El sitio de la construcción del sur argentino

Agosto/Septiembre 2013 - Año XXIII
Al borde de la línea

El legado de una generación dorada

por Ing. Mario R. Minervino

No son los dos mil años del coliseo romano, pero se ubican cerca de los 138 de la Opera de París. El Teatro Municipal de Bahía Blanca es, en la escala de una ciudad con 185 años, uno de sus edificios más emblemáticos, testimonio de una sociedad que pisó el siglo XX convencida de sus fortalezas y asumiendo el protagonismo que su tiempo reclamaba. Inaugurado la noche del 9 de agosto de 1913, el principal coliseo bahiense celebra este mes sus primeros cien años de existencia. Lo que sigue es parte de su concepción edilicia.

S

e trata de construir una obra que va a evidenciar una distinción inicial, una estética urbana, y que va a decir a las generaciones venideras algo del refinamiento del gusto artístico de la generación presente”.

De esta manera un diario de época dejó en claro la trascendencia que se daba a la construcción de un edificio destinado a servir como teatro Municipal, un bien considerado clave para una sociedad que se preciara de culta y progresista. Pero, además, la concreción tenía un valor adicional: sería costeado por los propios vecinos, “venciendo prejuicios y rutinas”, quienes en número superior a los 600 adhirieron a la convocatoria del intendente municipal Valentín Vergara de adquirir los bonos para afrontar el costo de la monumental obra. En marzo de 1911, los operarios de la empresa Bernasconi-Luisoni daban inicio a la construcción del proyecto de los arquitectos Gastón Mallet y Jacques Dunant.

Primero, el autor de Roland Garros

La génesis del Teatro Municipal data de 1909, cuando el cinco veces electo intendente Jorge Moore envió a consideración del Concejo Deliberante el proyecto del arquitecto francés Louis Faure Dujarric (1875-1943), contratado por el municipio para desarrollar el primer plan urbano de la ciudad. Dujarric llevaba cinco años viviendo en la Argentina, luego de haber obtenido su título en la Ecole des beaux-arts de París, y junto con su plan urbano presentó la propuesta de emplazar el teatro municipal en la denominada Quinta Erize, adquirida ese mismo año por Moore, como remate de la avenida Alem, incipiente avenida que conducía al parque de Mayo. La adquisición de esas tierras conformó una operación inmobiliaria muy criticada por la prensa opositora, ya que esa porción de tierra delimitada por calles Alsina y Corrientes, entre Dorrego y Belgrano, era parte de un verdadero descampado, demasiado cercano al arroyo Napostá pero demasiado alejado del centro. Pero, para el jefe comunal, conformaba una oportunidad de alentar el crecimiento edilicio hacia ese sector y generar un trazado diferente que sirviera para el nacimiento de un barrio jardín.

Moore planteó, además, su idea de reunir los fondos necesarios para construir el teatro mediante la emisión de bonos, que serían ofrecidos a los vecinos más pudientes. La propuesta del intendente de ubicar el teatro en ese sitio fue cuestionada todo el tiempo que duró la obra. Los términos más amables calificaron la iniciativa como “un disparate”, por considerar al llamado “barrio de las ranas”, a merced de las crecidas del arroyo. Uno de los argumentos, luego calificado de “infantil” por algunos, anticipaba lo inconveniente que resultaría para las mujeres tener que caminar tres cuadras –desde la plaza Rivadavia, donde las dejaba el tranvía– con sus vestidos de gala, por veredas inexistentes, sin alumbrado y soportando tierra y viento. A ésto se sumaba el modo “sui generis” del bahiense, educado en una escala urbana en la cual “tres cuadras era lejos”.

El proyecto de Dujarric tuvo el primer inconveniente de ser demasiado oneroso –tenía un presupuesto de 400 mil pesos–, por lo cual se le pidió un ajuste al trabajo. El arquitecto realizó algunas economías a la obra y dejó la ciudad. Si bien su trabajo –del cual no se disponen gráficos– jamás se concretó, le corresponde a este profesional el mérito de haber determinado un emplazamiento que ya no se modificó. De regreso en Buenos Aires, Dujarric desarrolló una importante obra en el país, con decenas de chalets y edificios, la estación Retiro del ferrocarril Belgrano, el asilo Unzué de Mar del Plata y la tribuna del Hipódromo Argentino de Palermo. En 1914 regresó a Francia, donde diseñó el estadio de las Olimpíadas de 1924, en Colombes, y el court central del mítico estadio de tenis de Roland Garros, todavía en uso.

Malogrado su primer intento, Moore no bajó los brazos. En 1910 volvió a pedir dos proyectos: uno al arquitecto alemán José Bauerle –que el año anterior había diseñado el teatro Colón (actual Don Bosco de calle Rondeau y Vieytes)– y a Alberto Coni Molina, autor de la sede del club Argentino, en la avenida Colón y Vicente López. A pesar de este esfuerzo, el hombre debió dejar la intendencia sin lograr poner en marcha la obra. Otro gran hacedor local y su sucesor en el cargo, Valentín Vergara, tomaría esa posta y alcanzaría la meta.

