El sitio de la construcción del sur argentino

Febrero 2011 - Año XXI
Al borde de la línea

El singular fracaso de una exposición fantasma

por Ing. Mario Minervino

Feria Nacional de Sesquicentenario

E

Opiniones de la época

La Expo del Sesquicentenario fue un fracaso en cantidad de público como también fueron poco valorados sus pabellones. Las siguientes críticas fueron publicadas en una revista de arquitectura de la época:

“El hombre no se contenta con mirar en actitud pasiva sino que pretende interactuar. El hombre de hoy exige acción y cuando no se le proporciona esa oportunidad se ausenta o no concurre. Que nadie se extrañe, pues, de la escasa resonancia de la exposición y feria. Ni siquiera los productos implicaban novedad, como antes, ya que el complejo y dinámico mecanismo comercial hace que se los conozca con anterioridad. De modo que los organizadores deberían comprender que los productos expuestos no serán vivientes mientras no se los presente de modo que pueda colaborar el público. Entonces se verá al pueblo entero colmando los recintos”. Jorge Romero Brest

“Desde un país sufriente y tambaleante, rico en imposibilidades y contradicciones, vi la exposición. Reconocí entonces la inmadurez y el gusto por la magia barata de los paraboloides. Ese gran desfile de formas que todavía hacen preguntar a desprevenidas señoras: ´¿eso es futurista, moderno?´. Dice que los paraboloides son cosas de jóvenes que necesitan manejar cosas que los arquitectos de más de 40 años no conocen sino lejanamente. La presencia de estas estructuras que dominaban lo que en ellas se abrigaba recordaba aquello que alguien decía. En las expo hay esas señoras que por la aparatosidad de sus gestos parecen decir: ´¡que expo ni expo, aquí la única expo soy yo!´. Muchos de los proyectistas han actuado de esa forma. La excitación parabólica atragantada que padecían tantos jóvenes inactivos y artísticamente reprimidos, les impidió renunciar a sus ideas.” Juan Mariano Molina y Vedia

n 1960 nuestro país celebró los 150 años de su primer grito de Independencia. Fue “El año del Sesquicentenario” de la revolución de Mayo y, como corresponde a nuestra idiosincrasia, pronto se plantearon proyectos, ideas y emprendimientos destinados a celebrar tan magno acontecimiento. Una de las propuestas más ambiciosas e improvisadas fue la de organizar una Exposición Nacional con el nada despreciable objetivo de “mostrar al mundo el país que es la Argentina”, tanto por lo hecho en su historia como para anticipar su papel en el futuro, en todos sus aspectos: cultural, científico, técnico, económico y social. “Tenemos que renovar la confianza del Mundo en la Argentina, por su potencial humano y sus recursos naturales”, explicaron los organizadores de la muestra. También se pretendió “despertar la conciencia del hombre de la calle de las necesidades y metas previstas”. Así, surgió el lema del encuentro: “Argentina en el Tiempo y en el Mundo”. Fue el principio de uno de los fracasos más rotundos y la concreción de un conjunto de pabellones “futuristas” que fueron blanco de una crítica que los consideró poco menos que un insulto. A cincuenta años de aquellos hechos, una mirada despojada de las emociones del momento permite reconocer obras magníficas, audaces e innovadoras a través de las contadas ilustraciones que existen de la Exposición.

El lugar

La Exposición del Sesquicentenario se ubicó en la zona de la Recoleta, ocupando parte de plaza Francia, recostada sobre las avenidas del Libertador y Figueroa Alcorta, a la altura de la actual facultad de Derecho.

A los apurones, contra reloj, se organizó la Oficina de Arquitectura de la Expo, dirigida por el arquitecto César Jannello, responsable de su planeamiento y ambientación, con el diseño y ejecución de obras complementarias como un puente peatonal, el acceso, servicios auxiliares, confitería y señalización. Jannello asumió la Expo de acuerdo al espíritu que las mismas tenían desde que se posicionaron en el mundo de la Revolución Industrial. “Es el acontecimiento recreativo por excelencia, en el sentido más noble del término: llevar a las masas a re/crear la imagen del mundo”.

