincial de Manuel Fresco) como Antonio Vilar (contratado por una entidad privada solventada con recursos del estado nacional) realizaron una obra magna e impactante, tanto por su estilo (art déco y expresionismo, en el primer caso; racionalismo y pintoresquismo, en el segundo), como por su volumen y celeridad. Sin embargo, a ambos los ocultó el haber desarrollado su labor durante la denominada “Década Infame”, donde la política se manejó en base a fraudes eleccionarios. Durante décadas, el país pretendió borrar todo lo generado en ese tiempo, a pesar de que, por sobre esas cuestiones, se vivió un importante proceso de desarrollo y crecimiento, en el cual la arquitectura se convirtió en una de las herramientas más potentes de comunicación.

Otras propuestas

Las estaciones de servicio de Tandil, Mar del Plata y Córdoba son algunos de los modelos que, por su estética y funcionalidad, se relacionan con el edificio construido en Bahía Blanca.

Primero fue un acuerdo

La aparición del automóvil en la historia de la humanidad representa un quiebre en sus usos y costumbres. Se trata de una irrupción que modificó la forma de transporte y comunicación, símbolo por excelencia de los nuevos tiempos, y que obligó a repensar el funcionamiento de las ciudades. Su fabricación –en serie, racional, a partir de piezas seriadas– fue faro de los grandes maestros de la arquitectura para generar el lenguaje arquitectónico apropiado para los nuevos tiempos. “La casa es una máquina de habitar”, mencionó el suizo Le Corbusier al definir esa propuesta, con edificios donde siempre el automóvil graficaba la relación que entre ambos elementos se pretendía establecer.

Por eso aparece como elemental que las estaciones de servicio –el espacio donde se brinda al automóvil la atención necesaria para su funcionamiento– fueran pensadas desde esa lógica de diseño. Así, las principales sedes construidas por el ACA respondieron a esa propuesta, a partir del concurso organizado en 1937 para el desarrollo de un plan de expansión tan ambicioso como revelador: materializar una red de apoyo que cubriera todo el territorio nacional, tomando a las rutas como protagonistas de los nuevos modos de transporte, los “nuevos rieles ferroviarios”.

La posibilidad del ACA de disponer del dinero para desarrollar su ambicioso plan, que incluía también la construcción de estaciones en sitios de muy poco tráfico como parte de su política de impulsar el uso del automóvil y promocionar el turismo, se concretó a partir de un acuerdo con la petrolera YPF, la cual por esa época soportaba duros embates de la competencia extranjera. El convenio estableció que el ACA vendería nafta nacional y la petrolera le otorgaba créditos para ser invertidos en esta red de estaciones. De este modo, YPF tuvo la “patriótica satisfacción” de liderar la creación de una organización sin igual en todo el planeta. En 1938, luego del concurso realizado por el ACA para el diseño y la dirección de las obras, se convino realizar 14 estaciones de servicio, en 1938 se llegó a 28, en 1939 a 44 y en 1940 se estableció el objetivo de 141. La cantidad se cerró, en 1943, con 189 obras, luego de anexar las regiones de la precordillera y la Patagonia. De ese total, 126 eran estaciones camineras y el resto ubicadas en centros urbanos.

El modelo

El concurso para las estaciones fue ganado por el ingeniero civil Antonio Vilar (1897-1966), uno de los principales referentes del racionalismo nacional, quien se destacó por su enorme capacidad de trabajo. Entre las más de 400 obras realizadas durante su vida se destacan, además de las estaciones del ACA, el hospital Churruca, de Parque Patricios, la sede central del ACA, en la avenida Libertador, la sede del Hindú Club y el edificio Nordiska, todos en la Capital Federal y resueltos en la década del ‘30.

La obra para el ACA la desarrolló en una época en que se mantenía en el país un intenso debate sobre modernidad e identidad, donde se planteaba la necesidad de encontrar un lenguaje de arquitectura propio al que se emparentaba mucho el estilo neocolonial. En ese contexto, la obra de Vilar aparece como una “avanzada de la modernidad”, siguiendo la traza caminera impulsada desde Vialidad Nacional (creada en 1932), a partir del Fondo Nacional de Vialidad que gravó las naftas. Sus estaciones combinaron volúmenes simples, blancos, que parecían repetirse en serie en las distintas localidades, mientras que en el interior cedió a propuestas pintoresquistas –con techos a dos aguas de chapa o teja–, pero sin resignar su aporte moderno.

La imagen final lograda es de una singular unidad, la cual generó una clara imagen de prestigio al ACA y estas obras aisladas se entendieron como parte de una vasta reorganización productiva, donde las rutas se convertían en la herramienta de las comunicaciones por excelencia (entre 1932 y 1944 se construyeron 30 mil kilómetros) y el automóvil comenzaba a desplazar al ferrocarril.

La sede bahiense

Considerada ciudad cabecera, a Bahía Blanca le fue asignado un edificio de dos pisos, en esquina, para funcionar como sede social, garaje, estación de servicio y estacionamiento. Su diseño se emparenta con las sedes de Tandil, Mendoza, La Plata, Rosario, Córdoba y Mar del Plata, “comandos de vanguardia tecnológica, sinónimo de progreso y modernización de la urbanización de un país rural”. La construcción estuvo a cargo de la firma local E. y P. Cabré y para su inauguración llegaron las principales autoridades del ACA, acompañados por el ingeniero Vilar, quienes se encontraron con el edificio completamente embanderado, amueblado por la firma porteña Nordiska, y con la presencia de las personalidades locales, por caso el comisionado municipal Luis Harrington, la autoridad máxima del Ferrocarril del Sud, Arturo Coleman, y los vecinos Adalberto Pagano, Enrique Julio, Pedro Amado Cattáneo, Mario Guido, Enrique Mallea y Martín Dithurbide.

El edificio disponía de oficinas administrativas, estación de servicio, lavadero, fosos de engrase, taller de mecánica pequeña o de urgencia y vestuarios. El primer piso tenía espacio para el estacionamiento de 38 coches y, con frente a Chiclana, en altos, se ubicaban las dependencias sociales y dos departamentos para uso del encargado y el personal. Sobre la fachada se advertía el característico mapa de la Argentina, en varios colores y marcando las principales rutas, mientras que en la vereda se ubicó el tradicional muñeco identificatorio de la casa, también diseñado por Vilar como parte de la imagen corporativa del ACA. El edificio, con grandes paños vidriados y ventanas apaisadas, dispone de una partición funcional en volúmenes y un tratamiento diferencial de las fachadas.

A 74 años de su inauguración, el edificio ha resignado su muñeco (se cambió por un tótem), mientras que el mapa perdió su red caminera y sus colores originales. El resto del conjunto se mantiene en muy buenas condiciones, con una ampliación sobre calle Chiclana en la década del ‘60. La obra conforma una de las pocas desarrolladas en Bahía Blanca en lenguaje moderno practicado en esa época, junto con la casa Pillado (Avenida Alem y 19 de Mayo, diseño de Wladimiro Acosta, 1931) y el edificio Cisneros (Zeballos y Portugal, del ingeniero Guillermo Martín, 1936).

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