Vergara, con Mallet y Dunant

Valentín Vergara tenía 32 años de edad, era abogado nativo de Diamante, Entre Ríos, y llevaba seis años viviendo en nuestra ciudad cuando tomó la bandera del teatro municipal. Para ello volvió a recurrir al Concejo Deliberante (CD), manteniendo la idea de la emisión de bonos para financiar la obra, defendiendo la ubicación de Alsina y Alem pero con un proyecto nuevo. El jefe comunal desechó todos los trabajos anteriores y contrató de manera directa a los arquitectos Gastón Mallet y Jacques Dunant, quienes por entonces trabajaban en la construcción del Gran Hotel de Sierra de la Ventana. Su decisión fue cuestionada desde varios sectores, que creían adecuado realizar un concurso de proyectos, atento a la trascendencia de la obra. “La participación pecunaria del pueblo debe hacer meditar a los concejales”, mencionó un diario, agregando que dada la importancia del emprendimiento “merece que se resuelva con un criterio inteligente y se mediten las responsabilidades”. A pesar de las críticas, el CD aprobó el anteproyecto presentado y el municipio tuvo vía libre para encargar los planos y licitar las obras. En agosto de 1911 la propuesta de $ 293.700 de Pedro Bernasconi y Francisco Luisoni resultó la más ventajosa, imponiéndose a las presentadas por la Cooperativa de Albañiles, Germani Hnos. y Antonio Gerardi. La segunda obra más trascendente encarada por el municipio –después del Palacio Municipal concursado en 1904– estaba a punto de comenzar.

El proyecto, los autores

Jacques Dunant tenía 53 años de edad cuando tomó el trabajo de diseñar el Teatro Municipal. Nacido en Ginebra, Suiza, tenía ya una vasta trayectoria profesional en nuestro país, por caso con el proyecto de la catedral de San Isidro, templo neogótico inaugurado en 1898. Gastón Mallet era francés y cumplió 35 años cuando, en sociedad con Dunant, abordó de manera simultánea tres grandes obras: el teatro bahiense, el colosal Centro Naval de calles Córdoba y Florida y el Gran Hotel de Sierra de la Ventana.

Egresados ambos de la escuela de Bellas Artes de París, fueron protagonistas del auge arquitectónico de nuestro país en su tendencia a copiar los modelos academicistas de esa ciudad, arquitectura basada en estilos del pasado que ayudó a Buenos Aires en su voluntad de ser “la París de Sudamérica”.

La propuesta de teatro que desarrollaron para Bahía Blanca no escapó a la influencia que por entonces tenía, en la mayoría de los teatros que se levantaron en el país, a la Opera de París, diseñada en 1875 por Charles Garnier, edificio neobarroco convertido en un símbolo de esta tipología edilicia.

Ubicado en una plazoleta que permite mantener sus laterales libres, la fachada del municipal muestra dos pequeños cuerpos que se adelantan, cada uno con un balcón con baranda de balaustres y con frontis curvos sostenidos por columnas de capitel corintio sobre sus ventanales. El cuerpo central es de doble altura, con columnas apareadas que corren desde la planta baja –apoyadas sobre pedestales– hasta sostener el entablamento donde se ubica la leyenda de “Teatro Municipal”. Remata el edificio una baranda con balaustres y una cubierta tipo mansarda, de clara influencia francesa. Aunque resulta difícil visualizarla, el edificio cuenta con una cúpula elíptica –similar a la de la Opera de París– de un diámetro reducido que exige tener una buena distancia para apreciarla. El proyecto original incluía un par de grupos escultóricos en dos pedestales del frente –nunca ocupados– y un mástil en uno de los costados del edificio.

En cuanto al diseño interior, se trata de un teatro a la italiana, así definido por la disposición de su escenario respecto a la platea y la distribución de sus palcos y espacios sociales.

La construcción demandó 20 meses, siendo inaugurado el 9 de agosto de 1913, con la presentación de una compañía de ópera de Buenos Aires que interpretó la Opera Aída. Un concurso realizado por los cigarrillos B.B. permitió determinar la cantidad exacta de espectadores de aquella velada inicial: 1.159.

Poco tiempo después, la avenida Alem se fue consolidando como el gran paseo de la ciudad, “La Palermo bahiense”, con sus pintorescos chalets y el parque de Mayo como el espacio aristocrático por excelencia, y el teatro quebró su supuesta lejanía a favor de un barrio que poco a poco se consolidó como uno de los más atractivos de la ciudad. Referente por excelencia de la historia local, a su destacado valor arquitectónico fue sumando su renombre cultural. En su sala cantó Carlos Gardel, recitaron sus poesías Alfonsina Storni, Almafuerte y Gabriela Mistral, conmovieron las compañías de Lola Membrives y Blanca Podestá y desde su balcón habló al pueblo, en 1946, el candidato a la presidencia, Juan Domingo Perón, acompañado por su mujer, la actriz Eva Duarte. Son breves renglones de un recorrido de cien años de un edificio que maravilla, enorgullece y conmueve a todos.

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