Pocos meses después, su temprana renuncia anticipó el fracaso de la muestra y el total desapego a sus objetivos iniciales. “Estamos trabajando para una expo cualquiera, sin sentido”, explicó. Para ejemplificar esta situación apuntó la aparición de cosas que nada tenían que ver con el espíritu original, como el Salón del Automóvil, el Centro de la Moda, un parque de diversiones (El Italpark) y hasta una feria popular de baratijas. Por otra parte, comentó que en la organización “cundía la indisciplina en casi todos los sectores y nadie cumplía con las reglamentaciones ni directivas”. Ante ese panorama, Jannello fue contundente: “Se puede hacer arquitectura en la pobreza o en la carestía, pero no se puede hacerla en el caos y la indefinición”. Su lectura final de la muestra fue que la misma resultó “un fracaso total”, donde el lema fundacional resultó “una burla amarga”. De todo ese caos, de esa inocultable tristeza de Jannello, quedaron sin embargo obras magníficas e innovadoras que por sobre lo anecdótico de esta historia, merecen ser rescatadas del olvido y recibir su cuota de desagravio.

Los expositores

Entre las empresas que montaron sus pabellones estaban IBM, Citröen, Shell Argentina, Industrias Kaiser Argentina, Internacional Business Machine, Pabellón Atómico, Agua y Energía, Instituto del Cemento Portland Argentino, Eternit, Pirelli, Junta Nacional de Carnes, Pabellón del aluminio y Municipalidad de Buenos Aires.

El “pabellón Atómico” montado por los Estados Unidos resultó el de máximo impacto de la exposición. Se trataba de una enorme burbuja de nylon, destinada a divulgar las realidades de la física nuclear. Su validez era revelada en un gran espacio semiesférico “sostenido” no por soportes materiales, sino por energía.

Esta obra resultó una “novedad absoluta”, al ser una estructura de tracción pura construida con lona plastificada blanca, en forma de superficie de doble curvatura, sometida a una presión interior algo superior a la atmosférica. Tenía forma de doble globo, cubriendo 1980 metros cuadrados y alcanzando los 20 metros de altura. Ocho compresores funcionaban durante 30 horas arrojando 1400 m3 de aire por minuto para “inflar” la estructura. Luego, dos compresores se ocupaban de mantenerla a presión constante. La obra fue, sin embargo, criticada porque se consideró que le faltó diseño por la poca participación del arquitecto en una obra pura de ingeniería. “Es un ejemplo de técnica avanzada pero sin arte: el arquitecto no maneja estas nuevas formas y por ahora son desagradables”, indicó el ingeniero Atilio Gallo, destacado calculista de la época.

Otro pabellón impactante fue el de la IKA, “un resultado inteligente de la técnica del siglo y de un gran impacto”, aseguró un analista, y significó (nada menos) la aparición en el país del aluminio estructural. Se trataba de una cúpula Standard proyectada por Burkminster Fuller y fabricada en serie por la firma Kaiser en los Estados Unidos, una “cúpula geodésica” de 36 metros de diámetro inspirada con la mítica obra construida en Norteamérica por Baton Rouge.

Prueba de la falta de complementación entre arquitectos e ingenieros fue el pabellón municipal, en el cual se intentaron utilizar cables y lonas a tracción pura, pero la falta de experiencia de los arquitectos en estas estructuras los llevó a colocar columnas perimetrales e interiores, al tiempo que la falta de tensión previa de cables y lona hizo que esta flameara constantemente debido a la acción del viento.

La mayoría de los pabellones respondieron al uso de láminas de hormigón y madera, con resultados realmente alentadores. El auditorio apareció cubierto con cuatro paraboloides hiperbólicos con apenas cuatro puntos de apoyo en los centros de los bordes rectos. También el stand de la Fiat, en forma de paraboloide hiperbólico de madera laminada, “resultó agradable por su perfecta ejecución”.

Los bancos privados aportaron a la Expo una singular obra formada por cuatro monedas de seis metros de diámetro, una de ellas apoyada en el fondo de un estanque y las otras sostenidas por cables casi invisibles al ojo humano. El movimiento de las monedas simbolizó la “circulación monetaria”, formando una escultura de gran tamaño que respondía a las solicitaciones mediante los cables y la comprensión de los discos (monedas) metálicos.

