El sitio de la construcción del sur argentino

Enero 2014 - Año XXIII
Al borde de la línea

Vicente Almandos Almonacid, de Ingeniero municipal a héroe de guerra

por Ing. Mario R. Minervino
Almonacid textual
(Revista Caras y Caretas, 1916)

“Influyeron varias cosas para que me incorporase a las filas francesas. Mi cariño a Francia, por un lado, y un poco de deseo de aventura y curiosidad hacia el peligro, por otro. Cuando empezó la contienda me encontraba ensayando un nuevo aparato de mi invención, que no podré continuar hasta que ésto termine.”

“Hace poco recibí la orden de bombardear una fábrica de gases asfixiantes a 150 kilómetros de la frontera. Salí a las cuatro de la mañana. Todavía hacía noche y puse un par de horas en hacer el viaje. Recién salía el sol cuando empecé a bombardear la fábrica. La séptima bomba casi me vuelca el aparato, tan formidable fue la explosión. Bajé planeando para ver si había quedado algo y pude observar varios aeroplanos dispuestos a lanzarse en mi persecución. Sin perder un minuto empecé a tomar altura en espiral y cuando me encontré a unos mil quinientos metros estaba rodeado de siete aviatiks. Descendí y puse el motor a toda velocidad, tomando ventaja sobre los alemanes. Cuando ya casi me encontraba en territorio francés, por medio de una maniobra logré atraerlos hacia la zona dominada por la artillería francesa, la cual comenzó un fuego, logrando derribar dos de ellos y obligando a los otros a huir. Cuando aterricé largué un respiro fuerte, pues aquel día vi la muerte muy cerca”

Renglones curiosos

En diciembre de 1932 se estrenó el film “En el Imperio del Chaco”, documental en blanco y negro de 55 minutos de duración sobre la guerra del Chaco. Dirigida por Roque Fuentes, Almonacid participó del mismo interpretándose a sí mismo.

Tres tangos fueron escritos en memoria de Almonacid: una milonga para piano de Agesilao Ferrazzano titulado “Almonacid”, el tango “Vuelo Nocturno”, de Domingo Salerno y, sin dudas el más curioso, el escrito en 1908 por la profesora de piano Ozélah de Smithe –durante el paso de Almonacid por Bahía Blanca—titulado “No seas… riojano, ché”.

Apasionado por la poesía, en 1934 publicó el libro de poemas Estrofas, editado por Jacobo Peuser.

Pese a que muchos aseguran que el nombre de Almonacid está escrito en el arco de Triunfo de París, en reconocimiento a su desempeño en la Primera Guerra Mundial, ese hecho no pudo ser verificado. En esa obra está grabado el nombre Almonacid pero en referencia a una de las batallas libradas por el ejército alemán.

Desde 1994, el helipuerto presidencial ubicado en la avenida Huergo y De La Rábida de la Capital Federal lleva el nombre de Vicente Almandos Almonacid. También lleva ese nombre, desde 1972, el aeropuerto de La Rioja.

E

n septiembre de 1909 los concejales de Bahía Blanca tenían ante sus ojos la prueba contundente que confirmaba los dichos de Vicente Almandos Almonacid, encargado de la oficina técnica municipal: los mojones colocados a fines del siglo XIX por el agrimensor Pedro Pico marcando el trazado de la avenida Alem no habían sido respetados, y la arteria había tomado dos quiebres “ilegales” en su recorrido entre calle Alsina y el arroyo Maldonado. La aseveración había sido desechada en principio por los ediles por considerarla “una locura” y porque el concejal Ramón Olaciregui había asegurado que Alem “siempre tuvo el mismo trazado”. Pero ahora las cosas habían tomado un nuevo rumbo: el plano de Pico había llegado al concejo y ahí estaba la avenida: tan derecha como lo había asegurado Almonacid. “Si se verifica esta situación habrá reclamos de propietarios porque seguramente la calle se ha desviado urdiendo las propiedades de uno y otro en cada curvatura. Ésto hace presumir expropiaciones e indemnizaciones, una verdadera revolución de legajos y títulos”, publicó un diario de la época anticipando un escándalo que luego se acalló, quedando la avenida con sus “sospechadas” curvaturas.