La primera computadora

Un atractivo de la Feria del Sesquicentenario fue la presentación del “Profesor Ramac” en el pabellón de IBM. Se trataba de la IBM Ramac 305, que encarnaba a un sabio profesor de historia al que chicos y grandes podían recurrir para saciar su curiosidad. Argucias del marketing para familiarizar a las masas con cerebros electrónicos que inauguraban la era de la información, todavía sin pantallas ni teclados y necesitados de un ayudante humano que hacía de puente entre ellas y los usuarios.

El “Profesor” medía 9 metros por 15 y poseía un disco rígido, el primero de la historia, con capacidad para 5 megas de información. Casi tres mil respuestas fueron cargadas en la memoria por los empleados argentinos de IBM, para que pudiera responder sobre la historia de la Revolución de Mayo. Muchos niños se desengañaron cuando se enteraban que no debían hablarle a la máquina sino al hombre del delantal blanco, quien les daba a elegir una pregunta de una lista impresa y esperaba luego que “el Profesor” imprimiera su respuesta, en base a la información volcada en su interior mediante tarjetas perforadas.

El puente de hormigón

El puente peatonal de hormigón armado sobre la avenida Figueroa Alcorta es el único legado de la Expo que llegó a nuestros días. Claro que ni siquiera es el original. Demolido en 1973, fue reconstruido tiempo después por invasores privados que decidieron recuperar la magnífica obra.

El puente se incorporó a la ciudad integrando el paisaje de la plaza Francia. Por eso los arquitectos se empeñaron en darle una forma “blanda, liviana, simétrica, natural y simple”. Se buscó un arco muy delgado en la clave con el material trabajando, en lo posible, a compresión pura, evitando los momentos flectores. La solución consistió en aplicar el pretensado, algo totalmente novedoso para la época. Se ubicaron dos tensores por debajo de la calle, uniendo los cimientos mediante una tensión de 1.200 toneladas, colocados en dos vigas 50 cm x 70 cm, dentro de las cuales se colocaron 16 vainas en cada una con otros tantos cables de acero de alta resistencia con sus correspondientes anclajes.

Cuando el puente quedó terminado, las vigas-tensores se tensaron mediante gatos hidráulicos. Llegadas a las tensiones calculadas se anclaron y sellaron, pudiendo ser desencofrado el puente sin momentos adicionales en la clave.

Este procedimiento permitió dar al puente de 65 metros de luz un espesor mínimo de 40 centímetros en el centro y 20 en los bordes, con la ligereza deseada.

“El puente está concebido como la materialización de una trayectoria humana en el espacio, una forma fabricada, hecha por el hombre en contraste con el parque, naturaleza y un aporte de las nuevas posibilidades técnico-visuales. Es el resultado de la fe en que se pueden hacer obras imaginativas nuevas”, señaló uno de los autores del diseño.

Si bien esta construcción sobrevivió a la Expo, en 1973 el gobierno de María Estela Martínez de Perón determinó su demolición para la construcción del jamás concretado “Altar de la Patria”. La obra fue reconstruida en 1978.

Final

No existen, aseguran, documentos oficiales sobre la Expo del Sesquicentenario, como si hubiese existido una voluntad oficial por desterrarla de la memoria. Vistas las pocas fotos existentes, 50 años después, no deja de maravillar muchas de las propuestas concretadas, las delgadas láminas de hormigón, las formas orgánicas, las torres torsionadas, las telas tensadas. Ha corrido la muestra, acaso, la suerte propia de las grandes exposiciones. Repitiendo las mismas voces y tonos que condenaron al Palacio de Cristal de Joseph Pastón en 1851, o las de los artistas que consideraron una ofensa a París la aparición de la torre Eiffel en la Exposición de 1889. Con esa lógica, sin dudas, la muestra de 1960 no fue otra cosa que un éxito, adelantada a su tiempo, ambiciosa en sus formas, inadecuada para un país que suele condenar lo que no alcanza a entender en plenitud.

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