En septiembre de 1909 los concejales de Bahía Blanca tenían ante sus ojos la prueba contundente que confirmaba los dichos de Vicente Almandos Almonacid, encargado de la oficina técnica municipal: los mojones colocados a fines del siglo XIX por el agrimensor Pedro Pico marcando el trazado de la avenida Alem no habían sido respetados, y la arteria había tomado dos quiebres “ilegales” en su recorrido entre calle Alsina y el arroyo Maldonado. La aseveración había sido desechada en principio por los ediles por considerarla “una locura” y porque el concejal Ramón Olaciregui había asegurado que Alem “siempre tuvo el mismo trazado”. Pero ahora las cosas habían tomado un nuevo rumbo: el plano de Pico había llegado al concejo y ahí estaba la avenida: tan derecha como lo había asegurado Almonacid. “Si se verifica esta situación habrá reclamos de propietarios porque seguramente la calle se ha desviado urdiendo las propiedades de uno y otro en cada curvatura. Ésto hace presumir expropiaciones e indemnizaciones, una verdadera revolución de legajos y títulos”, publicó un diario de la época anticipando un escándalo que luego se acalló, quedando la avenida con sus “sospechadas” curvaturas.

Esta fue una de las varias intervenciones de este hombre que se desempeñó como “ingeniero municipal” de Bahía Blanca entre 1908 y 1909, además de ser secretario del Colegio Nacional bahiense, desde su creación, en 1906. Lejos estaba este riojano de perfil bajo y caminar pausado de imaginar que, cinco años después, lanzaría bombas sobre el ejército alemán, vistiendo el uniforme de la fuerza aérea francesa.

Un riojano por Bahía

Almonacid llegó a nuestra ciudad en 1906. Tenía entonces 25 años de edad y una interesante propuesta laboral, luego de que la muerte de su padre –también llamado Vicente Almandos Almonacid y gobernador de La Rioja entre 1877 y 1880-- había dejado a su familia en la miseria. Radicado en la capital federal, Almonacid cursó algunas materias en la Universidad de Ciencias Exactas, donde adquirió conocimientos técnicos relacionados con la agrimensura y la ingeniería. Contratado por la empresa Ferrocarril del Sud llegó a Bahía Blanca, con la misión de ubicar unos mojones en la zona de estación de trenes de la avenida Cerri, en medio de una disputa legal que la empresa inglesa mantenía con el municipio. El hallazgo de esos elementos fue uno de sus primeros logros y le abrió las puertas para trabajar en el municipio.

En 1908, ya a cargo de la oficina de Obras Públicas de la comuna, presentó un detallado análisis sobre la necesidad de reabrir el tramo del arroyo Maldonado, cegado en 1906 cuando se trazó el parque Municipal (actual parque de Mayo). Planteaba de esta manera volver a darle el carácter de brazo aliviador del arroyo Napostá y así disminuir el impacto que generaban las lluvias en la zona serrana, provocando el desborde del Napostá e inundando los barrios ubicados a su vera.

También supervisó el tendido que la empresa del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico realizó para la alimentación del tranvía eléctrico, aprobando incluso la colocación de algunos postes sobre la línea municipal, decisión que generó malestar entre los vecinos.

En medio de esta labor, Almonacid se dedicaba a una de sus ocupaciones favoritas: los inventos. Consustanciado con la realidad sanitaria bahiense, dio a conocer dos creaciones para garantizar la higiene pública. Por un lado, una práctica cámara séptica que podía colocarse en los domicilios particulares para el tratamiento de los efluentes cloacales, mejorando las condiciones de volcado. Por otro, una bomba de impulsión –a la que no tuvo empacho en bautizar “Almonacid”-- para obtener agua de las napas de manera eficiente y práctica. “Es un invento llamado a abrirse camino porque permite la provisión de un caudal continuo de agua”, señaló un diario de la época.

A fines de 1909 vuelve a sorprender al presentar para su consideración un sistema de apertura de calles en la zona de chacras, en una ciudad que se expandía pero sus arterias topaban contra terrenos particulares. Almonacid planteó abrir calles cada cuatro cuadras, de manera de atravesar el ejido urbano “de extremo a extremo” manteniendo el sistema de damero. Si bien no se conoce en detalle su idea, publicaciones de la época aseguran que su idea permitiría –fundada en alguna ley o derecho olvidado-- “abrir todas las calles sin necesidad de indemnizar a los propietarios de las tierras”. Sus honorarios, planteó, le serían pagados a partir del impuesto de alambrado de las líneas municipales. “La propuesta es original, casi extraña, pero deja asomar entretela. Ya tiene la municipalidad otra charada para descifrar”, se indicó. Fue uno de sus últimos aportes urbanos antes de ser atrapado por uno de los fenómenos de su tiempo, la aviación, luego de ver en acción a los pilotos que recorrían el país mostrando los alcances de sus elementales naves. Con la idea de adentrarse en el mundo de las alas fue que dejó nuestra ciudad, abordando en 1910 el tren vía Pringles en la estación Sud. Regresaría 20 años después, acompañado por los pilotos franceses Jean Mermoz y Antoine de Saint Exupéry, como máximo responsable de la compañía Latecoére, la primera en establecer un servicio aéreo en nuestro país.

Almonacid en la tapa de El Gráfico

En 1919 la revista El Gráfico dedicó por primera vez la tapa de su novel revista de interés general a una persona. Es su edición número 13, del 20 de septiembre de ese año, muestra a Almonacid recién llegado al país comandando una comitiva de aviadores franceses, héroes de la recientemente finalizada Primera Guerra Mundial. En su pecho lucía las mayores condecoraciones que la fuerza aérea del país galo entregaba a sus soldados y el grado de capitán obtenido en base a sus heroicas actuaciones en el frente.

Almonacid había llegado a París en 1913, contratado para desarrollar un estabilizador de vuelo de su creación. Allí lo sorprendió la Guerra, en la cual se alistó como piloto enrolado en la mítica Legión Extranjera y destinado a la escuadrilla estacionada en Poperinghe (Bélgica). En enero de 1915 es convocado para reemplazar a Roland Garros, legendario piloto e inventor francés que había caído prisionero de los alemanes. Así comenzó a participar en los frentes de lucha, obteniendo el ascenso a Teniente, tomando el mando de la escuadrilla 29 y derribando tres aviones enemigos. Junto a su accionar de guerra siguió aportando inventos, por caso un mecanismo para realizar vuelos, un sistema para transportar bombas bajo las alas del avión -en lugar del fuselaje-, y un lanzabombas.

En 1919, Francia lo nombró Caballero de la Legión de Honor, en mérito a su resistencia y abnegación, y lo designó Jefe de División de la Misión Aeronáutica Francesa enviada a nuestro país. Llegó a estas tierras para quedarse y luciendo en su pecho la médaille militaire, la Croix de guerre, l’insigne de la Légion d’honneur, l’insigne de la Ligue aéronautique française et l’insigne du gouvernement de Grande-Bretagne, todas y cada una de las máximas distinciones del ejército francés.

Por entonces llegó a Bahía Blanca la noticia del regreso de Almonacid, y la Unión Cívica Radical convocó al pueblo bahiense para sumarse a la gloriosa recepción que se le brindaría en Buenos Aires. “Todos recordamos su interesante silueta, su aire un tanto romántico de hombre incomprendido y descentrado que el ambiente chato de nuestro medio no logró domeñar”, mencionó ese partido político haciendo un particular mea culpa.

Ya en nuestro país, siguió volando. En marzo de 1920 se elevó con su máquina desde Los Tamarindos (Mendoza) y enfiló la cordillera rumbo a Chile, donde aterrizó a las 20.35 en la Playa Vergara, próxima a Viña del Mar, convirtiéndose en el primer piloto en cruzar los Andes en Vuelo Nocturno. Desde entonces se ganó el mote de El Cóndor Riojano. El 9 de mayo de ese año ocupó un lugar en las revistas al contraer enlace con Dolores Guiraldes, hermana de Ricardo, el autor de Don Segundo Sombra, con quien tuvo cuatro hijos: Vicente, Esmeralda, María y Ricardo. Ese matrimonio se terminó, para escándalo de muchos, en 1932.

De aviador a empresario

El 5 de septiembre de 1927 se constituyó en nuestro país la Aeroposta Argentina S.A., empresa de capitales franceses que abrió la historia de la aviación comercial. Almonacid, impulsor de ese proyecto, fue nombrado director. Cumpliendo ese rol fue que regresó a Bahía Blanca, para poner en marcha la ruta Bahía Blanca-Comodoro Rivadavia, la cual se extendería luego a Río Gallegos. Los bahienses pudieron ver nuevamente su figura a fines de 1929, compartiendo un almuerzo en la Central Muñiz con Jean Mermoz y Antoine de Saint Exupéry, pilotos franceses a quienes contrató para poner en marcha el servicio.

Trabajó en la empresa hasta 1932, cuando decidió sumarse a la Guerra entre Bolivia y Paraguay, tomando partido por el segundo país, siendo nombrado Comendador de la orden Nacional del Mérito y tomando luego a su cargo organizar el Servicio Aeropostal Asunción.

Unos años después, Almonacid aceptaba la propuesta del gobierno argentino para ser cónsul en la ciudad francesa de Boulogne Sur Mer, tomando a su cargo la relevante tarea de conservar y mantener la casa donde vivió y murió el general José de San Martín.

Regresó al país a fines de la década del ‘40, buscando un poco de tranquilidad. Radicado en Olivos, lo sorprendió la muerte el 16 de noviembre de 1953, pocos días antes de cumplir sus 70 años de edad.

Han pasado 60 años y su nombre no se ha olvidado, aunque sí quizás sus actividades en Bahía Blanca, al punto que no existe referencia alguna de tan significativa presencia.


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